Un
desastre de piano
Una buena interpretación de una composición,
incluso a cargo de una sola voz o de un solo
instrumento, suele envolver sutiles matices,
ligeras modificaciones en la duración,
timbre, volumen o forma de atacar cada nota.
Pero, en aras de una mayor claridad expositiva,
concedámonos la libertad de simplificar
al máximo, a pesar del rigor que indudablemente
perderemos con ello, y pasar por alto estas
sutilezas.
Supongamos, pues, que contamos con un piano
en un estado realmente lamentable. Las cuerdas
están afinadas, pero sólo funcionan
las 24 teclas centrales, entre teclas blancas
y negras (dos octavas). Los pedales tampoco
funcionan y, para colmo, cada nota suena exactamente
igual independientemente de la fuerza o duración
que empleemos en pulsar cada tecla. Abreviando,
tenemos un instrumento que al teclearlo sólo
puede dar 24 sonidos distintos.
Por supuesto, la mayoría de los intérpretes
rechazarían ejecutar una pieza musical
con un instrumento así, incluso aunque
la pieza fuera una simple melodía para
la que bastasen las 24 notas con que contamos.
Ahora bien, al margen de la calidad de la interpretación,
estos mismos intérpretes admitirían
ser capaces de tocar un sinfín de melodías
lo suficientemente conocidas o populares para
que el auditorio las reconociera de inmediato.
Letras
y notas
Asociemos ahora a cada una de las teclas del
maltrecho piano una letra, distinta en cada
caso, de nuestro alfabeto, reservando el espacio
en blanco para el silencio. Disponemos con
ello de un simple sistema de transcripción
melódica. Así, una melodía
puede comenzar “KKLEK LNEK TLE...”
Por último, supongamos que las frases
melódicas que el paciente auditorio
es capaz de reconocer corresponden con las
frases con significado y sentido en nuestra
lengua. Evidentemente, este es un paso audaz
que requiere un especial consentimiento. La
distribución de las notas y los silencios
en una composición se encuentra lejos
de parecerse a la distribución de letras
y espacios en una frase. Mas, sea, consintamos
generosamente, a pesar del manifiesto abuso.
Atendamos ahora al público. Ante el
comienzo anteriormente expuesto, el auditorio
permanece impávido (tal vez confuso,
tal vez horrorizado: ¿LNEK?), mientras
que ante la melodía “LA LUZ AZUL
ROZA...” sonríe y bate palmas.
El
teorema de los infinitos monos

Si aporreamos el desastrado
piano al azar, es casi seguro que el auditorio
no reconocerá nada
de lo que toquemos, pues difícilmente
surgirán palabras inteligibles y mucho
menos frases con sentido. Nos encontramos ante
el “teorema de los infinitos monos” del
matemático francés Émile
Borel (1871-1956): letras escogidas al azar
difícilmente podrán componer
una obra literaria ya escrita. En nuestra versión,
notas aleatorias difícilmente compondrán
una melodía conocida.
La
composición
Como vemos, el azar puro, incluso limitando
las infinitas posibilidades reales a sólo
24 sonidos atómicos, es bastante ingobernable
como proceso de creación musical. El
azar en la creación artística
semeja un fuerte condimento en una receta culinaria:
puede darle el toque, pero no es la base. Se
ha empleado el uso calculado y dirigido de
alguna distribución de probabilidad
como un componente en la creación de
obras musicales, pero esa es otra historia
(de la que hablaremos en otra ocasión).
La composición, es decir, la planificación
de todos los elementos que constituyen la obra,
no sólo otorga consistencia y unidad
a la misma sino que además facilita
el reconocimiento tanto de la obra completa
como de cada una de sus partes.
Limitando
el azar
La libertad de tocar cualquier tecla del lamentable
piano conduce, como hemos visto, a un resultado
caótico. Limitemos pues los grados de
libertad.
Primero, no se podrá elegir cualquier
letra (nota) sino sólo palabras (grupos
de notas) de la lengua española (reconocibles).
Esta limitación es muy fuerte, pues
el número de palabras existentes es
ridículo frente al número de
variaciones posibles de letras aleatorias.
No obstante, muchas melodías carecerán
todavía de sentido: “PERRO LA
LLOVER SIN...”
Segundo, las palabras (grupos de notas) se
clasificarán y ordenarán previamente,
de forma que, por ejemplo, a un artículo
le sucederá un sustantivo, a este un
adjetivo, a este un verbo... facilitando así la
conexión entre ellas para formar una
frase con sentido. En música, esta clasificación
se puede establecer atendiendo especialmente
a la primera y última nota del grupo,
fundamentales para marcar la tonalidad y enlazar
un grupo de notas con el siguiente.
Tercero (y decisivo), las palabras no pueden
ser cualesquiera, sino que deben elegirse en
cada caso una en una lista cerrada de posibilidades.
Esto evita faltas de concordancia (como “LA
PERRO”). Por ejemplo, la primera palabra
sólo puede ser EL, UN, ALGÚN,
OTRO, ESTE, ESE, AQUEL u otra similar.
Permutaciones
En 1974 Ernö Rubik inventa un rompecabezas
que años más tarde se convierte
en tal éxito de ventas a escala mundial
que no necesita más presentación:
su famoso cubo. El número de piezas
es reducido, sólo 26, pero el número
de diseños posibles es enorme: más
de 43 trillones, un número de 20 cifras.



No es la primera vez que un puzzle se populariza
a esta escala. Un siglo antes, una humilde
cajita con 15 piezas obsesionó a europeos
y americanos. Inventada por un cartero de Canastota
(NY), Noyes Chapman, fue no obstante el creador
de acertijos Sam Loyd quien la popularizó ofreciendo
una recompensa de 1.000 dólares -de
la época (1880)- a quien fuese capaz
de resolverlo a partir de una posición
inicial... de distinta paridad, es decir, irresoluble.
(En la posición inicial de Loyd, los
números 14 y 15 aparecían permutados.)
El número total de posibles permutaciones
-a partir de una dada- es de más de
medio billón (y otro tanto para las
posiciones con distinta paridad). Pulsa aquí para ver una versión
interactiva.
Las recompensas continúan hoy siendo
un buen reclamo publicitario. Actualmente,
se ofrece un premio de dos millones de dólares
a la primera persona que consiga resolver,
durante este año 2008, un puzzle de
256 piezas comercializado como Eternity II.
Al contrario que en el caso anterior, la existencia
de solución está garantizada
(incluso hay más de una, aunque muy
pocas), pero el número posible de disposiciones
de las piezas es inimaginable... ¡Tiene
unas 600 cifras!
En los casos expuestos vemos que la clave
del atractivo, premios aparte, consiste en
el gran contraste entre el escaso número
de piezas fácilmente manipulables y
el gran número de configuraciones posibles.
Juego
de dados musical

En
1787, Mozart compone Musikalisches Würfelspiel (Juego
de dados musical), una pieza que tiene la particularidad
de que... ¡cada vez que se interpreta
nadie la había escuchado antes, ni siquiera
el propio Mozart!
La obra consiste en 176 compases
numerados, de los cuales todos se dedicarán
a un minueto de 16 compases y 96 de ellos a
un trío
también de 16 compases. Complementa
la obra una serie de instrucciones para la
elección de los compases.
Antes de interpretar
la obra... ¡hay
que crear la partitura! Para ello, se deben
arrojar dos dados. La suma de los puntos obtenidos,
entre 2 y 12, indicará el número
del primer compás del minueto según
la siguiente tabla. Se vuelven a arrojar los
dados, y la puntuación indicará ahora
el número del segundo compás.
Sucesivamente, se completarán los 16
compases que constituyen el minueto.
Minueto |
|
1º |
2º |
3º |
4º |
5º |
6º |
7º |
8º |
9º |
10º |
11º |
12º |
13º |
14º |
15º |
16º |
|
96 |
22 |
141 |
41 |
105 |
122 |
11 |
30 |
70 |
121 |
26 |
9 |
112 |
49 |
109 |
14 |
|
32 |
6 |
128 |
63 |
146 |
46 |
134 |
81 |
117 |
39 |
126 |
56 |
174 |
18 |
116 |
83 |
|
69 |
95 |
158 |
13 |
153 |
55 |
110 |
24 |
66 |
139 |
15 |
132 |
73 |
58 |
145 |
79 |
|
40 |
17 |
113 |
85 |
161 |
2 |
159 |
100 |
90 |
176 |
7 |
34 |
67 |
160 |
52 |
170 |
|
148 |
74 |
163 |
45 |
80 |
97 |
36 |
107 |
25 |
143 |
64 |
125 |
76 |
136 |
1 |
93 |
|
104 |
157 |
27 |
167 |
154 |
68 |
118 |
91 |
138 |
71 |
150 |
29 |
101 |
162 |
23 |
151 |
|
152 |
60 |
171 |
53 |
99 |
133 |
21 |
127 |
16 |
155 |
57 |
175 |
43 |
168 |
89 |
172 |
|
119 |
84 |
114 |
50 |
140 |
86 |
169 |
94 |
120 |
88 |
48 |
166 |
51 |
115 |
72 |
111 |
|
98 |
142 |
42 |
156 |
75 |
129 |
62 |
123 |
65 |
77 |
19 |
82 |
137 |
38 |
149 |
8 |
|
3 |
87 |
165 |
61 |
135 |
47 |
147 |
33 |
102 |
4 |
31 |
164 |
144 |
59 |
173 |
78 |
|
54 |
130 |
10 |
103 |
28 |
37 |
106 |
5 |
35 |
20 |
108 |
92 |
12 |
124 |
44 |
131 |
Las casillas azules muestran, como ejemplo,
un posible resultado de arrojar los dos dados
16 veces. En el primer lanzamiento se obtuvo
una suma 2, en el segundo una suma 8, etc.
Los compases correspondientes que se deben
interpretar son los numerados como 96, 60,
etc.
Mozart no dispuso los compases al azar,
sino mediante reglas estrictas que limitan
el azar suavizando el paso de unos
a otros, a la vez que rigen los intervalos
armónicos y la tonalidad. Por ejemplo,
los compases de la primera y última
columna muestran el mismo tono fundamental,
y entre ambos abundan los intervalos de quinta
y cuarta, lo que favorece la armonía
global según los gustos de la época.
Una
vez concluida la partitura del minueto, creamos
la partitura del trío. El método
es el mismo, salvo que ahora se arroja un solo
dado al aire. La tabla correspondiente es la
siguiente:
Trío |
|
1º |
2º |
3º |
4º |
5º |
6º |
7º |
8º |
9º |
10º |
11º |
12º |
13º |
14º |
15º |
16º |

|
72 |
6 |
59 |
25 |
81 |
41 |
89 |
13 |
36 |
5 |
46 |
79 |
30 |
95 |
19 |
66 |

|
56 |
82 |
42 |
74 |
14 |
7 |
26 |
71 |
76 |
20 |
64 |
84 |
8 |
35 |
47 |
88 |

|
75 |
39 |
54 |
1 |
65 |
43 |
15 |
80 |
9 |
34 |
93 |
48 |
69 |
58 |
90 |
21 |

|
40 |
73 |
16 |
68 |
29 |
55 |
2 |
61 |
22 |
67 |
49 |
77 |
57 |
87 |
33 |
10 |

|
83 |
3 |
28 |
53 |
37 |
17 |
44 |
70 |
63 |
85 |
32 |
96 |
12 |
23 |
50 |
91 |

|
18 |
45 |
62 |
38 |
4 |
27 |
52 |
94 |
11 |
92 |
24 |
86 |
51 |
60 |
78 |
31 |
La partitura resultante en nuestro ejemplo
se puede ver y oír aquí. Cada
uno de los 176 compases, por separado, lo
puedes oír aquí.
Probabilidad
Observemos
que mientras que todos los compases del trío
tienen la misma probabilidad de aparecer
en la partitura, no sucede igual con los
compases del minueto. Al arrojar dos dados,
la distribución de probabilidad
de la puntuación, es decir, la serie
de probabilidades de obtener cada suma, no
es uniforme, pues sólo hay una forma
de obtener suma 2 (1+1), mientras que existen
6 modos distintos de obtener suma 7 (1+6,
2+5, 3+4, 4+3, 5+2 y 6+1).
La siguiente tabla
nos muestra la probabilidad de cada puntuación
al arrojar dos dados:
| Suma |
2 |
3 |
4 |
5 |
6 |
7 |
8 |
9 |
10 |
11 |
12 |
Prob. |
1/36 |
2/36 |
3/36 |
4/36 |
5/36 |
6/36 |
5/36 |
4/36 |
3/36 |
2/36 |
1/36 |
Esto significa que los compases que aparecen
asociados a una de las sumas {5, 6, 7, 8, 9}
aparecerán, de media, en 2 de cada 3
compases (cuantos más minuetos generemos,
más nos acercaremos a esta media).
Contando
posibilidades
Calculemos
cuántos minuetos y tríos
distintos podemos formar. Para agilizar el
cálculo, obviaremos que alguno de los
176 compases que integran Musikalisches
Würfelspiel se repite, a pesar de
tener distinta numeración. Esto reduce
un poco el resultado que obtendremos, pero
no significativamente.
Para cada minueto, existen
11 elecciones posibles del primer compás.
Por cada una de ellas, otras 11 para el segundo,
y así sucesivamente.
Habrá por tanto 1116 minuetos
posibles, casi 46 mil billones, aunque no todos
con la misma probabilidad, como hemos visto.
Tenemos,
de igual manera, 616 tríos
posibles, casi 3 billones, todos ellos equiprobables.
Conjuntamente,
la obra minueto y trío
alcanza 6616 posibilidades, un número
de 30 cifras. Si cada habitante del planeta,
unos 6 mil millones, interpreta una posibilidad distinta cada
cinco minutos, hasta agotarlas todas, tardaríamos
más de 200 billones de
años (aunque es casi seguro que ni el
sistema solar ni nuestra galaxia continuasen
existiendo para entonces).
Ahora bien, no es
lo mismo agotar todas las posibilidades que
estimar qué número
de interpretaciones se deben haber realizado
para que sea más probable que improbable
que se produzca alguna repetición. Es
decir, estimar cuándo una partitura
generada según las reglas del juego
ya no es un estreno, sino una reposición. ¿Cómo
estimar este número?
El
problema del cumpleaños
Este
problema, famoso por su poco intuitiva solución,
tiene un enunciado muy similar al que acabamos
de exponer. Pregunta cuál
es el mínimo número de personas
necesarias para que entre ellas sea más
probable que improbable que haya dos con la
misma onomástica (no se consideran los
años bisiestos). La sorprendente respuesta
es 23.
[Nota: Si usted no está familiarizado
con este problema, debe prestar atención
a que no se pretende la coincidencia de algún
cumpleaños de las personas del grupo
con otro concreto (el de usted, por ejemplo),
sino de cualquiera de ellos con cualquier otro.
La variante “¿cuántas personas
como mínimo debe haber para que
sea más probable que improbable que
alguna tenga mi onomástica?” ofrece
una solución mucho más abultada:
253 personas.]
Para alcanzar esa solución,
denotemos por n el número de
posibles cumpleaños, 365. Si hay x personas,
cada una con n posibilidades, el número
total de posibilidades es nx.
Por otra parte, la primera persona puede tener
cualquier cumpleaños. Para que no coincida
la segunda, esta debe cumplir años en
uno de los n - 1 días restantes.
La tercera, en alguno de los n – 2
que quedan, y así sucesivamente. Por
lo tanto, la probabilidad de que en x personas no coincida
ningún cumpleaños es:

La probabilidad
buscada, de que exista alguna coincidencia,
será por tanto:

Con n = 365,
basta una calculadora y un poco de paciencia
para comprobar que para x =
22 esta probabilidad no alcanza 0.5, pero para x
= 23 personas, ya la supera ligeramente.
Sin embargo, en vez de la calculadora usaremos
algo más potente como es el programa
Derive:

Conectando
problemas
Veamos
ahora por qué es casi imposible
repetir una partitura ya interpretada. Para
poder aplicar el método anterior al Juego
de dados musical, primero tenemos que
solventar la dificultad presentada por la falta
de uniformidad de la distribución de
probabilidad que rige la generación
de los minuetos.
¿Cuál es la probabilidad
de que un compás de un minueto
coincida con el mismo compás en otro? Para que se produzca esta coincidencia,
debe ser igual la puntuación obtenida con los dados en ambos casos.
Para que esto suceda con dos puntuaciones “2”, se debe obtener
puntuación 2 en uno (probabilidad 2/36) e, independientemente, en el
otro (misma probabilidad). La probabilidad de que ambos sucesos ocurran a la
vez será por tanto (2/36)2. De la misma forma, la probabilidad de que
coincidan dos puntuaciones “3” será (3/36)2, y sucesivamente,
hasta la coincidencia de dos puntuaciones “12” con probabilidad,
igual a la primera, de (2/36)2. Sumando todas estas fracciones, obtenemos la
probabilidad de coincidencia de dos compases en la misma posición: 1/9.
Para
que coincida un minueto con otro, todos sus
16 compases deben coincidir uno por uno. Por
lo tanto, la probabilidad de tal coincidencia
es 1/916.
Por otra parte, la probabilidad
de que coincidan dos tríos era 1/616.
Conjuntamente, tenemos que la probabilidad
de una repetición
exacta de una obra concreta es 1/5416.
Ya
podemos aplicar el mismo sistema usado en el
problema del cumpleaños, sólo
que ahora el año no tiene 365 días,
sino 5416:

Desafortunadamente, la
expresión anterior
se muestra ahora intratable, dado lo elevado
de los números implicados. Si intentamos
resolver con Derive la ecuación resultante
de igualarla a 0.5, como hemos hecho antes,
no obtendremos resultados (de hecho, para resolver
la ecuación para n = 365 Derive
ya necesitó 70 segundos en el ordenador
que empleamos). Habrá que buscar alguna
forma de simplificarla primero.
La
fórmula de Stirling
Esta
fórmula permite aproximar muy bien
los grandes factoriales (cuanto más
grandes, mejor es la aproximación, y
en nuestro caso los factoriales son realmente grandes):

Aplicándola
a nuestra probabilidad y reduciendo, obtenemos:

La
ecuación correspondiente, igualando
a 0.5, continúa resultando impracticable
para Derive. Pero ahora tenemos exponenciales
en vez de factoriales, lo que nos permite aplicar
logaritmos y obtener por fin la ecuación:
(n – x + 0.5)(L(n) – L(n−x))
– x + L(2) = 0
Su
solución la encuentra Derive al instante:

Un
número de 17 cifras. Retomando el
ejemplo del planeta, si cada terrícola
genera e interpreta una obra cada cinco minutos,
siguiendo las reglas de Mozart, es de esperar
que al cabo de unos 78 años se produzca
alguna repetición. Claro que si sólo
es un (infatigable) habitante el encargado
de la tarea, deberíamos esperar que
la coincidencia se produzca en un plazo seis
mil millones de veces mayor.
Webs
En
las siguientes direcciones de Internet podemos
oír y generar automáticamente
una partitura según las reglas de Mozart.
En el primero, además, podemos guardar
una copia:
http://sunsite.univie.ac.at/Mozart/dice/
http://web.ard.de/radio/mozart/wuerfelspiel/wuerfelspiel.swf