
Un labrador estaba sembrando trigo en un campo
cercano a su granja. Aprovechando el buen tiempo,
su familia decidió acompañarlo,
y allí estaban todos, la madre y sus
4 hijos, viendo como el cabeza de familia trabajaba.
Y en estas estaban, cuando un forastero que
pasaba con su coche por el sendero que limitaba
con el sembrado, que aún no estaba sembrado
porque el sembrador estaba en ello, se bajó
del vehículo para preguntar:
-Buenos días, felices lugareños,
¿podría decirme si voy bien para
llegar al castillo de don Jesús del Castillo
del Castillo?.
-Hombre: castillo, lo que se dice castillo...
-contestó la mujer, que tenía
a su hijo pequeño en brazos.
-Sí, sí; se apellida del Castillo
del Castillo.
-No, si no lo digo por el apellido; lo digo
por el castillo que, la verdad, es más
mansión que castillo. Y sí, va
usted bien. En cuanto suba esa loma verá
usted la casa que busca.
-Muchas gracias, señora. Qué día
más espléndido, ¿verdad?
-Sí que lo es. Por cierto, va usted muy
elegante, caballero.
-Sí; es que yo soy muy elegante, me gusta
siempre ir impecable. Además, soy jugador
profesional y voy a jugar una partida de póquer
a “El Caballo de Troya”, la finca
del señor del Castillo del Castillo.
-Vaya, qué casualidad, precisamente nosotros
trabajamos las tierras de don Jesús.
-Y yo me trabajaré sus tierras, es decir,
que intentaré ganarle todo lo que pueda,
porque soy uno de los mejores jugadores de cartas
que conozco.
-¿Es usted buen jugador? –preguntó
la mujer, dejando al niño en el suelo.
-Ya le he dicho: uno de los mejores que conozco.
-Y modesto, por lo que veo.
-Sí, señora: me llamo Modesto
Sencillo Recatado, para servirla –dijo
el forastero, acompañando a sus palabras
con una aparatosa reverencia que causó
la rechufla de la prole.
-Muy bien, pues ya que es jugador, juguemos.
Mire, ahí mismo, en el corral, tengo
gallinas y conejos. ¿A que no adivina
cuántos conejos y gallinas tengo?
-Bueno, eso no es un juego: es una adivinanza.
-Déjese de pretextos y conteste, señor
jugador.
-Bueno, es fácil, pero necesitaría
algún dato más.
En ese momento, y cuando la campesina le iba
a dar más datos, uno de los niños,
con las manos embadurnadas del chocolate que
se acaba de comer, se las limpió en el
que era impoluto pantalón blanco del
forastero, mientras le decía:
-Señor; yo sé cuántos conejos
y gallinas hay en nuestro corral.
-Calla, guapo, que ahora estoy hablando con
tu madre. Qué gracioso el niño...
–responde el forastero, visiblemente molesto
al ver la mano del niño impresa en la
pernera de su pantalón.
-Si me da un euro, le digo cuantos conejos y
gallinas tenemos –insiste el niño,
insistiendo también en limpiarse las
manos chocolateadas en el pantalón del
forastero, cada vez menos impecable.
En ese momento, el sembrador, dejando de sembrar,
se acerca al grupo:
-Buenos días.
-Buenos días, esforzado sembrador. Aquí
estamos, jugando a resolver problemas muy sencillos
que yo resolveré fácilmente. Es
que soy jugador profesional, y de los buenos,
¿sabe?.
-Ah, pues no, no lo sabía. Pues ya que
es tan listo, a ver si sabe usted cómo
resolvimos el otro día un problema que
nos trajo de cabeza 3 meses. Es que mi padre,
en su testamento, nos dejó 17 caballos
a mis 2 hermanos y a mí.
-Mira qué bien. ¿Y cuál
era el problema?
-Pues que mi padre, como era muy bromista dejó
escrito que nos repartiéramos los 17
caballos de tal forma que la mitad fuera para
mí, 1/3 para mi hermano Braulio y 1/9
para el Endelecio, mi hermano pequeño.
-¿Y...?
-Cómo que ¿Y...?. Pues que estábamos
volviéndonos locos para hacer el reparto,
hasta que, afortunadamente, pasó por
aquí la maestra del pueblo, montada en
su caballo, y nos resolvió el problema
en un momento. Ella sí que es lista,
y no otros..., y no miro a nadie –dijo,
mirando al forastero, claro.
El forastero empezó a pensar en cómo
se las arreglaría para repartir los 17
caballos, cuando se dio cuenta de que uno de
los niños, el de la camiseta de rayas,
había cogido su sombrero, que había
dejado sobre la cerca junto a la que estaban
y lo había tirado a una charca que más
que cerca estaba cercana. Y no contento con
eso, el niño tiraba piedras contra el
sombrero, con patente ánimo de hundirlo.
El forastero iba a acudir en auxilio de su sombrero,
cuando sintió que lo sujetaban de los
pantalones. Cerró los ojos resignado,
imaginando más manchas de chocolate,
pero se equivocó, ya que las manchas
eran de chorizo frito y venían de las
manos y del bocadillo de otro de los niños.
Cuando volvió a abrir los ojos pudo comprobar
que además de haberse multiplicado en
cantidad y colorido las manchas en su pantalón,
había perdido definitivamente el sombrero,
desaparecido ya en las cenagosas aguas de la
charca.
Hizo un esfuerzo para controlarse, pero perdió
definitivamente los nervios cuando el niño
de las manos manchadas de chocolate blando y
pegajoso, insistió:
-Que yo sé cuántos conejos y gallinas
tenemos.
-Y a mí qué me importa.
-Y yo también lo sé –dijo
el pequeño, que estaba otra vez en brazos
de su madre.
-Ah, ¿sí? A ver, ¿Cuántos?
–preguntó el forastero, haciendo
esfuerzos para no darle una patada a otro de
los niños, el de la camiseta de cuadros,
que, en ese momento hacía pis en sus
zapatos, en los del forastero, por supuesto.
-Pues hay un total de 109 cabezas y 318 patas.
-Complicadito, el nene –le dijo el forastero
al padre que, sonriente, contestó:
-Es que ya sabe, los de pueblo somos muy brutos;
no podemos compararnos con ustedes, los de ciudad.
El forastero sacudía los pies empapados,
cuando el niño de la camiseta de rayas
volvió al ataque:
-Pues en el corral tenemos...
-¡No! No se lo digas. Que este señor
es muy listo y lo averiguará el solo.
Pero el forastero, en lo único que estaba
pensando era en irse de allí cuanto antes.
Y ya iba a ponerse en marcha hacia el coche,
cuando el campesino le dijo:
-Pero, hombre, no se vaya así. Vamos
a jugar de verdad. ¿Lleva usted dinero
encima?
El forastero llevaba bien repleta la cartera
con vistas a la partida de cartas a la que se
dirigía, y pensó que ahora podría
vengarse de las afrentas recibidas: mira por
donde voy a sacarle el dinero a este patán.
Este paleto no sabe con quién va a jugar.
Así que contestó:
-Sí, llevo bastante dinero. Pero le advierto
que soy jugador profesional. Luego no se lamente.
-Pues vamos a jugar. Mire, ¿ve ese mojón
de piedra? –y el campesino señaló
con el azadón un mojón de piedra
de base cuadrada, de 1,70 m de altura por 30
cm de lado, que estaba cerca, exactamente al
lado de la cerca -Pues bien, ese mojón
es mágico, y tiene la propiedad de duplicar
el dinero que se deposite bajo él.
El forastero aceptó jugar, convencido
de que fuera cual fuera el juego, lo ganaría;
y de paso le dio un sonoro capón al niño
de las manos sucias de chocolate ya que se las
acababa de limpiar definitivamente en su corbata,
en la del forastero, claro.
-Muy bien. Pues le propongo lo siguiente: yo
pondré su dinero bajo el mojón
y usted me pagará 700 euros cada vez
que el mojón duplique su dinero.
El forastero, convencido de que el labrador
era tonto, le dio su dinero no sin antes apartar
delicadamente de una patada al niño de
la camiseta de cuadros, que acababa de estamparle
una ciruela madura en la chaqueta.
El campesino depositó el dinero del forastero
bajo el mojón y tras una teatral pausa,
lo retiró duplicado y se lo dio al forastero,
después de descontar los 700 euros acordados.
El forastero, no podía dar crédito
a lo que veía... y se puso a dar saltos
de alegría, mientras el labrador y su
familia se miraban pensando: estos de la ciudad
están como cabras, con perdón
para las cabras.
Con el resto del dinero, el duplicado menos
los 700 euros, el forastero, con las manos temblándole
de codicia, volvió a repetir el asombroso
experimento dos veces más pagando cada
vez 700 euros al campesino. Al final, y tras
pagar por tercera vez al campesino, el forastero
descubrió, anonadado, que no le quedaba
ni un solo euro.
La familia, dando por terminada la provechosa
jornada, recogió sus cosas y, después
de despedirse del abrumado forastero, se encaminó
hacia su granja, dispuestos a dar de comer a
sus conejos, gallinas y caballos. El niño
de la camiseta a rayas, a modo de cariñosa
despedida, le tiró una bosta de vaca
al forastero que, al intentar esquivarla, le
produjo un agudo lumbago.
Esa tarde, además, el forastero perdió
a las cartas todo el dinero que sus compañeros
de mesa le prestaron para volver a ganárselo,
que es lo que hacen los jugadores cuando alguien
les pide dinero.
Además, tuvo que soportar la humillación
de pedir ropa prestada al dueño de la
casa, con el añadido de que sus compañeros
de juego, no se sabe muy bien si en serio o
en broma, decían, entre jugada y jugada:
-Huele a caca de vaca, ¿no?
-No, yo creo que huele a orina.
-No, más bien a chocolate.
-No, yo creo que huele a una mezcla de chocolate
y cieno.
-No, no: a lo que huele realmente es a chorizo
frito.
-Tampoco, tampoco. A lo que huele, definitivamente,
es a euros que han volado –aseguró
el dueño de la casa, entre el jolgorio
de todos menos del protagonista de las bromas,
furioso por los comentarios de sus compañeros
de mesa, furioso por el lumbago que lo tenía
baldado y, sobre todo, furioso al comprobar
que había vuelto a perder.