
EL CERO DE FIBONACCI
A Leonardo de Pisa todo el mundo le llamaba
Fibonacci, es decir: hijo de Bonaccio, que era
el nombre de su padre. De esta manera, Leonardo
ha pasado a la posteridad siempre acompañando
de ese sobrenombre y del nombre de la ciudad
en la que nació, allá por el año
1180: Leonardo de Pisa... que esa era la costumbre
de aquella época, como lo demuestra el
dato de que el otro gran Leonardo italiano,
también pasaría a la posteridad
acompañado del nombre de la ciudad en
que nació: Leonardo da Vinci.
Bonaccio, el padre de Leonardo, era un comerciante
hábil y aventurero que no se contentó
con mercadear en la península italiana,
sino que expandió con éxito sus
negocios por el norte de África, llegando
a ser el representante comercial en Argelia
de la próspera ciudad de Pisa. Y en estos
viajes de negocios siempre le acompañaría
su hijo Leonardo que, desde muy joven, fue un
apasionado de las matemáticas que pronto
destacaría en la contabilidad mercantil.
Durante estos viajes, en los que recorrería
Egipto y el norte de Siria, así como
Grecia y Sicilia, el joven Leonardo aprovechó
las largas estancias para profundizar en su
aprendizaje de las matemáticas bajo la
tutela de profesores árabes. Y se entusiasmó
con la cultura árabe, con el avanzado
nivel y desarrollo de las matemáticas
y, sobre todo, con el sistema de numeración
indoarábigo. Tanto en Italia como en
el resto de Europa se utilizaba el sistema de
numeración romano y Fibonacci, al entrar
en conocimiento con el sistema indoarábigo,
quedó impresionado por su sencillez y,
sobre todo, por el descubrimiento del Cero,
inexistente en la notación romana.
En el año 1202 publicó su obra
más importante, el Liber Abaci,
el Libro del ábaco, titulo un
tanto desconcertante porque en esta obra Leonardo
hace una apasionada defensa del sistema indoarábigo
-el que ahora todo Occidente utiliza sin dificultades-
en contra de los que aún seguían
haciendo sus operaciones numéricas apoyándose
en el ábaco, el antiguo instrumento de
operaciones de calculo. Leonardo, en esta obra,
trata de convencer a sus contemporáneos
de las ventajas de los nuevos números,
de su correcta utilización, y de sus
ventajas para la contabilidad y el cambio de
moneda, como ventajas más importantes.
Y también presenta la mezcla de números
en busca de cifras, el cálculo con números
enteros y la descomposición de un número
en sus factores primos, así como el estudio
y demostración de pruebas de números
y problemas de álgebra de primer grado.
A partir de este momento, ya nada sería
igual, pues comenzaría una larga discusión
entre los defensores de cada sistema de numeración:
los llamados “abacistas” o partidarios
del ábaco y de la vieja notación
romana, y los “algoristas”, entusiastas
partidarios del nuevo y revolucionario método.
Con todo, habría que esperar más
de 300 años, (entonces las cosas iban
así de lentas) hasta bien entrado el
siglo XVI, para que el nuevo sistema de numeración
se hiciera universal y lo empezaran a utilizar
tal y como lo utilizamos ahora.
A su vuelta a Pisa, Leonardo se encontró
con la incomprensión y hasta con el abierto
rechazo de sus paisanos. Así que, aquella
mañana de otoño del año
1202, en la presentación del Libro
del Ábaco en la Plaza del Mercado
de Pisa, Leonardo trató de mantener la
calma ante el abucheo de los afiliados al GCP
(Gremio de Comerciantes de Pisa). Después
de intentar mantener el tipo junto al alcalde
de la ciudad, y de esquivar un par de tomates
lanzados contra él, el matemático
tomó la palabra:
-Queridos paisanos y compatriotas...
-¡Fuera! –gritaban sus detractores.
-¡Dejadle que hable! –exclamaban
sus defensores.
-La nueva numeración que propone es
una revolución –decían unos.
-¡Es un lío! Yo prefiero seguir
contando en romano –decían otros.
-¡Progresistas!
-¡Inmovilistas!
Leonardo, sin inmutarse ante las exclamaciones,
colocó una pizarra sobre el estrado en
que se encontraba y escribió la fecha
del día en que se encontraban en ambos
sistemas, pero con todos los números
juntos: 28-11-1202 y XXVIII-XI-MCCII. Ante lo
escrito en la pizarra la sorpresa fue total
y absoluto entre los presentes.
-¿Eso qué es? –preguntó
el presidente del GCP.
-La fecha de hoy en ambos sistemas: 28 de noviembre
de 1202. A ver, ¿qué cifra es
más sencilla?
Y volvió a escribir las cifras por separado:
XXVIII = 28 XI = 11 MCCII = 1202
Ante las nuevas cifras escritas, el desconcierto,
acompañado del silencio, volvió
a abatirse sobre la Plaza del Mercado.
-¿O sea, que la C es 100, la D 500 y
la M 1.000? –preguntó Bianca Latte,
la lechera.
-Eso es.
-¡Madre mía! ¡!Que lío!
¿Y a cuánto cobro yo el litro
de leche?
-¿Y cómo se escribe, por ejemplo,
MDCCCXXXVII? –preguntó Denario
Lira d´Oro, el prestamista.
-Pues así: 1.837.
-¡Qué disparate! Eso es muchísimo
menos dinero.
-Pero si es la misma cantidad –dijo Fibonacci.
-¡Pues abulta mucho menos!
Entonces, para que el prestamista se calmara
-entre otras cosas porque le debía MCCCLVII
liras- el alcalde preguntó:
-¿Y que significa ese rosco entre los
demás números?
-Eso no es un rosco, ni un circulo: ese es
el CERO, el número mágico, el
más importante de todos, el número
que no significa nada y el que lo es todo, el
que no vale nada y es el que más puede
llegar a valer, según dónde se
le coloque.
-¡La gallina! –exclamó el
alcalde. Y ante el silencio y la cara de sorpresa
de Leonardo, añadió avergonzado:
-Perdón, creí que se trataba de
un acertijo.
Ante tal salida, Leonardo creyó conveniente,
para calmar los ánimos, explicar lo que
eran números pares e impares para proponer,
a modo de juego, una adivinanza aprendida en
Argelia. Y dijo en voz alta, para que lo oyeran
todos:
-Yo puedo adivinar cualquier número
par que cualquiera de ustedes piense... y lo
voy a demostrar. Y escribió en la pizarra
lo siguiente:
“Propongo a alguien que piense un
número par, que lo triplique, que el
producto obtenido lo divida por dos y que el
cociente lo triplique de nuevo. Antes de que
enuncie el resultado de las operaciones propuestas
yo le diré cual es el número que
ha pensado”.
Leonardo se volvió de espaldas mientras
el alcalde escribía el número
pensado en la pizarra y hacía las operaciones
a la vista de todos, para que fueran testigos
del juego. Una vez terminadas las operaciones,
y sin volverse, Leonardo dijo en voz alta el
número que, para sorpresa de todos, era
el que el alcalde había escrito en la
pizarra. Y estaba recibiendo los aplausos de
sus seguidores y el silencio de sus detractores
cuando Fra Giovanni Tradizione, el párroco
de la iglesia de Santa Maria dei Fiore, la iglesia
que estaba en un extremo de la plaza -eso si,
el extremo principal- se abrió paso entre
la multitud hasta llegar al estrado hecho un
basilisco y enarbolando amenazador un gigantesco
crucifijo gritó, indignado y a punto
de una apoplejía:
-¡Anatema! ¡Herejía! ¡Eso
es magia! ¡Eso es ir contra la tradición
de nuestros mayores! Y la Iglesia la prohíbe
por...
Hasta que el alcalde -descaradamente “algorista”-
le interrumpió con un autoritario gesto:
-¡Que anatema, ni que gaitas florentinas!
Esto es progreso, señor cura, Pro-gre-so.
¿Lo entiende? Así que usted, a
sus misas y su incienso.
En cuanto se retiró el cura, aplaudido
por unos y abucheado por otros, Leonardo propuso
como ejemplo un sencillo problema a partir de
la nueva numeración. Así que borró
lo escrito en la pizarra y, esgrimiendo de nuevo
la tiza, escribió:
“Mi padre eligió tres dígitos
distintos entre sí y distintos de 0,
y formó con ellos seis números
de tres cifras distintas. La media de estos
seis números es un número natural
terminado en 5. Hallar los tres dígitos
que eligió mi padre. Dar todas las posibilidades.”
Y de nuevo la batalla entre defensores y detractores
de los nuevos números. Con el inconveniente
de que los “abacistas” se hicieron
un lío al intentar resolver el sencillo
problema manejando sus ábacos de bolsillo
o mediante números romanos, mientras
que los “algoristas” lo resolvieron
fácilmente utilizando la nueva numeración.
Uno de los detractores se subió al estrado
para exponer:
-Vamos a ver: yo soy tratante de ganado y a
pesar de creer en el progreso, creo que los
nuevos números son muy fáciles
de falsificar.
-¿Sí? A ver, ¿cómo?
–pregunto Fibonacci.
-Pues muy sencillo, mire... –y cogió
la tiza para escribir... –A pesar de cómo
ya he dicho soy partidario de la nueva numeración,
el famoso Cero es sencillísimo de falsificar.
Al O, si se le añade un rabito, se convierte
en un 9. Y si el rabito es hacia arriba se convierte
en un 6. O sea, que si yo compro 60 ovejas,
puede venir al día siguiente el vendedor
con la factura para decirme que solamente le
he pagado 60 cuando él me había
vendido 69... y que aún le debo 9 ovejas.
Y voy más lejos: –y dio tres pasos
hacia delante- el 1 puede cambiarse fácilmente
por un 7 añadiéndole el trazo,
con lo cual, imagínese el lío.
-En cambio, para problemas y cálculos,
es mucho más sencilla la nueva numeración
–dijo el profesor de matemáticas
del centro de enseñanza de la ciudad,
del IES Torre de Pisa –Y voy a poner un
ejemplo sencillo –añadió,
escribiendo en la pizarra:
“Escribe la lista de todos los números
naturales de cuatro dígitos, con todos
los dígitos distintos de 0, tales que
en cada número la diferencia entre el
mayor de sus dígitos y el menor de sus
dígitos es menor o igual que 2. Calcula,
antes de terminar de escribirlos, la cantidad
de números de cuatro dígitos que
tiene la lista”
Fibonacci, encantado de tener un aliado entre
los presentes resolvió el problema rápidamente,
para que todos se convencieran de que con los
números indoarábigos todo era
más sencillo y, sobre todo, más
rápido. Y estaba recibiendo los aplausos
de los seguidores de la nueva numeración
cuando Fra Giovanni Tradizione, sin darse por
vencido, gritó desde lo alto del campanario
de si iglesia:
-¡Pues yo no estoy de acuerdo! ¡Y
qué pasa si a mí, en vez de pagarme
XVIII liras por un funeral, vienen y me dan
18 monedas!
-¡Pero si es la misma cantidad! –adujo,
también a gritos, Fibonacci, un poco
harto ya de la historia.
-¡Eso lo dirá usted! ¡A
mi me parece que mi amigo el prestamista tiene
razón: parece mucho mayor la cifra escrita
en números romanos porque abulta más!
Además, mi hijo... perdón, mi
sobrino Pierino (risas, silbidos y aplausos
de todos los congregados en la plaza) que está
estudiando para agente de cambio dice que con
los nuevos números es mucho más
difícil operar.
En ese momento Fibonacci, decidido a poner
fin a la discusión, levantando la voz,
preguntó:
-¿Está entre los presentes Bonanno
Pisano?
Y de nuevo volvió el silencio a la plaza.
Bonanno Pisano era el arquitecto del campanario
del conjunto de catedral, baptisterio, cementerio
y campanario que se estaba construyendo en un
prado cercano. Las obras del campanario habían
comenzado en el año 1174 y casi desde
el primer momento surgieron los problemas. El
suelo arenoso comenzó a ceder por el
peso de la torre del campanario y cuando estaba
a medio construir los cimientos comenzaron a
hundirse en el lecho arenoso y, consiguientemente,
la torre a inclinarse. El arquitecto, avergonzado,
siguió acudiendo a la obra pero oculto
cada día en un disfraz distinto que enmascaraba
su humillación. Y aquel día, disfrazado
de mendigo leproso y mezclado entre los vecinos
de Pisa que estaban ante el estrado, no contestó
al oír su nombre. Entonces Fibonacci,
informó:
-Llamaba al arquitecto de la Torre, para que
explicara por qué se está inclinando
la torre. Si me hubiera hecho caso, el campanario
no se habría inclinado. El problema es
que ha hecho los cálculos con números
romanos y claro, se ha liado, calculando mal
la cimentación que llevaba una sucesión
de 4 - 5 - 6 - 7 y 9 pilotes en círculo.
Que esta sucesión la sacó del
enunciado de este problema que le di y que,
además, no supo resolver –y escribió
en la pizarra el enunciado del problema:
“Usando algunos (o todos) los dígitos
de la lista: 4 - 5 - 6 - 7 - 9 una ó
más veces, hay que formar dos números
de tres cifras de modo que cada número
no tenga cifras repetidas y la suma de los dos
números sea múltiplo de 9. ¿Cuántas
soluciones se pueden formar?”
Y otra vez “abacistas” y “algoristas”
empezaron a calcular, cada uno con su numeración
el problema expuesto, hasta que el alcalde gritó.
-¡Ahí está! ¡Ahí
está el arquitecto! Disfrazado de mendigo
leproso, que es la quinta vez que se pone ese
disfraz este mes.
El arquitecto, al verse descubierto, echó
a correr entre abucheos... hasta que un siniestro
crujido silenció de terror a los presentes,
que huyeron en todas direcciones: la Torre de
Pisa se había inclinado dos grados más,
haciendo exclamar al arquitecto, que se había
refugiado en Santa Maria dei Fiore buscando
el amparo de su amigo el párroco:
-Que pena que la posteridad no pueda llegar
a contemplar mi obra. Estoy seguro que, de no
haberse inclinado, mi torre habría sido
uno de los monumento de Italia más admirados
en el futuro.