La referencias más
dignas de crédito lo sitúan, en
el tiempo, entre la generación de los
discípulos directos de Platón
(muerto en 347) y la de Arquímedes
(nacido hacia 287); en el espacio, cerca del
rey Tolomeo I Sóter –del que era
“comensal [parásitos]”, escribe
Ateneo (s. II d.n.e.)–, en Alejandría,
donde al parecer creó escuela. Según
Proclo:
«No mucho más joven [que
Hermótimo de Colofón y Filipo
de Medma, discípulos de Platón]
es Euclides, quien compiló los elementos
poniendo en orden varios teoremas de Eudoxo,
perfeccionando muchos resultados de Teeteto
y dando así mismo pruebas incontestables
de aquello que sus predecesores sólo
habían probado con escaso rigor. Vivió
en tiempos del primer Tolomeo, pues Arquímedes,
que vino inmediatamente después, menciona
a Euclides»
(In I Euclidis Elementorum librum commentarii,
68.6-14).
La referencia acerca de la enseñanza
de Euclides en Alejandría procede de
Papo (Collectio, VII 35): cuenta que, hacia
250, Apolonio había conocido a unos discípulos
de Euclides en Alejandría. Ambas referencias
cuadran con otras indicaciones. En cambio, sólo
descansa en sí mismo el tópico
de que Euclides hubiera visitado la Academia
platónica.
Euclides deviene con el tiempo un personaje
de historias y leyendas, a veces presa de malentendidos.
Las historias de los polígrafos griegos
tienden a moralizar en un tono neoplatónico
edificante y severo. Según Estobeo, cuando
uno de sus oyentes, nada más escuchar
la demostración de un teorema, le había
preguntado por la ganancia que cabía
obtener de cosas de este género, Euclides,
volviéndose hacia un sirviente, había
ordenado: «Dale tres óbolos, pues
necesita sacar provecho de lo que aprende».
También se decía que, en otra
ocasión, al preguntarle el rey Tolomeo
I por una vía de acceso a los conocimientos
geométricos más fácil y
simple que las demostraciones de los Elementos,
Euclides había respondido:
«No hay camino de reyes en geometría».
Algunos matemáticos de ayer (G.H. Hardy)
y de hoy (E.C. Zeman) todavía se imaginan
a Euclides como un digno y envarado colega,
un tipo pedante. Es una impresión que
no concuerda con la que sugiere Papo cuando
alaba su talante «comprensivo y afable»
(Collect., VII 35). Pero los polígrafos
árabes inventaron leyendas más
audaces: Euclides habría sido hijo de
Naucrates, nieto de Zemarco -y tal vez de Berenice-;
habría nacido en Tiro y residido en Damasco,
sin renegar de su ascendencia helénica;
en fin, sus Elementos no hacían sino
refundir el trabajo de un tal Apolonio, carpintero
por más señas (Casiri, Biblioteca
Arabico-Hispana Escurialensis, I 339).
Luego, en los ss. XV-XVI, llegó la hora
de los malentendidos con algún comentador
y algún editor de los Elementos:
hubo quien dio a su autor la falsa identidad
de Euclides de Megara, un filósofo socrático
coetáneo de Platón, y hubo quien
insistió en agregar a la obra dos libros
espurios: el XIV, debido seguramente al alejandrino
Hipsicles, y el XV, mucho más tardío
y de menor calidad aún, atribuible al
bizantino Damacio. Ahora bien, la neblina que
envuelve al personaje sigue dando que hablar
en nuestros días. Hay quien ha pensado,
e.g. Itard [2], que la única salida viable
ante la incertidumbre creada por su vaga cronología
y por la composición un tanto irregular
y heterogénea de sus Elementos, es plantear
una especie de “cuestión euclídea”,
a saber: ¿no será “Euclides”
un nombre colectivo -digamos, un temprano Bourbaki
en la antigua Alejandría-? O, más
probablemente, ¿no serán los Elementos
obra de una escuela? Nada de esto es imposible.
Pero tales propuestas carecen de base documental
y, por añadidura, desvían el interesante
problema de la composición de los Elementos
de su significación y su explicación
históricas internas 