
MÓSTOLES CONTRA FRANCIA. (La verdadera
historia)
La acción transcurre en España,
durante el año 1808. Francia, como sabrá
no todo el que haya estudiado –que eso
es mucho pedir- sino simplemente el que haya
leído un poco de Historia, invade la
Península Ibérica. Aquella invasión
fue para los franceses lo que se llama “un
paseo militar” al encontrase como enemigo
a un ejército anticuado e inoperante...
hasta que el alcalde de Móstoles y sus
paisanos decidieron alzarse en armas y declarar,
por su cuenta, la guerra a Francia. (Móstoles,
para el que no lo sepa, es un pueblo cercano
a Madrid, pero no tanto, hoy convertido en ciudad
dormitorio de la capital. En Madrid se cuenta
el siguiente chiste: un amigo le dice otro:
¿Tú tienes miedo al Más
Allá?; y el otro contesta: Como voy a
tener miedo al Más Allá, si vivo
en Móstoles.) Este acto, que aparentemente
podría parecerle un disparate a un sesudo
y teórico analista militar o político,
(me refiero al levantamiento popular, no a vivir
en Móstoles) resulta que funcionó
comenzando así la reacción contra
el ejército invasor.
En un campamento establecido ante Villarejo
de la Jara, pueblo cercano a Móstoles,
los franceses se preparan para invadirlo, como
aperitivo antes de atacar Móstoles. Las
fuerzas invasoras están al mando del
general Charles Surlepont d´Avignon y
de su segundo, el coronel Pierre L´onydance
L´onydance. El coronel entra en la tienda
del general, y le dice:
-Mi general... (los militares, como son muy
suyos, siempre dicen “Mi... lo que sea”
delante del cargo correspondiente, pero siempre
de abajo hacia arriba, y no a la inversa; por
ejemplo: cuando un soldado raso se dirige a
un capitán, dice: mi capitán.
En cambio, cuando el capitán se dirige
al soldado no le dice: mi soldado, porque suena
muy mal y hasta tiene cierto aire sospechoso
en el que más vale no ahondar.) Mi general,
¿no podríamos montar el campamento
en otro pueblo?
-¿Por qué? –preguntó
el general (bueno, en realidad, dijo: Mais pourquoi?,
pero, para entendernos, traduciremos la conversación).
-Porque nuestros soldados se están atragantando
al intentar pronunciar el nombre del pueblo.
¿Usted ha intentado pronunciarlo? Pues
más o menos lo decimos así: Vilaguego
de la Gaga –y no pudo seguir hablando
porque se atragantó victima de un violento
ataque de tos y de una náusea que le
volvió del revés el estómago.
Cuando consiguió recuperarse del ahogo,
añadió: -Además, a los
que cogen prisioneros les ponen una adivinanza,
más o menos complicada, y si no saben
resolverla lo torturan haciéndole comer
chorizo picante, morcilla y torreznos bien regados
con vino de Valdepeñas y anís
de Chinchón.
-¿Y eso es malo? –preguntó
el general.
-¿Que si es malo? Tengo a medio regimiento
con diarrea y con el estómago destrozado.
A mí, personalmente, me capturaron ayer
los de Vilague... Vilaguego...., bueno, de ese
pueblo que usted y yo sabemos... y me dijeron:
te dejaremos en libertad si resuelves el siguiente
acertijo: “¿Cómo podrías
llenar, con un saco lleno de trigo, 2 sacos
del mismo tamaño que el saco que contiene
el trigo?”
-¿Y qué pasó?
-Pues que acerté la solución,
porque era muy sencilla y porque, además,
mi abuelo era molinero. Entonces, la cosa se
complicó cuando apareció el hijo
del alcalde de Vilag... Vilegue.... ya sabe.
Pues bien, el hijo del alcalde es matemático,
y les dijo a sus paisanos: Ese acertijo es muy
sencillo; un coronel del ejército francés
se merece uno más complicado. Y me dijo:
“En un frente de batalla el general, que
es matemático, establece el santo y seña
para dejar pasar a las patrullas cuando regresan
a los puestos avanzados. En uno de ellos el
centinela dice “catorce” y soldado
responde “siete” y pasa. Al siguiente
le dice “cinco” y la patrulla responde
“cinco” y también pasa. Al
tercer soldado el centinela la dice “quince”
y el otro le responde “seis” y pasa.
¿Qué le tiene que responder un
espía cuando el centinela le dice “diez”?”
-¿Y qué pasó? –repitió
el general.
-¡Un kilo de chorizo picante! –exclamó
el coronel, llorando en el hombro del general
-Un kilo de morcilla rezumando pimentón
picante, me obligaron a tragar esos salvajes
al no saber resolver la adivinanza.
En ese momento llegó hasta la tienda
el rumor de un tumulto. El general Surlepont
d´Avignon y el coronel L´onydance
L´onydance salieron al exterior (porque
salir al interior es bastante difícil)
y se encontraron al capitán Simon Auclaire
Delalune discutiendo con el sargento Paul Monami
Pierrot. Al preguntar qué pasaba, el
capitán contestó:
-Mi general, hemos sitiado Vilag... Vilague..
Vilaguego... –y un tremendo ataque de
tos dejó amoratado al capitán
al intentar pronunciar el nombre del pueblo
sitiado. Al fin, cuando se recuperó con
los manotazos en la espalda que le propinó
el sargento, continuó hablando: -Hemos
sitiado... ese pueblo... de nombre tan raro,
ya sabe; pero nos hemos encontrado con que el
acceso menos defendido por sus habitantes es
el de un ancho y profundo río que lo
rodea en sus tres cuartas partes (en aquella
época había en la región
de Madrid anchos y profundos ríos). Y
los lugareños han volado todos los puentes.
Solamente se puede pasar en barca... y el problema
es que solamente hay una barca.
-¿Cómo que solamente hay una
barca? –preguntó el coronel, para
que el general viera que estaba interesado por
el tema.
-Sí, que solamente hay una barca que
tripulan el barquero y su ayudante... y nosotros
somos 1.000 y tenemos que pasar al otro lado.
-Pues tardaremos muchísimo –dijo
esta vez el general, dando muestra de su agudeza
mental.
-Pero ese no es el mayor problema. Lo peor
es que el barquero y su ayudante ponen como
condición que, una vez pasados todos
los soldados ellos dos queden en esta orilla
del río. ¿Sabe lo que pasa?: Que
el hijo del alcalde de Móstoles, que
ya saben que es matemático, ha inculcado
de tal manera las matemáticas a los habitantes
de los pueblos de la zona, que todo lo convierten
en problema. Mire, que así me lo han
escrito los barqueros en este papel, como si
fuera el enunciado de un problema, que lo es,
escuche, escuche: “1.000 soldados llegan
a la orilla del río. En la orilla hay
una barca y 2 barqueros. La barca sólo
puede llevar a los 2 barqueros o a un soldado.
¿Cuántos viajes tendrán
que hacer para pasar todos los soldados y que
al final los barqueros y la barca se queden
en su orilla?”
Como el general y el coronel se vieron incapaces
de resolver el sencillo problema, se despidieron
pretextando tener que resolver complicados asuntos
de Estado y volvieron al interior de la tienda.
Una vez allí, el general desplegó
sobre su mesa un plano de la zona.
-Mire, coronel: este es un plano del concejo
de... ese pueblo que empieza por V. Yo quisiera
calcular cuál es el área de toda
la zona y cuál es el perímetro
de la parte sombreada, que es la parte correspondiente
al pueblo. Así, aplicando la escala correspondiente
al resultado, sabría cuántos soldados
necesitaría para atacar, ya que parece
ser que por el río...
Otro tumulto en el exterior llegó hasta
el interior, o sea, de fuera adentro, que es
como suelen entrar en los interiores los tumultos
exteriores. Y en ese momento entró junto
con el ruido del tumulto, el sargento Monami
Pierrot llevando un prisionero.
-Hemos apresado a este enemigo que, además
de enemigo, es el hijo del alcalde de ese pueblo
cuyo nombre me niego a volver a pronunciar.
-¿El matemático? –preguntaron
el general y el coronel al unísono.
-El mismo –contestó el matemático,
y preguntó: -¿Y me imagino que
ustedes no serán Pierre Simon Laplace
y Joseph Louis Lagrange.?
-¿Mande?
-Ya me lo imaginaba –contestó
el matemático.
-¿Y se puede saber quiénes son
esos dos caballeros que ha citado?
-Dos matemático franceses que ganan
batallas con el cerebro en lugar de con la espada.
Dos sabios franceses a los que me gustaría
conocer, y no los franceses que me han tocado
en suerte... y no es por ofender, pero es que
la comparación...
-Y, ¿por qué habla usted francés
tan bien? –preguntó el coronel.
-Por que he estudiado exhaustivamente la obra
de Lagrange titulada Mécanique analytique,
su obra maestra, un auténtico poema científico.
Así aprendí francés y matemáticas.
Y también con el Traité de Mécanique
Céleste, de Laplace, uno de los grandes
trabajos científicos de todos los tiempos.
Obras que, imagino, habrán leído
–dijo el matemático con retintín.
-Claro, claro... por supuesto –dijo el
general- Precisamente el Traité ese...
es mi libro de cabecera (En realidad utilizaba
uno de sus cinco tomos para calzar la pata de
una mesa que cojeaba) Hombre, pues ya que hablamos
de matemáticos, puede que nos resuelva
un problema que nosotros sabemos resolver, por
supuesto, pero más que nada es por comparar
resultados, ya sabe...
-Sí, ya sé... que no saben. Pero,
veamos –contestó el matemático.
Y se acercó a la mesa donde estaba desplegado
el plano.
-Bien, ¿y qué quieren saber?
-Como verá la zona tiene una forma muy
extraña, y quisiera saber cuál
es el área de toda la figura y el perímetro
de la zona sombreada.
-Eso es muy sencillo... si nos planteamos la
forma de la zona como un problema –dijo
el matemático. Y tomando pluma, escuadra,
cartabón, regla y compás estableció
sobre el plano la siguiente figura y escribió
debajo el enunciado de un problema:

“El triángulo ABC es isósceles
con AC = BC y el ángulo ACB es 4/3 del
ángulo CBA, AB es un arco de circunferencia
de centro C y radio CA. La parte sombreada de
la figura tiene aproximadamente 22,61cm2 de
área. Los triángulos ECA y BCD
son isósceles, rectángulos e iguales
entre sí. Así que: ¿Cuál
es el área de toda la figura? ¿Cuál
es el perímetro de la parte sombreada?”
-Aquí está –dijo el matemático,
con una sonrisa de satisfacción.
-¿Cómo que ya está? ¿Y
cuál es el área y el perímetro?
-Eso hállenlo ustedes, que según
han dicho saben resolverlo. Además son
el ejército invasor y se supone que son
muy listos. Nosotros solamente somos unos ignorantes
lugareños. Por cierto sabían que
Napoleón, su emperador, es un gran admirador
de Laplace y Lagrange y les ha nombrado Senadores,
Condes del Imperio y Grandes Oficiales de la
Legión de Honor. A ver, y a ustedes,
¿qué les ha nombrado Napoleón?
-Oiga, más respeto. ¡A que le
fusilo! –amenazó el general.
-Vaya, ¿así actúan los
generales de un Emperador magnánimo con
los matemáticos? Ahora me explico por
qué usted sigue siendo general y Napoleón
ha llegado a Emperador. Y observe que, para
mayor humillación, he dicho general con
minúscula y Emperador con mayúscula.
Entre el coronel y el sargento tuvieron que
sujetar al general para evitar que estrangulara
al matemático que, además, se
reía abiertamente en su cara. Al calmarse,
pero poco, el general recapacitó sobre
las palabras del matemático y le propuso:
-Pues para que vea que yo también soy
magnánimo con los matemáticos
le ofrezco el siguiente trato: si me resuelve...
En ese momento entró en la tienda de
campaña el comandante Louis Pretêmoi
Taplume, para decir:
-Un esto es lío. De segadores contratado
una cuadrilla hemos y...
-¿Por qué habla así? –preguntó
el general.
-Es que lo cogieron prisionero la semana pasada
-contestó el coronel-
Y al no saber resolver el consiguiente problema
que le puso, precisamente este señor
–y señaló al matemático
que intentaba disimular el ataque de risa- le
invitaron, mejor dicho, le obligaron a comerse
una pota de callos con garbanzos, bien picantes,
por supuesto. Y aquí donde lo ven ahora
ya está muy bien. Tenían que haberlo
visto la semana pasada: estuvo tres días
en la tienda-UVI en coma, hablando en checheno.
Poco a poco, ha ido volviendo en sí y
por lo menos ya habla en francés y se
le va entendiendo, aunque aún no pueda
organizar las frases correctamente. Lo que ha
querido decir es lo que dice siempre desde el
atracón de callos: repite y repite el
enunciado del problema que no supo resolver.
Tengo unas ganas de que se invente la psiquiatría
para ver si lo curan... En fin, el enunciado
del problema es este, que me lo sé de
memoria de tanto oírlo: “Una cuadrilla
de segadores son capaces de segar un campo en
24 horas trabajando todos. Pero comienza el
trabajo uno solo, transcurrido un cierto tiempo
se le unió otro, al cabo del mismo tiempo
se unió el tercero y tras el mismo intervalo
de tiempo el cuarto... y así hasta que
el último empezó a segar. Cuando
terminaron resultó que el primero había
trabajado 11 veces más tiempo que el
último. ¿Cuánto tiempo
trabajó?, ¿Cuántos segadores
eran?”
-¿Y tan difícil es? –preguntó
el general.
-Pues debe serlo, que yo no sé si el
comandante se habrá quedado así
por los callos con garbanzos o por intentar
resolver el problema.
-Bueno, a lo que íbamos... Para que
vea que yo también soy magnánimo
con los matemáticos le ofrezco, señor
matemático, el siguiente trato: si me
resuelve el problema del plano le ofrezco la
libertad.
-Eso... y que levante el cerco a Villarejo
de la Jara y a Móstoles.
-Eso es demasiado pedir.
-Pues es lo que pido.
El general, el coronel, el comandante y el
sargento se retiraron a un rincón de
la tienda a cambiar impresiones. Y decidieron
engañar al matemático asegurándole
que no invadirían Villarejo de la Jara
ni Móstoles, y se limitarían a
dejarlo en libertad. Una vez con los datos del
problema en su poder invadirían ambos
pueblos fácilmente.
El matemático resolvió el problema
y le dio al general los datos que pedía:
el área de toda la figura y el perímetro
de la parte sombreada. Por su parte, el general
Surlepont d´Avignon cumplió su
palabra dejando al matemático en libertad.
Los libros de Historia hablan de la tan inexplicable
como espectacular derrota que sufrieron las
tropas francesas en la zona de Móstoles.
Y lo que no cuentan es lo que realmente sucedió,
que es lo que suele pasar en los libros de Historia,
que solamente cuentan la versión patriótica:
El matemático, al ver el plano, se dio
cuenta de que no correspondía a Móstoles
ni a Villarejo de la Jara, sino a una zona pantanosa
cercana a ambos pueblos. Entonces, exageró
las dimensiones del perímetro y del área
pedidas para que el general francés enviara
a todas sus fuerzas, como así hizo. Así,
la figura A-B-C-D-E era una zona plagada de
ortigas especialmente venenosas. Ortigas que
hicieron estragos entre el ejército que
se adentró en la zona camino de la zona
sombreada sobre el plano, la zona A-B-C. Precisamente
la zona que el general Surlepont d´Avignon
creía era Móstoles... cuando en
realidad era una ciénaga en la que se
hundió su flamante batallón: soldados,
caballos, cañones, armas, estandartes
y pertrechos.
Los soldados fueron rescatados por los lugareños
que, para que se recuperaran, les ofrecieron
riñones al jerez, hígado con guindilla,
zarajos picantes, gazpacho manchego y una gran
fabada que preparó un sobrino asturiano
del alcalde que estaba pasando sus vacaciones
en Villarejo de la Jara.
Nunca más se volvió a ver un
francés por la zona. Es más, aún
actualmente los turistas franceses eluden pasar
cerca sin que nadie sepa la razón...
a no ser que, como asegura el actual alcalde
de Villarejo, experto en esoterismos, magia
y demás patrañas, haya fuerzas
ocultas y efluvios suprasensoriales que les
advierten del riesgo que corren con la comida
de la zona.