Emoción
y reconocimiento
¿Por qué la
música emociona
tanto a tantas personas? Una primera clave
para responder a esta difícil pregunta
la encontramos en los orígenes
orales de
la música. Podemos considerar en parte
la música como un lenguaje subliminal.
En la comunicación con nuestros semejantes
a través de la palabra no sólo
transmitimos la información textual,
sino que la intensidad, inflexiones y cadencia
de la voz aportan otro tipo de información
tan valiosa o más, para una acertada
comunicación emocional, que el propio
texto. Son esas características del
habla (intensidad, cadencia, inflexión)
las que se exportan a la música, primero
en la canción y posteriormente en la
interpretación de algún instrumento.
Hablar con absoluta monotonía, además
de exponernos a aburrir considerablemente al
interlocutor, priva a la comunicación
de la información emotiva, a no ser
que ésta se aporte mediante otros signos
(como el lenguaje corporal). Ahora bien, la
experiencia es fundamental para una correcta
interpretación en el proceso de comunicación.
Aquí es donde aparece la segunda clave,
a la que dedicaremos algunos artículos:
el reconocimiento de una experiencia anterior.
Reconocer es un proceso básico en cualquier
tipo de emoción. Un simple chiste del
tipo “¿cuál es el animal
que tiene entre 3 y 4 ojos?” (el piojo)
puede que haga gracia o no, pero en ningún
caso la hará si nuestro interlocutor
desconoce o no reconoce el valor del número
Pi. Igualmente, para emocionarse con una composición
musical se necesita cierto tipo de reconocimiento.
La
repetición
Tal vez la forma más eficaz de provocar
el reconocimiento sea la repetición,
conocida como una de las estrategias básicas,
junto con la relación, en los procesos
de aprendizaje.

En el irónico e inquietamente divertido
libro de Mark Twain Cartas desde la Tierra
(Letter from the Recording Angel), se
puede leer:
>> ¡En el cielo del hombre todo
el mundo canta! El que no cantaba sobre
la tierra canta allí; el que no sabía
cantar sobre la tierra sabe hacerlo allí.
Este canto universal no es casual, ni ocasional,
ni interrumpido por intervalos de silencio;
es continuo, perdura todo el día y
todos los días, durante un periodo
de doce horas. Y todo el mundo permanece
allí; a pesar de que en cualquier
otra parte de la tierra el lugar estaría
vacío en dos horas. Los cantos son
solo himnos. Más aún, es un único himno.
Las palabras son siempre las mismas, alrededor
de una docena, no hay rima, no hay poesía; “Hosanna,
hosanna, hosanna, Señor Dios del Sabbat, ¡ra! ¡ra! ¡ra! ¡siss!... ¡boom!... ¡ah!”.
>> Mientras tanto, todas las personas
tocan un arpa -¡millones y millones!-
en tanto que sólo veinte de cada mil
sabían tocar ese instrumento en la tierra,
o siquiera deseaban hacerlo.
>> Considerad ese sordo huracán
de sonido: ¡millones y millones de voces
chillando al unísono y millones de arpas
haciendo rechinar los dientes al mismo tiempo!
Les pregunto: ¿no es abominable, es
odioso, es horroroso?

La repetición forma parte tanto de
la música como del propio medio sonoro.
Las ondas sonoras no son más que perturbaciones
periódicas de la presión del
aire. El reconocimiento de estos “patrones
sonoros”, más o menos complejos,
se realiza normalmente gracias a ciertos tipos
de repeticiones.
Sin embargo, la repetición constante
(aparte de ser abominable, odiosa, horrorosa)
puede provocar efectos no deseados, el más
leve de los cuales es simplemente la insensibilización.
Esto es lo que sucede cuando dejamos de percibir
el sonido de una lámpara después
de un rato. Excepcionalmente, existen casos
en donde la repetición machacona es
justo lo deseado. Por ejemplo, en la danza
indonesa Kecak (pronúnciese “kachak”)
un coro masculino no para de repetir kachakachakachak...
precisamente para crear un clima hipnótico.
Algo similar ocurre en algunos rituales vuduistas.

El preciso equilibrio entre reconocimiento
y repetición obliga, por tanto, a que ésta
se realice de forma moderada y con ligeros
cambios. En geometría aparecen cierto
tipo de transformaciones que “cambian” una
figura geométrica “conservando” características
fundamentales que permiten su reconocimiento.
Nos referimos a las transformaciones que conservan
la forma de la figura: los movimientos (isometrías)
y las homotecias.
Figuras
semejantes
Cualquier movimiento (traslación, giro,
reflexión) y cualquier homotecia (ampliación/reducción)
de una figura conserva su forma. Esto permite
su rápido reconocimiento visual, incluso
aunque la orientación haya variado,
a la vez que evita la repetición exacta
del motivo.
Todas esas transformaciones son experimentadas,
visualmente, todos los días. Nuestro
propio cuerpo (al menos externamente), y el
de muchos seres o partes de seres vivos, está dotado
de una fuerte simetría. La parte izquierda
parece reflejarse en la derecha, o viceversa.

Las traslaciones y los giros los observamos
cada vez que vemos un objeto desplazarse o
girar respecto a nosotros. Nadie duda que se
trata realmente del mismo objeto,
a pesar de ocupar una nueva posición
visual.

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Las homotecias aparecen de forma natural cada
vez que nos aproximamos o alejamos de un objeto.
De nuevo, su cambio de tamaño aparente
no nos impide continuar identificando el objeto
como el mismo.

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Tenemos, por tanto, gran experiencia en la
observación de todo tipo de variaciones ópticas
con una misma característica común:
la semejanza entre figuras.
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Orden
y belleza
La característica fundamental de la
simetría musical es la repetición. Todos
los tipos de simetría son formas de
repetición.
Sin embargo, también estamos acostumbrados
a observar y apreciar pequeñas desviaciones
de la semejanza perfecta. Estas desviaciones
dotan a la transformación de “personalidad”,
la individualizan frente a otras similares,
le otorgan “carácter”.
Si el lector o la lectora todavía no
ha realizado el siguiente experimento digital,
le recomendamos encarecidamente que lo haga.
Es sencillo y... cómo expresarlo... “íntimamente
fascinante”. Se trata simplemente de
realizar un montaje con una foto frontal del
rostro. Con ayuda de un editor de imágenes,
cortamos la imagen de la cara por la mitad,
separando nuestro lado derecho del izquierdo.
Finalmente, reflejamos cada uno de esos lados,
obteniendo dos nuevas caras.
La siguiente imagen no corresponde a ninguna
persona que haya existido. Simplemente, es
el resultado de efectuar el proceso descrito
con la parte derecha (su parte derecha)
de la cara mostrada en una fotografía
de Cameron Diaz.

La simetría es perfecta. Veamos el
resultado de reflejar su parte izquierda.

La simetría vuelve a ser perfecta,
pero las dos imágenes muestran claras
diferencias. Por último, observemos
la fotografía original:

Podemos apreciar cómo pequeñas
alteraciones de la simetría humanizan
nuestra percepción de la misma, le añaden
estilo, personalidad y expresión.
De la misma forma, la combinación de
simetría y asimetría es el principio
básico de la música, pues
sólo así se puede conjugar unidad
y libertad.
Recubrimientos
Las
simetrías permiten trasladar un
motivo o patrón a lo largo del tiempo,
como sucede en música, o del espacio,
como sucede en los teselados.

La repetición no continúa indefinidamente
en su manifestación física, pero
nos ofrece una imagen del infinito que en potencia
contiene.
En la siguiente escena podemos mover los vértices
del cuadrilátero central y comprobar
que, gracias a las simetrías, un cuadrilátero
cualquiera tesela el plano.

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Al superponer diversos teselados o patrones
simples, se enriquece el diseño. Esta
es la idea de varias manifestaciones musicales
(armonía, contrapunto...) y de los diseños
propios del arte musulmán.

El trabajo gráfico de Escher estuvo
muy influenciado por estos diseños que
descubrió visitando Granada.

Escher “animó” estas construcciones
reemplazando los abstractos diseños
geométricos por figuras reconocibles:
peces, aves, lagartos, hombres... como se puede
apreciar en la siguiente imagen de uno de sus
famosos grabados en madera:

No obstante, trabajos de esta naturaleza no
constituyen buenas analogías respecto
al mundo musical, pues carecen de “dirección”.
Una composición musical precisa de un
tiempo para su ejecución. Inevitablemente,
este tiempo establece un orden en la misma,
un “antes” y “después” en
cada nota.
En cambio, su serie Metamorfosis es
un ejempo visual perfecto de las diversas transformaciones
melódicas y armónicas que caracterizan
una composición musical. En esta obra
la mirada del espectador debe recorrer el cuadro
de izquierda a derecha, en un proceso de transformación en
el tiempo (como una película).
El teselado se transforma gradualmente, adquiriendo dirección,
como en música.

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Algunos
ejemplos musicales
Las
transformaciones geométricas que
conservan la forma se corresponden en el mundo
musical con transformaciones que conservan
los intervalos (distancia de altura entre dos
notas consecutivas) en el caso de los movimientos,
o que conservan la proporción entre
ellos en el caso de las homotecias.
En los siguientes ejemplos se muestran algunas
posibilidades sencillas que ofrecen este tipo
de transformaciones. No son ejemplos extraordinarios.
En prácticamente cualquier composición
se pueden encontrar ejemplos semejantes. Esto
no significa, por supuesto, que el compositor
sea consciente de estar realizando “transformaciones
geométricas”. Simplemente, su
oído y experiencia le indican que conservar
los intervalos o sus proporciones es una excelente
forma de “repetir sin repetir”,
es decir, de hacer “en cierto modo” familiar
al oyente el motivo musical sin repetirlo exactamente.
Empezamos con cuatro tipos de reflexión:
de la altura en la melodía (reflexión
horizontal), de la altura en el acorde (reflexión
vertical), del ritmo y de la intensidad (piano,
forte, piano).

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Veamos ahora una rotación y otro tipo
de reflexión (inversión).

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Continuemos con una reflexión desplazada
y dos tipos de reflexión con homotecia:
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Ahora, una veloz doble traslación.

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Pasemos a una exquisita homotecia en la duración.

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Para finalizar, en el siguiente ejemplo podemos
ver parte de un pasaje de la sonata Hammerklavier de
Beethoven (sonata cuya buena ejecución
continúa siendo un reto incluso para
un virtuoso), concretamente los compases comprendidos
entre el 16 y el 22. No habría nada
especialmente extraordinario en ellos, si no
fuera porque todos, excepto uno (en rojo) se
vuelven a repetir exactamente al revés
(reflexión desplazada), nota por nota,
nada menos que ¡132 compases más
adelante! Es evidente que, en este caso, Beethoven
era muy consciente de la aplicación
de esta transformación geométrica.

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En el próximo artículo podremos
ver y oír más ejemplos de transformaciones
geométricas en la música en las
que se evidenciará, como en el ejemplo
anterior, el uso consciente de las simetrías.