(Esta charla
está recogida
en el libro, Borges y la matemática
de Guillermo Martínez, editado originalmente
por Eudeba y reeditado en 2006 por Seix
Barral)
En la introducción al libro “Matemáticas
e Imaginación”, de Kasner y Newman,
Borges dice que la matemática, al igual
que la música, puede prescindir del
universo. Quiero agradecerles que esta mañana
ustedes hayan prescindido del universo para
escuchar esta charla.
EL ÁNGULO,
EL SESGO Y LA INTERPRETACIÓN.
THOMAS MANN
Y EL DODECAFONISMO.
EL JUEGO DE LA INTERPRETACIÓN
COMO UN JUEGO DE BALANCE
Bien, Borges y la matemática. Siempre
que uno elige un ángulo, un tema, introduce
de algún modo una distorsión
sobre el fenómeno que se propone estudiar.
Algo bien sabido por los físicos, ¿no
es cierto? También ocurre cuando uno
trata de abordar a un escritor desde un ángulo
en particular: muy pronto uno se encuentra
en las arenas movedizas de la interpretación.
En este sentido conviene tener en cuenta que
el juego de la interpretación es un
juego de balance en el que uno puede errar
por exceso o por defecto. Digamos, si nos aproximamos
a los textos de Borges con un enfoque puramente
matemático, muy especializado, podemos
quedar por encima del texto. Aquí “encima” es
en realidad afuera: podríamos encontrar
o forzar al texto a decir cosas que el texto
no dice, ni tiene ninguna intención
de decir. Un error de erudición. Por
otro lado, si desconocemos en absoluto los
elementos de matemática que están
presentes reiteradamente en la obra de Borges,
podemos quedar por debajo del texto. Entonces,
voy a intentar un ejercicio de equilibrio.
Sé que aquí en la sala hay gente
que sabe mucha matemática, pero yo voy
a hablar para los que sólo saben contar
hasta diez. Es mi desafío personal.
Todo lo que diga debería poder entenderse
con sólo saber contar hasta diez.
Hay una segunda cuestión todavía
más delicada, a la que se refirió Thomas
Mann cuando fue obligado a insertar una nota
al final de su Doctor Faustus para
reconocer la autoría intelectual de
Schönberg en la teoría musical
del dodecafonismo. Thomas Mann lo hizo a disgusto,
porque consideraba que esa teoría musical
se había transmutado en algo distinto
al ser moldeada literariamente por él “en
un contexto ideal para asociarla a un personaje
ficticio” (su compositor Adrián
Leverkuhn). De la misma manera los elementos
de matemática que aparecen en la obra
de Borges también están moldeados
y transmutados en “algo distinto”:
en literatura, y trataremos de reconocerlos
sin separarlos de ese contexto de intenciones
literarias.
Por ejemplo, cuando Borges da comienzo a su
ensayo “Avatares de la tortuga” y
dice: “Hay un concepto que es el corruptor
y el desatinador de los otros. No hablo del
Mal cuyo limitado imperio es la ética;
hablo del infinito”, la vinculación
del infinito con el Mal, la supremacía
en malignidad, burlona pero certera que establece,
quita de inmediato al infinito del sereno mundo
de la matemática y pone bajo una luz
levemente amenazadora toda la discusión
pulcra en fórmulas, casi técnica,
que sigue. Cuando dice a continuación
que la numerosa hidra es una prefiguración
o un emblema de las progresiones geométricas,
se repite el juego de proyectar monstruosidad
y “conveniente horror” sobre un
concepto matemático preciso.
CUÁNTO SABÍA BORGES
DE MATEMÁTICA.
PRECAUCIONES SOBRE
SU BIBLIOTECA.
LA VERDAD EN MATEMÁTICA
Y EN LITERATURA
¿Cuánto sabía Borges
de matemática? Él dice en ese
mismo ensayo: “cinco, siete años
de aprendizaje metafísico, teológico,
matemático, me capacitarían (tal
vez) para planear decorosamente una historia
del infinito”. La frase es lo suficientemente
ambigua como para que sea difícil decidir
si realmente dedicó esa cantidad de
años a estudiar, o es sólo un
plan a futuro, pero está claro que Borges
sabe por lo menos los temas que están
contenidos en el libro que él prologa, Matemáticas
e imaginación, y que son bastantes.
Es una buena muestra de lo que se puede aprender
en un primer curso de álgebra y análisis
en la universidad. Se tratan allí las
paradojas lógicas, la cuestión
de las diversas clases de infinito, algunos
problemas básicos de topología,
teoría de las probabilidades. En el
prólogo a este libro Borges recuerda
al pasar que, según Bertrand Russell,
la vasta matemática quizá no
fuera más que una vasta tautología,
y deja ver, con esta observación, que
también estaba al tanto, por lo menos
en esa época, de lo que era una discusión
crucial en los fundamentos de la matemática.
Una discusión que dividía aguas
y daba lugar a agudos debates, centrada en
la cuestión de la verdad: lo verdadero versus lo
demostrable.
Digamos que en su trabajo habitual de escudriñar
los universos de formas y de números
los matemáticos encuentran conexiones
recurrentes, patrones, ciertas relaciones que
se verifican siempre, y están acostumbrados
a creer que estas relaciones, si son verdaderas,
lo son por alguna razón, están
concertadas de acuerdo a un orden exterior,
platónico, que debe descifrarse. Cuando
encuentran esa razón profunda –y
en general oculta– la exhiben en lo que
se llama una demostración, una prueba.
Hay de esta manera dos momentos en la matemática,
igual que en el arte: un momento que podemos
llamar de iluminación, de inspiración,
un momento solitario e incluso “elitista” en
que el matemático entrevé en
un elusivo mundo platónico un resultado
que considera que es verdadero, y un segundo
momento, digamos, democrático, en el
que tiene que convencer de esa verdad a su
comunidad de pares. Exactamente del mismo modo
en que el artista tiene fragmentos de una visión
y luego, en un momento posterior, tiene que
ejecutarla en la escritura de la obra, en la
pintura, en lo que fuera. En ese sentido los
procesos creativos se parecen mucho. ¿Cuál
es la diferencia? Que hay protocolos formales
de acuerdo con los cuales la verdad que el
matemático comunica a sus pares la puede
demostrar paso por paso a partir de principios
y “reglas de juego” en las que
todos los matemáticos coinciden. En
cambio, una demostración de un hecho
estético no es tan general. Un hecho
estético siempre está sujeto
a criterios de autoridad, a modas, a suplementos
culturales, a la decisión personal y última –muchas
veces perfectamente caprichosa– del gusto.
Ahora bien, los matemáticos pensaron
durante siglos que en sus dominios estos dos
conceptos, lo verdadero y lo demostrable, eran
en el fondo equivalentes. Que si algo era verdadero,
siempre se podía exhibir la razón
de esa verdad a través de los pasos
lógicos de una demostración,
de una prueba.
Sin embargo, que lo verdadero no es igual
que lo demostrable lo saben desde siempre,
por ejemplo, los jueces: supongamos que tenemos
un crimen en un cuarto cerrado (o, más
modernamente, en un country cerrado)
con sólo dos sospechosos posibles. Cualquiera
de los dos sospechosos sabe toda la verdad
sobre el crimen: yo fui o yo no fui.
Hay una verdad y ellos la conocen, pero la
justicia tiene que acercarse a esta verdad
por otros procedimientos indirectos: huellas
digitales, colillas, verificación de
coartadas. Muchas veces la justicia no llega
a probar ni la culpabilidad de uno ni la inocencia
del otro. Algo similar ocurre en la arqueología:
sólo se tienen verdades provisorias,
la verdad última queda fuera del alcance,
es la suma incesante de huesos de lo demostrable.
Así, en otros terrenos, la verdad no
necesariamente coincide con lo demostrable.
Bertrand Russell fue quizá quién
más se afanó en probar que dentro
de la matemática sí se podían
hacer coincidir los dos términos, que
la matemática no era más que “una
vasta tautología”. De algún
modo ése era también el programa
de Hilbert, un gran intento de los matemáticos
para dar garantías de que todo lo que
se probara verdadero, por cualesquiera métodos,
se iba a poder demostrar a posteriori de acuerdo
con un protocolo formal que pudiera prescindir
de la inteligencia, un algoritmo que pudiera
corroborar la verdad de una manera mecánica
y que pudiera modelarse en una computadora.
Eso hubiera sido en el fondo reducir la matemática
a lo que puede probar una computadora.
Finalmente se demostró, y ese fue el
resultado dramático de Kurt Gödel
de los años ´30 –su famoso
teorema de incompletitud– que las cosas
no son así, que la matemática
se parece más bien a la criminología
en este aspecto: hay afirmaciones que son verdaderas
y quedan, sin embargo, fuera del alcance de
las teorías formales. O sea, las teorías
formales no pueden ni demostrar la afirmación
ni demostrar su negación, ni su culpabilidad
ni su inocencia. Lo que quiero señalar
es que Borges vislumbraba el origen de esta
discusión (aunque no parece que se hubiera
enterado de su desenlace).
ELEMENTOS DE MATEMÁTICA
EN LA OBRA DE BORGES
Hay elementos de matemática muy variados
a lo largo de la obra de Borges. El paso obvio
natural, cuando uno se acerca a este tema,
es rastrear todas esas huellas matemáticas
en sus textos. Eso ha sido hecho, y muy bien,
en varios de los ensayos del libro Borges
y la Ciencia (ed. Eudeba). Pueden encontrar
allí ensayos sobre Borges y la matemática,
sobre Borges y la investigación científica,
sobre el tema de la memoria, sobre Borges y
la física. He dicho alguna vez en broma
que mi preferido es “Borges y la biología”.
Luego de algunos rodeos, y algo desolado, casi
como disculpándose, el autor se
decide a escribir que después de haber
leído la obra completa de Borges tiene
que decir que no hay ninguna vinculación
entre Borges y la biología. ¡Ninguna!
El hombre había descubierto con terror
algo en este mundo que Borges no había
tocado.
Pero sí hay, profusamente, elementos
de matemática. Yo voy a abusar un poco
de mi condición de escritor para tratar
de hacer algo ligeramente diferente: voy a
tratar de vincular los elementos de matemática
con elementos de estilo en Borges. Voy a intentar
una vinculación no temática sino
estilística. Pero menciono de todos
modos algunos de los textos donde las ideas
matemáticas asoman con más claridad:
los cuentos “El disco”, “El
libro de arena”, “La biblioteca
de Babel”, “La lotería de
Babilonia”, “Del rigor en la ciencia”, “Examen
de la obra de Herbert Quain, Argumentum
ornithologicum”; los ensayos “La
perpetua carrera de Aquiles y la tortuga” junto
con “Avatares de la tortuga”, “El
idioma analítico de John Wilkins”, “La
doctrina de los ciclos”, “Pascal” junto
con “La esfera de Pascal”, etc.
Hay textos que son incluso pequeñas
lecciones de matemática. Aún
así, aún dentro de esta variedad,
creo yo que hay tres temas que son recurrentes.
Y esos tres temas aparecen reunidos en el cuento “El
Aleph”, les propongo que los estudiemos
desde allí.
EL INFINITO DE CANTOR
Los voy a mencionar en orden inverso al que
aparecen, el primer elemento es el infinito
o los infinitos. Dice Borges, hacia el final
del relato:
“Dos observaciones quiero
agregar: una sobre la naturaleza del Aleph,
otra sobre su nombre. Éste, como es
sabido, es el de la primera letra del alfabeto
de la lengua sagrada. Su aplicación
al disco de la historia no parece casual. Para
la Cábala esa letra significa el En
Soph, la ilimitada y pura divinidad.
También
se dijo que tiene la forma de un hombre que
señala el cielo y la tierra, para
indicar que el mundo inferior es el espejo
y el mapa del superior. Para la Mengenlehre es
el símbolo
de los números transfinitos en los que
el todo no es mayor que alguna de las partes”.
La Mengenlehre es la denominación
en alemán de la teoría de las
cantidades. El símbolo aleph, que los
matemáticos
simplificamos al dibujarlo, se parece a ésto:
ℵ
Un brazo que señala
al cielo y el otro que señala la tierra.
El símbolo
de los números transfinitos, en los
que, como dice Borges, el todo no es mayor
que alguna de las partes. Este es uno
de los conceptos de matemática que fascinaba
realmente a Borges. Es el quiebre de un postulado
aristotélico según el cual el
todo debe ser mayor que cualquiera de las partes
y me gustaría hacer una pequeña
explicación de cómo surge esta
idea del infinito en la matemática.
Hasta 1870, la época en que Cantor
empieza sus trabajos sobre la teoría
de conjuntos, los matemáticos usaban
otro símbolo para el infinito, el 8
acostado: ∞, y pensaban que
en realidad había un único infinito,
no se planteaban la posibilidad de que hubiera
diferentes variedades de infinito. ¿Cómo
llega Cantor a su idea de infinito, que es
la que suscita esta primera paradoja?
Para entender esto, tenemos que recordar qué significa
contar. Uno puede pensar el proceso de contar
de dos maneras: supongamos que en un primer
conjunto tenemos diez personas –que es
nuestro número límite– y
en un segundo conjunto tenemos diez sillas.

Uno podría decir, muy bien, sé que
hay tantas personas como sillas, porque aquí cuento
diez personas y aquí cuento diez sillas,
o sea, le asigno al primer conjunto una cantidad
entre las que conozco: diez, y a este segundo
conjunto una cantidad que conozco: diez, y
como 10 = 10 concluyo que los dos conjuntos
tienen la misma cantidad de elementos. Sin
embargo, supongamos que yo estoy jugando con
un chico de tres años a las cartas.
El chico, como nosotros esta tarde, tampoco
sabe contar más allá de diez,
pero sabe que si me da a mí la primera
carta, se queda con la segunda, me da la tercera,
se queda con la cuarta, etc., cuando termina
de repartir el mazo, aunque no puede decir
qué cantidad de cartas tiene
en las manos (porque no sabe contar más
que hasta diez), sí puede decir algo
todavía, sí tiene todavía
un elemento de certidumbre, y es que tanto él
como yo tenemos la misma cantidad de cartas.
Esto sí lo sabe, aunque no sepa cuántas
son. En el ejemplo de las sillas podríamos
también haber concluido que hay la misma
cantidad de personas que de sillas haciendo
sentar a cada persona en una silla y comprobando
que se establece una correspondencia perfecta
en la que no queda silla sin persona ni persona
sin silla. Del mismo modo, cuando uno mira
un desfile militar, no puede decir a golpe
de vista cuántos jinetes hay, o cuántos
caballos hay, pero sí sabe algo todavía,
sabe que hay tantos militares como caballos
(risas).
Es trivial, sí, lo reconozco, pero
a veces de las trivialidades surgen las grandes
ideas. Aquí está el pase de prestidigitador
de los matemáticos. Fíjense qué es
lo que hace Cantor, en el fondo es algo muy
simple, pero extraordinario. Lo que él
encuentra es un concepto que en el contexto
finito resulta equivalente a “tener la
misma cantidad de elementos”. Él
dice: “en el contexto finito, los conjuntos
A y B tienen la misma cantidad de elementos
si y sólo si puedo establecer una correspondencia
perfecta uno a uno entre ellos”. Esta
afirmación es muy sencilla de probar. ¿Pero
qué ocurre cuando saltamos al infinito?
Uno de los dos conceptos equivalentes: “cantidad
de elementos”, deja de tener sentido. ¿Qué significa
cantidad de elementos de un conjunto infinito
cuando uno no puede terminar de contar? Esa
parte ya no la puedo usar, pero sí puedo
usar todavía la segunda parte. La segunda
parte sobrevive, todavía podemos establecer,
para conjuntos infinitos, correspondencias
perfectas uno a uno como hicimos entre las
personas y las sillas.
Pero entonces empiezan a ocurrir cosas extrañas.
Porque hay una manera obvia de establecer una
correspondencia perfecta uno a uno entre todos
los números naturales, los números
que usamos para contar, y los números
pares. Al 1 le asignamos el 2, al 2 le asignamos
el 4, al 3 el 6, etc. Y aquí, forzados
por la definición de Cantor, tenemos
que decir que hay “tantos” números
naturales como números pares. Sin embargo,
los pares son una “mitad” de los
naturales, en el sentido de que los naturales
los obtenemos al unir los pares con los impares.
Entonces, hay efectivamente una parte, los
pares, que es tan grande como el todo. Hay
una parte que equivale al todo. Este es
el tipo de paradoja que maravillaba a Borges:
en el infinito matemático, el todo no
es necesariamente mayor que cualquiera de las
partes. Hay partes propias que son tan grandes
como el todo. Hay partes que son equivalentes
al todo.
OBJETOS RECURSIVOS
Uno podría abstraer esta propiedad
curiosa del infinito y pensar en otros objetos,
en otras situaciones, en las que una parte
del objeto guarda la información del
todo. Los llamaremos objetos recursivos.
Así, el Aleph de Borges, la pequeña
esfera que guarda todas la imágenes
del universo, sería un objeto ficcional
recursivo. Cuando Borges dice que la aplicación
del nombre Aleph a esta esfera no es casual
y llama la atención de inmediato sobre
la vinculación con esta propiedad de
los infinitos, está insertando a su
idea dentro de un ambiente propicio, de la
manera que él mismo enseña en
su ensayo “El arte narrativo y la magia” cuando
analiza el problema de la difícil verosimilitud
del centauro. La rodea de un marco que la vuelva
plausible: así como en el infinito una
parte equivale al todo, puede concebirse que
haya una parte del universo que guarde la información
del todo.
Hay otros objetos recursivos con los que Borges
juega en su obra. Por ejemplo los mapas crecientes
en “Del rigor en la ciencia”, donde
el mapa de una sola provincia ocupaba toda
una ciudad, y “en cuyos pedazos abandonados
en los desiertos habitaban animales y mendigos”.
También, desde el punto de vista de
la biología, el ser humano sería
un objeto recursivo. Basta una célula
del ser humano para fabricar un clon. Los mosaicos
son claramente objetos recursivos, la figura
de las primeras baldosas se propaga al todo.
Pensemos ahora en objetos que tengan la propiedad opuesta. ¿Cuáles
serían los objetos “incomprimibles”,
por llamarlos de alguna manera? Objetos en
los cuales ninguna parte reemplaza al todo.
Objetos en los que cada parte es esencial.
Podríamos decir: los conjuntos finitos.
Yo diría, un rompecabezas razonable.
En un rompecabezas razonable uno no debería
poder facilitarse las cosas repitiendo diseños.
También, el ser humano, desde el punto
de vista existencial. Hay una frase muy intimidante
que no es de Sartre sino de Hegel y que dice: “el
hombre no es más que la serie de sus
actos”. No importa cuán impecable
fue la conducta de un hombre durante cada día
de todos los años de su vida, siempre
está a tiempo de cometer un último
acto que contradiga, que arruine, que destruya
todo lo que ha sido hasta ese momento. O al
revés, para tomar el giro que le dio
Thomas Mann en El elegido, basado
en Vida de San Gregorio: no importa
cuán incestuoso o pecador haya sido
un hombre durante toda su vida, siempre puede
expiar sus culpas y convertirse en Papa.
EL INFINITO Y EL LIBRO
DE ARENA
Lo que dije hasta aquí sobre el infinito
bastaría para aclarar este pequeño
fragmento. Me voy a extender un poco más
para explicar algo que está relacionado
con “La biblioteca de Babel” y “El
libro de arena”. Recién acabamos
de ver que hay ”tantos” números
naturales como pares. ¿Que ocurrirá cuando
consideramos los números fraccionarios?
Los números fraccionarios son muy importantes
en el pensamiento de Borges. ¿Por qué?
Recordemos que los números fraccionarios,
que también se llaman quebrados, o números
racionales, son los que se obtienen al dividir
números enteros, los podemos pensar
como pares de enteros: un número entero
en el numerador y un número entero (distinto
de cero) en el denominador.
3/5, 5/4, 7/6, 7/16...
¿Cuál es la propiedad que tienen
estos números, la propiedad que usa
Borges en sus relatos? Entre dos números
fraccionarios cualesquiera siempre hay uno
en el medio. Entre 0 y 1 está 1/2,
entre 0 y 1/2 está 1/4, entre 0 y 1/4
está 1/8, etc. Digamos, siempre se puede
dividir por 2.
![Imagen del intervalo [0,1]](Irudiak/BorgesMatematica02.jpg)
De modo que cuando yo quiero saltar del 0
al primer número fraccionario, nunca
puedo encontrar ese primer número en
el orden usual, porque siempre hay uno en el
medio. Esta es exactamente la propiedad que
toma prestada Borges en “El Libro de
Arena”. Recordarán que hay un
momento en este cuento en que al personaje
de Borges lo desafían a abrir por la
primera hoja el Libro de Arena.
“Me dijo que su libro se llamaba el
Libro de Arena porque ni el libro ni la arena
tienen principio ni fin.
Me pidió que
buscara la primera hoja. Apoyé la
mano izquierda sobre la portada y abrí con
el dedo pulgar casi pegado al índice.
Todo fue inútil: siempre se interponían
varias hojas entre la portada y la mano.
Era como si brotaran del libro”.
La tapa del Libro de Arena sería el
cero, la contratapa sería el uno, las
páginas corresponderían entonces
a los números fraccionarios entre cero
y uno. En los números fraccionarios
uno no puede encontrar el primer número
después de 0 ni el último antes
de 1. Siempre hay números que se interponen.
Uno estaría tentado a conjeturar que
el infinito de los números fraccionarios
es más apretado, más denso, más
nutrido.
La segunda sorpresa que nos deparan los infinitos
es que esto no es así, es decir, hay “tantos” números
racionales como números naturales. ¿Cómo
podemos ver esto?
Como las fracciones son pares de enteros,
numerador/denominador, todas las fracciones
(positivas) están representadas en este
cuadro:

Anoto en la primera fila todas las fracciones
que tienen numerador 1, en la segunda fila
todas las que tienen numerador 2, en la tercera
fila todas las que tienen numerador 3, etc.
Evidentemente al escribirlas de este modo hay
algunas que se repiten, por ejemplo, 3/3 es
lo mismo que 2/2 o que 1/1. O sea, algunas
fracciones quedan anotadas repetidas veces,
pero eso no importa. Quien puede más,
puede menos: si puedo contar con repeticiones
puedo contar sin repeticiones. Lo que me interesa
es que todos los números fraccionarios
positivos aparecen en algún momento
aquí. Me quedan la mitad de los negativos.
Pero si sé contar los positivos, es
fácil contar los negativos. Los matemáticos
me van a perdonar algunos deslices, que no
hable con toda la precisión debida.
Lo que quiero hacerles notar, de lo que quiero
convencerlos, es que en este cuadro infinito
que armé, de infinitas filas, de infinitas
columnas, están todas las fracciones
positivas.
Para mostrar que hay “tantos” números
fraccionarios como números naturales,
bastaría entonces poder asignar un número
natural a cada elemento de este cuadro de manera
que al progresar en la enumeración nos
aseguremos de que no quedarán elementos
sin numerar. ¿Cómo hacer esto?
Es claro que no conviene empezar el recorrido
tratando de agotar por ejemplo la primera fila,
porque nunca pasaría a la segunda. El
recorrido tiene que alternar elementos de las
distintas filas para asegurar que se vaya cubriendo
todo el cuadro. El método de enumerar
fracciones también lo descubrió Cantor,
se lo conoce como el recorrido diagonal
de Cantor.

Es decir:
A la fracción 1/1 le asigno el número
1.
A la fracción 1/2 le asigno el número
2.
A la fracción 2/1 le asigno el número
3.
A la fracción 1/3 le asigno el número
4.
A la fracción 2/2 la salteo porque ya
la conté (1/1 = 2/2).
A la fracción 3/1 le asigno el número
5.
A la fracción 3/2 le asigno el número
6, etc.
El recorrido avanza por diagonales cada vez
más largas y barre de esa manera todas
las filas y todas las columnas. A medida que
avanzo me aseguro de que voy numerando a todos
los números fraccionarios y paso por
encima, simplemente salteo, a las fracciones
que se repiten y que ya numeré, como
3/3 o 2/2. ¿Qué se demuestra
con esto? Que a pesar de que el infinito de
los números fraccionarios parece más
apretado, hay “tantos” números
fraccionarios como números naturales.
Más aún, con esta enumeración
se le puede dar un orden consecutivo a los
números fraccionarios, un orden, por
supuesto, distinto del que tienen en la recta,
pero que permite explicar la enumeración
de páginas en el Libro de Arena. Esto
es algo que posiblemente Borges no supiera.
La numeración de páginas que
a Borges en el cuento le parece misteriosa
y le atribuye una razón también
misteriosa, en principio no tiene ningún
misterio. No hay contradicción entre
el hecho de que entre dos hojas del Libro de
Arena siempre hay otra intercalada con el hecho
de que cada hoja pueda tener un número:
el mismo habilidoso imprentero que pudo coser
las infinitas páginas del Libro de Arena,
pudo también perfectamente numerarlas
tal como lo estamos haciendo nosotros.
EL INFINITO Y LA BIBLIOTECA
DE BABEL
A los matemáticos y también
a Borges, les gusta exprimir las ideas, repetirlas,
sacarles todo el partido posible. Ahora que
tengo este cuadro no me resisto a usarlo una
vez más para otro tema recurrente en
Borges que es el tema de los lenguajes, tal
como está presente, por ejemplo, en “La
biblioteca de Babel”.
Pensemos un momento en la idea de “La
biblioteca de Babel”, una biblioteca
de libros no necesariamente inteligibles, una
biblioteca absoluta cuya ley fundamental es: “basta
que un libro sea posible para que exista”.
Borges fija un alfabeto de veinticinco símbolos,
pero nosotros, para darnos todavía más
libertad, pensaremos en libros escritos en
todos los idiomas posibles y haremos una sola
lista, un alfabeto universal, reuniendo todos
los signos de todos los alfabetos existentes.
Empezamos con los veinticinco símbolos
ortográficos que menciona Borges (y
de este modo nos aseguramos de que todos los
libros de la Biblioteca de Babel estén
también en nuestros anaqueles). Proseguimos
con los 27 símbolos del alfabeto castellano.
Agregamos como nuevos símbolos las 5
vocales acentuadas. Seguimos, por ejemplo,
con los símbolos del cirílico,
después agregamos la ö del alemán,
y los demás símbolos diferentes
que tenga cada idioma. Así el alfabeto
básico va creciendo y creciendo. Para
darnos un margen hacia el futuro podemos suponer
directamente que los símbolos de nuestro
alfabeto son los números naturales,
de esa manera nos queda espacio siempre disponible
para poder adicionar nuevos alfabetos, nuevos
símbolos como la @, o símbolos
de lenguajes extraterrestres que nos lleguen
en algún momento. Los números
del 1 al 25 corresponden a los símbolos
ortográficos de los libros de la Biblioteca
de Babel, el número 26 es la A, el número
27 es la B, el número 526 será quizá un
idiograma chino, etc.
Recuerdan ustedes que en “La biblioteca
de Babel” Borges acota el número
de páginas que puede tener cada libro:
cuatrocientas diez páginas. Lo que nosotros
nos preguntamos ahora es de qué tipo
será el infinito de todos los libros
distintos de cualquier número
de páginas que pueden escribirse con
este alfabeto universal, si admitimos palabras
de cualquier longitud.
Usando este mismo cuadro puede probarse que
este conjunto de libros también
es enumerable. La idea es, por supuesto,
disponer en la primera fila los libros de una
sola página, en la segunda fila los
libros de dos páginas, en la tercera
fila los libros de tres páginas, etc.
Y luego hacer la enumeración de acuerdo
al recorrido diagonal de Cantor. Como todos
los libros de la Biblioteca de Babel están
también incluidos en nuestros anaqueles,
podemos concluir que el conjunto de libros
de la Biblioteca de Babel es enumerable. ¿Por
qué tiene importancia esto para la comprensión
del cuento de Borges?
En una nota al final del cuento, Borges escribe
que una amiga le observó que toda la
construcción de la biblioteca de Babel
era superflua o excesiva (él usa la
palabra inútil), porque en
realidad todos los libros de la Biblioteca
de Babel cabrían en un solo volumen.
En un solo libro de infinitas páginas
infinitamente delgadas, “un vademecum sedoso
en el que cada hoja se desdoblaría en
otras”. La forma de hilvanar los distintos
libros uno detrás del otro en este único
volumen no sería más que este
recorrido diagonal de Cantor.
Esta nota al pie que cierra el cuento es el
germen de la idea que da después como
resultado “El Libro de Arena”.
Esta es una forma de concebir muy matemática.
El primer ejemplo, “La biblioteca de
Babel”, es laborioso, profuso, por supuesto
tiene otra riqueza y tiene otros significados,
no estoy diciendo que se reduzca a esto. Pero
Borges encuentra al final una idea más
simple: que se pueden reunir todos los libros
en un único volumen, con una cantidad
infinita de páginas. Él dice:
un libro tal que cada página sea divisible.
Es el preanuncio del cuento “El Libro
de Arena”. Quiero llamar la atención
sobre este modo de reflexionar sobre sus propios
textos para abstraer una idea esencial que
repetirá o desdoblará en otros
sitios. Es el primer ejemplo de un procedimiento
general, una operación que recuerda
los modos matemáticos y que estudiaremos
con más detenimiento luego.
LA ESFERA CON CENTRO
EN TODAS PARTES Y CIRCUNFERENCIA EN NINGUNA
Examinemos ahora el segundo elemento de matemática
en “El aleph”. Aparece en el momento
en que Borges está por describir el
Aleph, y dice: “cómo transmitir
a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa
memoria apenas abarca”.
Algo más digo aquí sobre el
símbolo aleph. Me parece particularmente
acertada la figura de un hombre con un brazo
que toca la tierra y el otro brazo que apunta
al cielo, porque de algún modo la operación
de contar es el intento humano de acceder a
lo infinito. Es decir, el ser humano no puede,
en su vida finita, en su “vidita” –como
diría Bioy Casares– contar efectivamente
todos los números, pero tiene una manera
de generarlos, una manera de concebir y acceder
a un número tan grande como sea necesario.
A partir del descubrimiento de la escritura
decimal, a partir de los diez dígitos,
puede alcanzar números tan grandes como
quiera. Aún limitado a su situación
terrestre, todavía puede extender su
brazo al cielo. Ése es el intento y
la dificultad de contar. Algo similar escribe
Borges: “¿cómo transmitir
a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa
memoria apenas abarca? Los místicos,
en análogo trance, prodigan los emblemas:
para significar la divinidad un persa habla
de un pájaro que de algún modo
es todos los pájaros; Alanus de Insulis,
de una esfera cuyo centro está en todas
partes y la circunferencia en ninguna”.
Un poco más abajo dice: “por lo
demás, el problema central es irresoluble.
La enumeración siquiera parcial de un
conjunto infinito”. Es decir, lo que él
acomete es la descripción del Aleph,
que es infinito. Y no lo puede agotar en la
escritura, porque la escritura es secuencial,
el lenguaje es “sucesivo”, es el
problema al que nos referíamos recién.
Entonces tiene que dar una idea, una muestra,
una lista de imágenes suficientemente
convincente. Es la célebre enumeración
de imágenes que viene a continuación
y a la que nos referiremos luego.
Pero en realidad la segunda idea en la que
me quiero detener ahora es esta esfera que
aparece también en ”La esfera
de Pascal”. Una esfera cuyo centro
está en todas partes y la circunferencia
en ninguna. Borges advierte aquí: “No
en vano rememoro esas inconcebibles analogías”.
Es una analogía muy precisa que añade
verosimilitud a la esferita que quiere describir.
Para entender esta idea geométrica,
que en principio parece un juego de palabras,
pensemos primero en el plano, en vez de esferas
pensemos en círculos. La idea sería
la siguiente: todos los puntos del plano son
abarcables por círculos crecientes cuyo
centro no importa realmente donde esté,
el centro puede estar en cualquier parte.

Hago centro en cualquier punto, no importa
el punto, y considero círculos cada
vez más grandes. A medida que aumento
el radio esos círculos van ocupando
toda la superficie del plano. En el ensayo “La
esfera de Pascal”, cuando quiere precisar
un poco más esta imagen, Borges escribe: “Calogero
y Mondolfo razonan que intuyó una esfera
infinita, o infinitamente creciente,
y que las palabras que acabo de transmitir
tienen un sentido dinámico”. O
sea, podemos concebir y reemplazar al plano
por un círculo que crece y crece, porque
todos los puntos del plano son abarcables por
ese círculo. Ahora, en ese círculo
que se expande indefinidamente, la circunferencia
se perderá en el infinito. No podemos
delimitar ninguna circunferencia. Esta, creo
yo, es la idea a la que se refiere. Haciendo
un salto al infinito puede pensarse que todo
el plano es un círculo con centro en
cualquier punto y circunferencia en ninguna
parte.
El mismo tipo de construcción vale
si uno piensa en el espacio tridimensional.
Es decir, una esfera pensada como un globo
que crece infinitamente y va ocupando todos
los puntos. En definitiva, el universo puede
concebirse como una esfera infinitamente expandida.
Esta es, dicho sea de paso, la concepción
actual del universo en la física contemporánea:
una esferita de magnitud infinitesimal y masa
infinitamente concentrada que en algún
momento, en el Big Bang, se expandió en
todas direcciones. ¿Por qué es
interesante esta “inconcebible analogía”?
Porque el Aleph es una esferita. Si uno logra
ver a todo el universo también como
una gran esfera, es mucho más plausible
la idea de que todas las imágenes del
universo puedan reproducirse en la esferita
al pie de la escalera. Simplemente por contracción
uno puede trasvasar todo el universo a la esfera
pequeña. Este es, por supuesto, sólo
uno de los sentidos con que Borges utiliza
esta analogía: el sentido al que prestamos
particular atención en nuestro modo
matemático con que el que vemos “todo
a lo grillo esta mañana”. Pero,
como dije antes, la matemática se desliza
en los textos de Borges dentro de un contexto
de referencias filosóficas y literarias:
la idea del universo como esfera está vinculada
a toda una tradición de misticismo,
religiosa, cabalística, en fin, estas
otras connotaciones están explicadas
con más detalle en “La Esfera
de Pascal”.
LA PARADOJA DE RUSSELL
La tercera idea es lo que yo llamaría
la “paradoja de la magnificación” (técnicamente,
es lo que se llama en lógica autoreferencia,
pero la palabra “autoreferencia” tiene
un significado distinto en literatura y no
quisiera mezclarlos). Esta paradoja aparece
en el momento de la enumeración, en
que Borges se decide a dar la descripción
parcial de las imágenes en el Aleph.
Pero también ocurre en otras ficciones,
cuando Borges construye mundos que son muy
vastos, abarcatorios y que terminan por incluirlo
a él mismo –o a los lectores– en
su ámbito. En “El Aleph” esto
puede verse aquí: “Vi la circulación
de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor
y la modificación de la muerte. Vi el
Aleph, desde todos los puntos. Vi en el Aleph
la tierra y en la tierra otra vez el Aleph
y en el Aleph la tierra. Vi mi cara y mis vísceras,
vi tu cara y sentí vértigo y
lloré”.
La postulación de objetos muy vastos,
la magnificación, da lugar a curiosas
paradojas y Borges debía conocer perfectamente
la más famosa, debida a Bertrand Russell,
que hizo tambalear la teoría de conjuntos
y que fue una de las fisuras más importantes
en los fundamentos de la matemática.
La paradoja de Russell dice que no se puede
postular la existencia de un conjunto que contenga
a todos los conjuntos, es decir, que no puede
postularse un Aleph de conjuntos. Esto se puede
explicar rápidamente de este modo: observemos
que los conjuntos más usuales en los
que podemos pensar no son elementos de sí mismos.
Por ejemplo, el conjunto de todos los números
naturales no es ninguno de los números
naturales. El conjunto de todos los árboles
no es un árbol. Pero pensemos ahora
por un momento en el conjunto de todos los
conceptos. El conjunto de todos los conceptos
sí es en sí mismo un concepto.
O sea que, aunque un poco más rara,
cabe la posibilidad de que un conjunto sea
elemento de sí mismo. Si yo postulo
el conjunto de todos los conjuntos, ése,
por ser en sí mismo un conjunto, tendría
que ser elemento de sí mismo.
En definitiva, hay conjuntos que son elementos
de sí mismos, y otros que no. Consideremos
ahora el conjunto de todos los conjuntos que
no son elementos de sí mismos.
X = {A tal que A es
un conjunto y A no está en A}
En X estará el
conjunto de los números naturales,
el conjunto de todos los árboles,
el conjunto de las personas de esta sala,
etc. Entonces nos preguntamos: ¿será X elemento
de X? La respuesta debería
ser sí o no. Ahora bien, si X fuera
elemento de sí mismo tiene que verificar
la propiedad dentro de la llave. O sea, que
si X pertenece a X, X no
está en X. Pero esto es absurdo. ¿Será entonces
que X no es elemento de sí mismo?
Pero si X no es elemento de sí mismo,
verifica la propiedad dentro de la llave, por
lo tanto tiene que estar en X, es
decir, si X no es elemento de X, X tiene
que pertenecer a X. Otra vez absurdo.
Tenemos aquí un conjunto que está en
una tierra de nadie, un conjunto que no es
ni no es elemento de sí mismo.
Esta es la paradoja que encontró Russell,
cuando era joven, y le envió una carta
a Gottlob Frege, uno de los próceres
de la lógica, que estaba por entregar
a prensa el último volumen de su gran
tratado sobre los fundamentos de la matemática,
basado justamente en la teoría de conjuntos.
Frege agradeció la comunicación
al final de su tratado con las siguientes patéticas
palabras: “Un científico difícilmente
pueda encontrarse en una situación más
indeseable que ver desaparecer sus fundamentos
justo cuando su trabajo ha terminado. Fui puesto
en esta posición por una carta de Mr.
Bertrand Russell cuando mi obra estaba por
ir a imprenta”. Con estas pocas líneas
Russell no sólo dio por tierra el trabajo
de diez o quince años de Frege, sino
que provocó una de las crisis más
profundas en los fundamentos de la matemática.
Para popularizar esta paradoja, Russell pensó en
el barbero de un pueblo que únicamente
afeita a los hombres que no se afeitan a sí mismos.
En principio la existencia de un hombre con
esta honesta profesión parece razonable:
el barbero de un pueblo, diría uno,
es precisamente el hombre que afeita a todos
los hombres que no se afeitan a sí mismos.
Ahora bien, ¿el barbero debe afeitarse
a sí mismo, o no debe afeitarse a sí mismo?
Si se afeita a sí mismo, deja de estar
en la clase de los hombres a los que puede
afeitar. O sea, no puede afeitarse a sí mismo.
Pero por otro lado, si no se afeita a sí mismo
queda dentro de la clase de los hombres que
no se afeitan a sí mismos y por lo tanto
se tiene que afeitar. El barbero está atrapado
en un limbo lógico en que su barba crece ¡y
no puede ni afeitarse ni no afeitarse a sí mismo!
(risas).
Hay una variación también atribuida
a Russell y que la usa Borges elípticamente
en “La biblioteca de Babel”. Al
principio del cuento “La biblioteca de
Babel” el bibliotecario está a
la búsqueda del catálogo de todos
los catálogos. Les propongo que piensen
para la semana próxima en la formulación
de la paradoja en términos de catálogos.
Porque ¿qué son en el fondo los
catálogos? Son libros que tienen como
texto títulos de otros libros. Hay catálogos
que se incluyen a sí mismos entre sus
títulos y otros que no. De esa manera
uno puede llegar a la misma paradoja.
¿POR
QUÉ BORGES
INTERESA A LOS MATEMÁTICOS?
Estos tres elementos que acabamos de examinar
aparecen una y otra vez en la obra de Borges
moldeados en formas literarias de diversas
maneras. En el ensayo “El cartesianismo
como retórica (o ¿por qué Borges
interesa a los científicos?)”,
del libro ”Borges y la Ciencia”,
la autora, Lucila Pagliai, se pregunta por
qué los textos de Borges son tan caros
a los investigadores científicos, a
los físicos, a los matemáticos.
La conclusión a la que llega es que
hay en Borges una matriz esencialmente ensayística,
sobre todo en la obra madura. Y por supuesto,
todo el texto trata de fundamentar esto. Es
un ensayo agudo, creo que es una parte de la
verdad. Borges es un escritor que procede desde
una idea: “en el principio era la idea”,
y concibe sus ficciones como encarnaciones
o avatares de una concepción abstracta.
Hay también fragmentos de argumentación
lógica en muchos de los relatos. Este
tipo de matriz ensayística a la que
ella se refiere es, indudablemente, uno de
los elementos que marcan cierta similitud con
el pensamiento científico. En un pequeño
artículo que yo escribí sobre
el mismo tema, apunto a los elementos de estilo
que tienen afinidad con la estética
matemática. Leo de allí la tesis
principal1.
Dije antes que hay una multitud de rastros
matemáticos en la obra de Borges.
Esto es cierto, pero aún si no hubiera
ninguno, aún en los textos que nada
tienen que ver con la matemática,
hay algo, un elemento de estilo en la escritura,
que es particularmente grato a la estética
matemática. Creo que la clave de ese
elemento está expresada, inadvertidamente,
en este pasaje extraordinario de Historia
de la Eternidad: “No quiero
despedirme del platonismo (que parece glacial)
sin comunicar esta observación,
con esperanza de que la prosigan y justifiquen: lo
genérico
puede ser más intenso que lo concreto.
Casos ilustrativos no faltan. De chico, veraneando
en el norte de la provincia, la llanura redonda
y los hombres que mateaban en la cocina me
interesaron, pero mi felicidad fue terrible
cuando supe que ese redondel era ‘pampa’ y
esos varones ‘gauchos’. Lo genérico...
prima sobre los rasgos individuales”.
Cuando
Borges escribe, típicamente acumula
ejemplos, analogías, historias afines,
variaciones de lo que se propone contar.
De esta manera la ficción principal
que desarrolla es a la vez particular y genérica,
y sus textos resuenan como si el ejemplo
particular llevara en sí y aludiera
permanentemente a una forma universal. Del
mismo modo proceden los matemáticos.
Cuando estudian un ejemplo, un caso particular,
lo examinan con la esperanza de descubrir
en él un rasgo
más intenso, y general, que puedan
abstraer en un teorema. Borges, les gusta
creer a los matemáticos, escribe exactamente
como lo harían ellos si los pusieran
a la prueba: con un orgulloso platonismo,
como si existiera un cielo de ficciones perfectas
y una noción de verdad para la literatura.
Esto resume, de algún modo, lo que yo
pienso sobre la articulación del pensamiento
matemático en el estilo de Borges. Por
ahora es muy poco más de lo que los matemáticos
llaman un claim, algo que se afirma
por anticipado pero que debe probarse en algún
momento. En la próxima charla intentaré fundamentar
esta afirmación y leeré algunos
de los textos no matemáticos de Borges
bajo esta luz. Les agradezco que hayan estado
aquí, hasta la semana próxima.
Nota:
1 Otro excelente ensayo de este
mismo libro, “Indicios”, de Humberto
Alagia, me llamó la atención
sobre el fragmento de “Historia de la
Eternidad” que cito dentro de este pasaje.