
SOFÍA KOVALÉVSKAIA, EN INGLATERRA
Durante las vacaciones de verano del año
1869, Sofía Vassilíevna Korvin-Krukovskaya,
conocida entre los matemáticos como Sofía
Kovalévskaia viajó por Europa
con su hermana Aniuta y su marido ficticio,
Vladimir Kovalevski, del que heredaría
el apellido y la dicha de haber compartido unos
cuantos años de su vida con un hombre
honesto y comprensivo.
En Rusia estaba vetado el acceso de las mujeres
a la Universidad. Este hecho provocaría
que las mujeres con inquietudes intelectuales
y científicas se adhirieran con entusiasmo
al nihilismo, movimiento social e intelectual
que preconizaba la emancipación de la
mujer y la importancia de la educación,
además de propugnar la rebelión
contra todo tipo de autoridad
Desde niña, Sofía había
demostrado aptitudes extraordinarias hacia las
matemáticas y en especial hacia la geometría
analítica y el cálculo diferencial.
Y a estudiar se dedicó hasta que llegó
a la edad en que se encontró con el límite
establecido, un muro que le cerraba las puertas
de la Universidad. Así las cosas, para
poder continuar con su formación académica,
las mujeres que deseaban seguir avanzando en
la adquisición de conocimientos optarían
por una solución que podríamos
considerar hoy día, al menos, peculiar:
para escapar de la rígida autoridad paterna
y de las trabas impuestas por la sociedad rusa
proponían a un compañero de universidad
que compartiera sus mismas ideas e inquietudes
el contraer un matrimonio de conveniencia. Los
hombres podían ampliar estudios en universidades
extranjeras, y si estaban casados sus mujeres
podían acompañarlos; de esta manera
ellas podrían también estudiar
en el extranjero.
El elegido para llevar a cabo el plan fue el
estudiante de leyes Vladimir Kovalevski que
tenía una editorial que se dedicaba a
traducir la obra de Charles Darwin y tenía
el proyecto de ampliar sus estudios en Alemania.
La pareja, que después de la boda se
estableció en Heidelberg acompañados
de Aniuta, la hermana mayor de Sofía,
formaría un matrimonio dedicado enteramente
a la ciencia, a la traducción y divulgación
de obras progresistas y nihilistas y al intento
imposible de transformar la sociedad rusa.
En el verano de 1869 y con la intención
de conocer a su admirado Darwin, el matrimonio
y la hermana de Sofía viajaron a Inglaterra.
El encuentro se produciría en Londres,
en casa de Mary Ann Evans, novelista conocida
por su seudónimo de George Eliot.
Así que, aquella tarde de agosto los
tres rusos llegaron a casa de la escritora a
las cinco en punto de la tarde dispuestos a
tomar el té. Y llegaron puntuales porque,
a instancias de Sofía, viajaron en barco
de vapor a través del río Támesis
desde la ciudad de Perschy hasta Londres, en
lugar de hacerlo en la diligencia que unía
ambas ciudades.
Sofía, impresionada por la moderna maquinaria
del barco y por la velocidad a la que navegaba,
preguntó al capitán por las características
del motor a vapor y por la velocidad a la que
viajaban.
-Navegando a favor de la corriente desarrollamos
una velocidad de 20 km/h, mientras que navegando
contra corriente navegamos solamente a 15 km/h
–contestó el capitán.
-¿Y cuanto dura el viaje? –preguntó
Vladimir.
-En la ida, desde el embarcadero de Perschy
hasta el de Londres, tarda 5 horas menos que
en el viaje de regreso.
-¿Y qué distancia hay entre Perschy
y Londres, señor capitán? –preguntó
esta vez Aniuta.
Y cuando el capitán iba a contestar,
Sofía se le adelantó y le dijo:
-No, no nos lo diga, y así nos entretendremos
el resto del viaje calculando la distancia.
Así que, sentados en la proa del barco,
Sofía, Aniuta y Vladimir hicieron apuestas
a ver quien era el primero que calculaba la
distancia que había entre las ciudades
de Perschy y Londres.
Y a las cinco en punto llamaban al timbre de
la casa de George Eliot.
-Buenas tardes, mis queridos y admirados amigos
rusos. Adelante. El señor Darwin vendrá
ahora mismo, pero entretanto tengo el placer
de presentarles a mi vehemente amigo, el filósofo
Herbert Spencer, que también tomará
el té con nosotros –dijo la anfitriona,
invitándoles a pasar a su casa.
Los recién llegados saludaron con precaución
al conocido filósofo evolucionista, ya
que sabían de su fama de susceptible,
misógino y polémico discutidor.
-¿Cómo está usted? –le
saludó Vladimir, estrechando su mano.
-Pues anda que usted –contestó
el filósofo, para pasmo de los presentes.
Entonces, George Eliot propuso:
-Podemos pasar a la salita para esperar a nuestro
admirado Darwin.
-¿Y por qué tarda tanto? ¿Está
bajando del árbol? –preguntó
Spencer, haciéndose el gracioso.
La dueña de la casa, acostumbrada al
peculiar humor del filósofo, disimuló
la vergüenza ajena y añadió:
-Como iba diciendo vendrán a tomar el
té con nosotros el ilustre señor
Darwin (mirada asesina a Spencer que imitaba
a un mono detrás de unas plantas que
había en un rincón de la sala)
y el no menos ilustre novelista ruso Fedor Dostoievski.
He aprovechado que Dostoievski está de
paso por Londres para…
Esta vez la interrupción llegó
por parte de Aniuta que al oír el nombre
del novelista cayó desplomada sobre la
alfombra. Aniuta y Dostoievski, habían
mantenido un apasionado romance al que pusieron
fin los padres de ella. Y no habían vuelto
a verse desde entonces.
Las sales hicieron que la desmayada se despertara
del vahído justo a tiempo para escuchar
como el impertinente Spencer decía:
-Darwin y Dostoievski, especimenes dignos de
estudio, sí señor: un iluminado
y un ludópata.
Aniuta estaba a punto de atacar a paraguazos
al filósofo cuando hizo su entrada en
la sala Dostoievski.
-Buenas tardes a todos… y en especial
a ti, mi bella Aniuta.
-Buenas tardes, señor Dostoievski, me
han dicho que habéis dejado el juego,
que ya no se os puede considerar ludópata
–saludó el filósofo.
-Es cierto, señor Spencer.
-¿Seguro?
-Pues claro, ¿qué apostáis?
–contestó Dostoievski.
-¿Y ya no jugáis a nada? –preguntó
Vladimir, conocedor de la afición del
novelista.
-Bueno, de vez en cuando a la lotería.
Y ya que son ustedes expertos matemáticos,
a ver si me pueden resolver este problema: ayer
compré un décimo capicúa
muy curioso: si sumaba sus cinco cifras daba
el mismo resultado que si las multiplicaba.
La primera cifra de la izquierda es la edad
de mi hermana pequeña, las dos siguientes
la edad de la mediana y las dos últimas
la edad de mi hermana mayor, que le lleva más
de un año a la mediana.
-Pero bueno, ¿cuál es el número?
–preguntó Spencer.
-Que lo calcule el señor filósofo
evolucionista –propuso Vladimir.
Por su parte, Sofía Kovalévskaia
ya había calculado el número de
memoria, pero prefirió dejar que lo calculara
Spencer pensando que así, al menos, no
incordiaría.
Un mayordomo trajo el té y mientras la
anfitriona lo servía, para aliviar la
tensión que se palpaba en el ambiente,
le preguntó a Spencer:
-Por cierto, ¿qué edad tienen
vuestro hermano Peter?
-Ya anda por la cuarentena -contestó
el filósofo.
-¿Y qué edades tienen su encantadora
esposa y sus 4 hijos?
-Eso que lo calcules estos señores tan
inteligentes: Como decía Meter roza la
cuarentena. Si escribimos tres veces seguidas
su edad se obtiene un número que es el
producto de su edad multiplicada por la de su
mujer y las de sus 4 hijos. Calcúlenlo
y así sabrán ustedes la edad de
todos los miembros del conjunto familiar, que
dicen los nihilistas aquí presentes,
sin ir más lejos. O sea: ¿qué
edad tienen cada uno de los miembros de la familia?
En ese momento entró en la estancia Charles
Darwin. Jadeante y sudoroso se atusó
las patillas, se arregló el nudo de la
corbata y se disculpó.
-Lo siento, disculpen mi retraso. Por cierto,
al pasar por el muelle he visto los nuevos barcos
a vapor. ¡Qué invento! No sé
dónde vamos a ir a parar como sigamos
evolucionando a este ritmo.
-Señor Darwin, llega a tiempo, en este
momento servíamos el té.
-Estupendo, y después podríamos
jugar una partidita –exclamó Dostoievski,
sacando dos barajas del bolsillo y dejándolas
sobre la mesa.
-Pero bueno, no decíais que ya no erais
jugador.
-Bueno…, sí, claro…, y por
eso escribí “El Jugador”.
Esta novela la escribí a modo de confesión,
como un exorcismo. Pero, en fin, una partidita
de cartas entre amigos no hará mal a
nadie…
-Con una condición –propuso Sofía-
que antes, y también a modo de juego,
resolvamos un problema que me acabo de inventar.
Todos aceptaron encantados y, lapicero y papel
en mano, se aprestaron a tomar nota de los datos
que Sofía comenzó a dictar:
-Tenemos 17 cartas rojas numeradas del 1 al
17 y…
-¡Imposible! La numeración de la
baraja sólo llega al 10, más la
J, la Q y la K –exclamó, dando
un respingo, Dostoievski.
-Bueno, imaginemos que están numeradas
por detrás del 1 al 17.
-¡Imposible! Serían cartas marcadas
y los jugadores harían trampas.
-¡Queréis olvidar que sois un profesional,
señor Dostoievski, y dejarme terminar
de una vez! –exclamó Sofía
enfadada.
-Está bien, está bien, pero os
apuesto diez libras a que…
-¡¡Silencio!! –exclamaron
todos.
-Bien, continuo y espero que esta vez sin interrupciones
–dijo Sofía- Como decía:
tenemos 17 cartas rojas numeradas del 1 al 17,
y 17 cartas azules también numeradas
del 1 al 17. Y tenemos que formar 17 parejas
de una carta roja y una azul de tal manera que
las sumas de las 17 parejas sean 17 números
consecutivos.
Y todos se dispusieron a resolver el problema,
hasta que Spencer, impotente ante la resolución
del problema del décimo de lotería,
y pensando que el de las 17 cartas sería
aún más difícil, masculló:
-Interesante problema para haber sido propuesto
por una mujer.
-¿Y que tenéis contra las mujeres,
señor filósofo “involucionista”?
–preguntó Sofía con retintín.
-Evolucionista, señora, evolucionista
–puntualizó Spencer.
-Pues yo creo que os habéis quedado en
el primer escalón de la evolución
–dijo, cáustica, Sofía.
-O en la rama más alta del árbol,
verdad, señor Darwin –añadió
Aniuta.
-¡Vaya grupo! Un filósofo evolucionista-involucionista,
un biólogo progresista, una escritora
modernista, un escritor antizarista y tres nihilistas.
La broma de Vladimir no enfrió los exaltados
ánimos. Sofía claramente enfadada
ante el despectivo comentario de Spencer le
instaba a disculparse pero éste, lejos
de hacerlo, arremetió contra el papel
de la mujer en la Ciencia asegurando, además,
que su función reproductora mermaba su
capacidad intelectual. Y que la dedicación
a tareas científicas o intelectuales
se traduciría en desórdenes físicos
en su organismo.
La reunión terminaría en batalla
campal, aunque los biógrafos de los contendientes
la suavizaran calificándola de “acalorada
discusión entre la matemática
y el filósofo” y no enumeraran
los desperfectos: tres tazas de té rotas,
con sus correspondientes platos; la tetera desportillada;
el espejo que estaba sobre la chimenea, roto;
dos figuras de porcelana de Worcester hechas
añicos, más el consiguiente escándalo
que alteró la apacible tranquilidad del
vecindario y la visita a urgencias del hospital
más cercano de Herbert Spencer, que desde
aquel día aprendió que Sofía
Kovalévskaia no sólo era una gran
matemática, sino también una mujer
de carácter.