El
mes pasado terminaba comentando la osadía
de la ciencia (ese loco propósito...)
y emplazándoles a tratar del arte en
la ciencia ficción. Allá vamos.
Siguiendo
con la idea de Wagensberg en torno a la inteligibilidad
y al inevitable poder de comunicación
del arte que la ciencia, por desgracia no siempre
alcanza, déjenme traerles aquí una
provocativa idea que, precisamente un escritor
catalán, Miquel de Palol, publicaba
hace años en el suplemento
catalán de un periódico nacional.
Decía
Palol:
"En
la historia reciente de occidente, los artistas,
teñidos de poetas y filósofos
los más preclaros, habían sido
siempre los avanzados del progreso.
Parecía
como si a los científicos se les reservara
tan solo el papel de verificadores de las
intuiciones geniales de los artistas iluminados
La
visita a las galerías de Londres de
las que les hablaba la semana pasada [Palol
se refiere, entre otras, a la nueva Tate
Gallery con imágenes sorprendentes
como ese Wojtila alcanzado por un meteorito],
si se considera significativo de la actualidad
la mayoría de lo que allí puede
verse, hace pensar que la tendencia se ha
invertido violentamente.
Los científicos
-y los creadores de tecnología- son
la vanguardia del pensamiento y los artistas,
estupefactos, ya logran mucho si consiguen
noperder de vista la locomotora.
[...]
Entretener,
ser divertidos y amables, si no hay mas
remedio ser un poco procaces, un poco irreverentes,
pero sin pasarse. Ser comercialmente rentables,
ser un valor seguro"
Suscribo en
gran parte este tipo de consideraciones que
critican el arte de nuestro siglo por su exagerado mercantilismo, esa obsesión
por obtener una "marca
de fábrica" al estilo de las cuchilladas
de Fontana sobre una tela blanca o, mucho más
rudimentariamente, esa obsesión
tal vez infantiloide "pour épater
les bourgeois" (y no voy a hablar
aquí de mi "tocayo" Miquel
Barceló y su pintarrajeada cúpula
de Ginebra...).
Estamos lejos,
tal vez, de las agudas consideraciones de una
Walter Benjamin sobre "La
obra de arte en la época de su reproductibilidad
técnica" (1934),
y es que el arte en el siglo XX ha sufrido
no pocas variaciones y tribulaciones.
Ciencia
ficción y arte: La
rosa (1955)
Como también
las ha sufrido la ciencia ficción, la
narrativa más típica
y característica de nuestro siglo. Como
ya he dicho tantas veces, difícil
de definir, la ciencia ficción se presenta,
en síntesis, como
esa investigación sobre "la
respuesta humana a los cambios en el nivel
de la ciencia y la tecnología" como
muy bien establecía
el doctor Isaac Asimov, famoso divulgador científico
y autor de ciencia ficción. Algunos
de sus autores especulan mejor esas opciones
y otros peor: como en botica, hay de todo.
Uno
de los buenos autores que abordó hace
ya años la relación
en arte y ciencia es Charles L. Harness en
su novela corta "La
rosa" (1955) que parece
pretender una posible reconciliación
del conocido antagonismo entre arte y ciencia.
Harness, lógicamente, no había
leído a Wagensberg (ni, posiblemente,
a los muchos científicos que pueden
pensar como Wagensberg), por eso centraba su
obra en establecer que "la riqueza
emocional del arte es necesaria para atemperar
y redimir a la fría objetividad de la
ciencia".
Conociendo
la distinta forma en que arte y ciencia abordan
el tema de la inteligibilidad, la opción ideológica de Harness
parece llamada al fracaso, lo que no significa, ni mucho menos el fracaso de
la obra literaria de que estamos hablando que vehicula adecuadamente, como buen
arte que es, el mundo de las emociones humanas que está obligado
a manejar.
En la obra
una artista que es además doctora en
psicología, Anna van Tuyl,
ha escrito un ballet aún incompleto: "la
rosa y el ruiseñor".
Se trata de una historia extraída de
Oscar Wilde: un estudiante necesita una rosa
roja para ser admitido en un baile, pero su
jardín sólo
contiene rosas blancas. Un alocado pero amante
ruiseñor dejará que
la espina de un rosal blanco atraviese su corazón
para obtener una rosa roja y... un ruiseñor
muerto. La ciencia aparece ejemplarizada en
la figura de Martha Jacques enfrentada a su
esposo Ruy Jacques, artista y, presuntamente,
perturbado psicótico en tratamiento
por parte de la doctora van Tuyl.
Los enfrentamientos
entre Martha y Ruy (entre ciencia y arte) quedan
mitigados por el papel de la científica y también (y preferiblemente)
artista Anna van Tuyl y la conclusión que percibe el
lector es, claramente esa idea de que "la
riqueza emocional del arte es necesaria para
atemperar y redimir a la fría objetividad
de la ciencia".
Más arte en la ciencia ficción
Hay
muchas más referencias a obras artísticas
en la ciencia ficción,
aunque tal vez ninguna tan centrada en la relación entre arte y ciencia
como "La rosa" de Harness y su uso artístico del ballet.
Cyril
M. Kornbluth se centra en la escultura en "Con
estas manos" (1951), Clifford D.
Simak en la literatura en "Tan
brillante la visión" (1956),
o incluso Harry Harrison se permite la
humorada de dedicar al cómic y la historieta su "Retrato
de un artista" (1964). Y el etcétera
sería largo de
enumerar...
Evidentemente,
hay visiones más duras y trágicas.
Una de las más brillantes
es el duro recordatorio de la idea de que el
artista supone (suponía,
si hemos de creer a Miquel de Palol) una disrupción
social, una fuerza subversiva difícil
de aceptar en una sociedad perfecta y equilibrada.
Así lo imagina Damon Knight cuando en "The
Country of the Kind" (1956)
nos describe una sociedad en la que el único
artista es un psicótico
antisocial que debe ser expulsado de la vida
social.
La visión
del artista genial, psicótico o no,
es frecuente y poco habitual la tendencia a
la igualación de capacidades y poderes
que presenta Harlan Ellison en "Harrison
Bergeron" donde todo el mundo está obligado
a llevar pesos, elementos deformadores y, en
definitiva, "handicaps" para
que no haya privilegiados.
El genio
artístico recibe todo tipo de tratamientos,
aunque domina la perspectiva de la "resurrección" real
o virtual, de genios artísticos
del pasado con todo tipo de curiosas consecuencias.
James Blish imaginó en "Una
obra de arte" (1956) a un Richard
Strauss resucitado en el cerebro de otro
humano del futuro y recibido con honores
de genio artístico
pese a que el es consciente de que su capacidad
artística, si genio,
no ha logrado ser resucitado.
Más
patética es la visión de un Mozart
resucitado virtualmente en el futuro como una
inteligencia artificial que descubre, asombrado,
que su característica genial puede ser
reproducida miles y miles de veces en infinitas
inteligencias artificiales. En definitiva,
un genio que deja de serlo por la proliferación
de muchos y muchos como él. Se trata
de "Reprendre
c'est voler" (1992) del escritor
francés Ayerdhal finalista
del Premio UPC de ciencia ficción de
1992.
Hay visiones más humanísticas
y emotivas entre las que cabe destacar la historia
de Walter M. Miller Jr. sobre un actor que
sustituye a un robot-actor del futuro en "The
Darfsteller" (1955, traducida aquí como "el
actor"). Se trata de una de las muchas
críticas sobre el maquinismo
que nos sugiere que incluso el arte interpretativo
podría, en el futuro,
corresponder a máquinas y no a seres
humanos. Algo parecido recrea, años
más tarde, la norteamericana Connie
Willis en su maravillosa novela "Remake" (1995),
con una bailarina del futuro que quiere bailar
con Fred Astaire en el cine, cuando el espectáculo
cinematográfico
ya sólo se hace manipulando informáticamente
imágenes
de mitos dorados del siglo XX, sin participación
de actores.
La ciencia
ficción ha inventado nuevas artes para
el futuro: desde la estética
del turismo temporal en "Vintage
Season" (1946)
de Catherine L.Moore, a las sinfonías
que son mezcla de luz, color y música que
describió John Brunner en "El
hombre completo" (1958) o la psico-escultura de "El
segundo viaje" (1972) de Robert
Silverberg.
Y reinventado
otras, como el arte de hacer máscaras
faciales en "Polilla
lunar" (1961) de Jack Vance, las esculturas
holográficas de "El
inca marciano" (1977) de Ian
Watson o de "Patrón
de las artes" (1973) de William
Rostler, o el arte de los sastres de "The
Garments of Caean" (1976) de
Barrington J. Bayley.
Aunque la
palma de la originalidad debería llevársela,
según cree
el crítico y autor británico
Brian Stableford, Isaac Asimov con "Soñar
es algo privado" (1955) en la que
eleva a la categoría de
arte de gran consumo la grabación
de sueños y
su "consumo" por parte de otros.
En
general, las opciones son muchas aunque domina
la idea ya indicada de que en un futuro, liberado
el ser humano de la carga del trabajo por la
ayuda de robots, máquinas y ordenadores,
todos podrán dedicarse a transmitir esas
complejidad de lo inteligible. Tal y como decía
Marx: no habrá pintores sino gente que
pinta.
Para leer:
Ensayo
- Ideas sobre la complejidad del mundo. Jorge
Wagensberg. Barcelona. Tusquets Editores. 1985.
- Ciencia, arte y revelación, en la revista "Modern
Trends in BioThermodynamics", Innsbruck University Press, Volumen
3, 1994.
- Qué loco propósito (What Mad
Pursuit: A Personal View of Scientific Discovery).
Francis Crick. Barcelona. Tusquets Editores - Metatemas,
19. 1989.
Ficción
- La rosa (1953). Charles
L. Harness. Barcelona. Acervo/Ciencia Ficción,
n. 33. 1979.