
¿EL DOCTOR LIVINGSTONE, SUPONGO?
-¿El señor Stanley, supongo? –preguntó el
doctor Livingstone.
-Un momento, un momento –contestó Stanley,
desconcertado, y añadió:
-Se supone que eso tengo que preguntarlo yo.
-¿Por qué? –volvió a
preguntar el doctor Livingstone.
-Porque he
sido yo el que lo ha encontrado a usted… y
además porque
estoy seguro de que esta pregunta se hará muy
famosa en el futuro y quisiera aparecer yo
como autor de la misma.
-Bien, por mi
parte no hay inconveniente, puede usted preguntarme
si soy yo.
Y Henry M. Stanley retrocedió seguido
de su expedición hasta la
entrada de la aldea de Ujiji, para repetir
la entrada. Así, se acercó a
la cabaña en cuyo porche le esperaba
el doctor Livingstone… y le
preguntó:
-¿El doctor Livingstone, supongo...?
Así ha pasado a la posteridad, tanto
la frase como el hecho de que el periodista
y aventurero Stanley encontrara en África
al misionero y médico Livingstone. O
al menos así lo cuenta la Historia partiendo,
claro está, de la crónica escrita
por el periodista para su periódico, “The
New York Herald”. Pero así como
todos sabemos que la Historia a veces no cuenta
toda la verdad (y si la cuenta la adorna convenientemente)
imagínense si la Historia, además,
se ha apoyado en la crónica escrita
por un periodista.
El doctor Livingstone no
estaba perdido en África.
Simplemente había dejado de comunicarse
con el llamado “mundo civilizado” por
decisión propia. Y vivía cómodamente
instalado y tratado con gran consideración
por los nativos en la aldea de Ujiji, cerca
del lago Tanganica.
La historia de esta aventura
comienza en Madrid, ciudad donde Stanley se
encontraba en el año
1869 como corresponsal de su periódico
para escribir una crónica sobre el general
Prim. Fue entonces cuando recibió una
carta del director de su periódico citándole
en París para un importante asunto.
Y el asunto no era otro que encontrar al doctor
Livingstone, al que se daba por perdido en África
al no haber tenido noticias suyas desde
hacía tres años. El director
del periódico, Gordon Bennet, demostrando
que la Geografía no era su fuerte, le
ordenó:
-Vaya en busca de Livingstone
y encuéntrelo,
pero antes, y ya que está en el
norte de África, podría asistir
a la inauguración del Canal de Suez
y enviar la crónica. Después,
y ya que está por ahí arriba
podría acercarse a Jerusalén
y a Constantinopla, pasando también
por Crimea para informar de la guerra, y también
podría dirigirse al Cáucaso y
al mar Caspio… y desde allí a
India atajando por Persia y ya puestos, desviarse
un poco hasta Bagdad, ya que le queda de camino,
más o menos. Y de vuelta a India ya
puede embarcarse tranquilamente hacia África.
Estoy seguro de que enviará al periódico
crónicas muy interesantes… pero
no olvide que lo prioritario del viaje es encontrar
al doctor Livingstone. ¿Qué le
parece?
A Stanley, a pesar de su espíritu
aventurero, le pareció un
disparate pero una buena ocasión de hacer turismo antes de que se hubiera
inventado el turismo. Así que se puso inmediatamente en marcha hacia
su destino sin saber exactamente cual era su destino, ya que no había
tomado nota de todas las propuestas, aunque contaba con el dato importante
de que Livingstone estaba obsesionado con encontrar las fuentes del río
Nilo así que, pensó, quizá remontando el Nilo lo encontraría.
En
cuanto llegó al continente africano,
después del disparatado periplo, Stanley
remontó el río Nilo hacia el
lago Tanganica con una expedición de
lujo pagada generosamente por su periódico.
La expedición estaba formada por una
gran escolta armada y decenas de porteadores
que acarreaban tiendas de campaña, grandes
fardos con toda clase de alimentos y mercancías
de intercambio, cocinas de campaña,
utensilios de aseo y de cocina y hasta una
bañera para el jefe de la expedición
que iba a su frente fuertemente armado y enarbolando
una gran bandera de los Estados Unidos… Y
todo eso para encontrar a un hombre que todo
el mundo sabía donde estaba, al menos
en África, como lo demostró el
hecho de que a la primera persona que se encontró Stanley
nada más bajar del barco, un descargador
de muelle, contestó así a su
pregunta:
-¿Qué si conozco al
doctor Livingstone? Pues claro.
-¿Y dónde
se encuentra? -preguntó Stanley,
desconcertado.
-Por allá abajo –contestó el
descargador, haciendo un gesto de cabeza hacia
el sur y sin molestarse en dejar en el suelo
el saco de cien kilos de café que cargaba
a su espalda.
-¿No podría ser
más preciso? –dijo
Stanley.
-Hombre, ya que ha venido usted a buscarlo
con toda esa puesta en escena –y señaló con
otro gesto de cabeza a los componentes de la
numerosa expedición que esperaban al
pie del barco- lo menos que podría hacer
es esforzarse un poquito, ¿no?
Una generosa
propina hizo el milagro:
-Dicen que vive en
Ujiji, al otro lado del lago Tanganica. Bueno,
al otro lado dependiendo del lado por el que
usted llegue al lago, ya que puede estar a
este lado del lago o al otro lado del lago.
Pero es muy sencillo: si no lo encuentra usted
en el lado por el que llegue es porque ese
no es el otro lado del lago Tanganica, sino
este lado del lago Tanganica, así que
no tendrá más que ir al lado
que es el otro lado, o sea al lado que está enfrente del
lado que no es, y ese sí que es el otro
lado del lago Tanganica ¿está claro?
Convencido
de que el descargador le había
tomado el pelo y aún desorientado (aunque
se volvió a orientar con ayuda de la
brújula) Stanley y su caravana se pusieron
en camino hacia el sur.
En su camino, preguntaron
en todas las aldeas que encontraron y en todas
conocían
al doctor Livigstone, añadiendo que
vivía al otro lado del lago Tanganica.
Después de varias jornadas (no tantas
ni tan incómodas como el periodista
narró en sus crónicas con el
fin de justificar sus gastos) acamparon en
un claro ya que habían calculado que
al día siguiente llegarían
al lago… con la angustia de no saber
por qué lado. Stanley, que escribía
en su tienda la crónica del día,
se vio interrumpido por una gran algarabía.
Y al asomarse vio que junto al fuego, un grupo
de porteadores discutían y hasta se
peleaban a bastonazos. Al acercarse para poner
orden, los contendientes dejaron de pelearse
y le gritaron:
-¡No lo pise, no lo pise!
Y al mirar
a sus pies Stanley se dio cuenta de que estaba
en medio de una gran circunferencia trazada
sobra la arena con una serie de puntos señalados
con guijarros fuera y dentro de ella. Y preguntó:
-¿Qué es
esto?
-Esto es el lago Tanganica –contestó el guía.

-Ah –dijo Stanley, por decir algo, pero
el que había hablado, al ver que no
se había enterado de nada, precisó:
-Estamos
haciendo apuestas sobre qué lado
del lago vamos a llegar –y al ver que
Stanley seguía con la misma expresión,
el guía añadió: -Imaginando
que la circunferencia trazada es el lago, aunque
sea mucho imaginar, la mitad de nosotros
apostamos que estamos en el punto B exterior
a la circunferencia, y la otra mitad que estamos
en el punto D; cuatro o cinco opinan que estamos
en el punto C más próximo a D
pero eso sería absurdo porque entonces
estaríamos ya en la misma orilla del
lago… y, para colmo, el cocinero asegura
que estamos en el punto A, sin darse cuenta
que es el centro de la circunferencia y, por
lo tanto, el centro del lago… con lo
cual ahora estaríamos nadando.
-¿Y
por que no esperar a mañana,
en lugar de discutir tanto?
-Porque, de paso,
nos entretenemos. Además
de las apuestas sobre la orientación
respecto al lago resolvemos un problema muy
sencillo: si desde el punto B trazamos segmentos
que unan dicho punto con los puntos C de la
circunferencia: ¿Qué figuras
forman los puntos medios de esos segmentos?
Es que a nosotros disfrutamos mucho con las
matemáticas.
-¿Ustedes saben matemáticas? –preguntó Stanley,
sorprendido.
-Y también inglés,
desde el momento que estamos hablando con usted.
Es que eso del negrito ignorante tiene mucho
de leyenda. Yo, por ejemplo, he estudiado matemáticas
en Oxford. Sí, no ponga esa cara. Pasé en
cayuco a Europa, me instalé en Inglaterra
y trabajando de camarero me pagué mis
estudios. Al terminar me propusieron quedarme
como profesor adjunto, pero como la vida en
Europa me decepcionó y gano mucho más
de guía de ingleses y norteamericanos
ignorantes del terreno que pisan que de profesor,
pues por eso estoy aquí.
Stanley, avergonzado
no sólo por no
saber resolver el sencillo problema que ya
habían resuelto la mayoría de
los porteadores, sino también por todo
lo escuchado, pretextó para despedirse
que al día siguiente tendrían
que madrugar. Y cuando se alejaba hacia su
tienda, escucho la voz del guía que
le decía, con un punto de sorna:
-Bwana
Stanley, bwana Stanley, tenga este problemilla
para que se entretenga antes de dormir. Es
medio problema, medio juego, y muy entretenido… aunque
no tan sencillo como pueda parecer a primera
vista –y le entregó un papel en
el que estaba el enunciado escrito en impecable
letra redondilla inglesa acompañado
del siguiente dibujo:
“Divide el cuadrado en cuatro partes
iguales en forma y tamaño, de tal forma
que cada parte contenga un círculo y
un cuadrado, aunque no necesariamente en las
mismas posiciones.”

Syanley no supo resolver el problema y se
levantó agotado a la mañana siguiente,
cuando ya estaba la caravana preparada para
la marcha.
A las cuatro horas de marcha llegaron
a la orilla del lago Tanganica… con
la duda de en qué lado estarían:
en el lado de Ujiji o en el otro lado. Viendo
que un pastor apacentaba su rebaño de
cabras, el periodista se acercó para
preguntarle:
-¿Sabe usted si éste
es este lado del lago Tanganica o el otro lado
del lago Tanganica?
-Éste es este lado
del lago Tanganica, el otro lado del lago Tanganica
es aquél –contestó el
pastor, señalando con el bastón
la otra orilla del lago.
Y ya se iban a poner
en marcha hacia el otro lado del lago Tanganica
cuando el guía
le preguntó a Stanley:
-¿Y si
llegamos al otro lado del lago y nos dicen
que el otro lado es éste?
No sería más sencillo por la
aldea de Ujiji.
Y antes de que les diera tiempo
a preguntar, el pastor dijo:
-Haber empezado
por ahí. En ese caso
sí que están ustedes al otro
lado del lago Tanganica, que es este lado,
ya que Ujiji está ahí mismo,
a un tiro de piedra. Además, seguro
que vienen a buscar al doctor Livingstone pensando
que se ha perdido. Por cierto, ¿quieren
ustedes un chivo expiatorio?
-¿Para qué? –preguntó Stanley,
que no salía de su asombro.
-Pues para
echarle la culpa de todo, que es lo que se
hace con los chivos expiatorios. Es que nosotros
somos más civilizados
que ustedes los blancos, y cuando tenemos que
culpar a alguien de algo, en vez de arremeter
contra él pues lo hacemos con
el chivo expiatorio. Yo soy el pastor del rebaño
de chivos expiatorios. Qué, ¿no
me compran uno?
Convencido, Stanley compró un chivo
expiatorio para poder echarle la culpa en el
caso de que algo fallara en la expedición.
Y con el chivo entró en Ujiji el 10
de noviembre de 1871, donde, para su sorpresa,
todos le esperaban a él ya que había
llegado la noticia de que una gran caravana
se acercaba a la aldea. Todos los aldeanos
y una gran cantidad de mercaderes árabes
se congregaban en la plaza y fueron abriendo
paso a Stanley. Así, le encaminaron
hasta una choza más grande y confortable
que las demás ante la que esperaba un
hombre blanco con una larga barba canosa, pálido
y de aspecto enfermizo, que cubría su
cabeza con un gorro azul con bordados dorados
y que vestía una camisa roja con anchas
mangas y un pantalón a cuadros. A su
lado, sus dos fieles criados Susi y Chuma.
Entonces fue cuando se produjo el intercambio
de frases de saludo que abren este relato,
tras las cuales El doctor Livingstone y Stanley
se sentaron en el porche de la cabaña
para descansar y para contarse lo que ambos
estaban deseando escuchar: uno las peripecias
del otro en su periplo africano, y el otro
qué es lo que había acontecido
en Europa y el resto del mundo en su larga
ausencia.
En ese momento, Susi y Chuma entraron
con un recipiente, una especie de extraño
barreño
lleno de agua para que Stanley se refrescara.
Al periodista le pareció una idea extraordinaria,
y ya se estaba quitando la sudada camisa cuando
el guía de la expedición, el
apasionado de las matemáticas, advirtió:
-¿Se
han dado cuenta de que el recipiente está formado
por seis pentágonos
regulares? Miren, si abriéramos el recipiente
cortando dos lados de cada pentágono
tendríamos una figura así –y
dibujó en la arena la figura desarrollada
-Ven qué curioso, ¿ven los seis
pentágonos? –preguntó a
los anonadados espectadores, que no entendía
adónde quería ir a parar.
-Sí, los vemos, ¿y qué? –preguntó Stanley,
visiblemente molesto, ya que el guía
se interponía entre él y el barreño.
-Pues
que si ahora observan el recipiente que contiene
el líquido verán
que los seis pentágonos unidos han dado paso a un problema que tengo
que reconocer tiene su dificultad. La figura, como ya he dicho, se compone
de seis pentágonos regulares de 1 metro de lado. Se dobla por las líneas
de puntos hasta que coincidan las aristas no punteadas que confluyen en cada
vértice y ya tenemos el recipiente.
-¿Y
qué? –volvió a preguntar
el periodista, impaciente.
-Pues que ahora pregunto:
-¿Qué volumen
de agua cabe en el recipiente formado?
A una
orden de Livingstone, que no era muy aficionado
a las matemáticas, Susi y
Chuma echaron al guía y, por fin, Stanley
pudo refrescarse teniendo cuidado con no pincharse
con lo que antes creía que eran simples
picos, pero sabiendo ahora que eran los vértices
superiores de los cinco pentágonos que
cerraban el recipiente.
Esa noche, instalado
en la cabaña del
doctor Livingstone, tampoco pudo dormir dándole
vueltas al problema de los seis pentágonos… hasta
que recordó que atado a la puerta estaba
el chivo expiatorio. Así que salió,
le echo la culpa de no saber resolver los problemas y
de vuelta a la cama, ya pudo conciliar el sueño.
P.D: El doctor Livingstone (1813-1873) médico,
misionero y explorador trató, sin éxito
de encontrar las fuentes del Nilo, aunque descubrió una
serie de importantes lagos y las cataratas
Victoria. Hombre desprendido, abnegado y antiesclavista
ofreció su vida en servicio de los demás
y murió en el transcurso de una expedición
más en busca del nacimiento del Nilo,
cerca del lago Bangwelu que él mismo
había descubierto. Sus fieles criados
Susi y Chuma le extrajeron el corazón
y lo enterraron en aquel lugar, embalsamaron
su cuerpo y lo llevaron en andas durante 1.600
kilómetros hasta la costa para embarcarlo
hacia Inglaterra. La Royal Geographical Society
los condecoró por esta hazaña
y cuando volvieron a Zanzíbar se convirtieron
en guías de caravanas.
Henry M. Stanley
(1841-1904) era el polo opuesto al doctor Livingstone.
Aventurero inquieto, racista, duro y agresivo,
se alió con
mercaderes de esclavos para así mejor
llevar a cabo sus expediciones por el continente
africano en las que trabajo para Leopoldo II
de Bélgica, el gran explotador de Congo,
país que manejó, para vergüenza
de Europa, como su finca particular. Pero eso
no le importaba a Stanley, que se aliaba al
mejor postor, haciéndolo después
con los colonialistas ingleses. Sin embargo,
su deleznable actuación no empaña
su importancia como explorador, descubridor
y autor de artículos y libros de éxito.
Se retiró a una lujosa mansión
en Inglaterra y fue miembro del Parlamento
y nombrado Sir.
FIN