2.
Los poliedros en el Neolítico
Los
poliedros regulares son sólidos limitados
por idénticos polígonos regulares,
en los que concurren en cada vértice igual
número de caras.
El significado simbólico,
místico
y cósmico de los poliedros regulares se
remonta a los primeros estadios de la Civilización.
Critchlow (1979) da una prueba fehaciente de
que ya eran conocidos por los pueblos neolíticos
y por las primeras culturas históricas
europeas, como muestran las siguientes ilustraciones:
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Sólidos
regulares neolíticos de Escocia
(Ashmolean Museum de Oxford). Según
Critchlow (1979), «lo que tenemos
son objetos que indican claramente un
grado de dominio de las matemáticas
que hasta la fecha todo arqueólogo
o historiador de la matemática
le había negado al hombre neolítico». |
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- Esfera
tetraédrica neolítica
(Keith Critchlow: Time Stands Still).
- Dodecaedro
etrusco (500 a.C. Landes-Museum. Mainz,
Alemania).
- Icosaedro romano (Rheinisches
Landes-Museum. Bonn).
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El origen de estas piezas
puede ser de índole
estético, místico
o religioso, pero también es posible que fueran observadas en la naturaleza
en la forma de algunos cristales como los de pirita, o en esqueletos de animales
marinos como la radiolaria.
Según Lawlor (1993), Gordon Plummer en su obra The
Mathematics of the Cosmic Mind, afirma
que la mística hindú asocia
el icosaedro con el Purusha, la semilla-imagen
de Brahma, el creador supremo, la imagen del
hombre cósmico, equivalente al antropocosmos de
la tradición
esotérica occidental, mientras que el dodecaedro es asociado con Prakiti,
el poder femenino de la creación, la Madre Universal, la quintaesencia
del universo natural. En la mitología hindú, Purusha y Prakiti
son la eterna dicotomía creadora, representación mística
de la dualidad geométrica entre el icosaedro y el dodecaedro. Diversos
historiadores de las Matemáticas (Eves, 1983; Kline, 1992) admiten que
las antiguas civilizaciones egipcias y babilónicas tenían conocimiento
del cubo, tetraedro y octaedro y que este saber se trasmitiría a Grecia
a través de los viajes de Tales y Pitágoras.
3. La Cosmogonía
poliédrica pitagórica
Proclo
en sus Comentarios al Libro I de los
Elementos de Euclides atribuye
a Pitágoras la construcción de «las
figuras cósmicas» (Tannery,
1887), nombre relacionado con su aplicación
en la cosmogonía pitagórica
que asocia los cuatro elementos primarios:
fuego, tierra, aire y agua, con los cuatro
sólidos:
tetraedro, cubo, octaedro e icosaedro, mientras
el dodecaedro sería el
símbolo general del universo (González
Urbaneja, 2001). Aecio (basándose
en Teofrastro) escribe literalmente: «Por
ser cinco las figuras sólidas,
denominadas sólidos matemáticos,
Pitágoras dice que la tierra
está hecha del cubo, el fuego de la
pirámide [tetraedro], el
aire del octaedro y el agua del icosaedro,
y del dodecaedro está compuesta
la esfera del todo» (Guthrie,
1984). También Filolao y en parte
Simplicio aseguran lo mismo.

Los pitagóricos
estaban fascinados por los sólidos regulares,
sobre todo por el dodecaedro (debido a la presencia del emblemático
pentágono
en sus caras) que lo relacionaban de forma
mística con el Cosmos y guardaban
celosamente el secreto de su construcción,
hasta el punto de fraguar la leyenda sobre
el terrible fin de quien osó divulgar
sus misterios, relatada entre otros autores
por Jámblico (1991): «De Hipasos
cuentan que fue uno de los pitagóricos
que por haber divulgado por escrito por primera
vez la esfera de doce pentágonos [la
construcción
del dodecaedro inscrito en una esfera] pereció en
el mar por impío».
Este texto recuerda la descripción
apocalíptica de muchos
escritores, entre ellos Colerus (1972) acerca
de la maldición que cayó sobre
Hipasos de Metaponto por haber revelado la
aparición de lo irracional.
La analogía entre ambas leyendas avalaría
la tesis de que el advenimiento de la inconmensurabilidad
habría tenido lugar a través
del pentágono
de las caras del dodecaedro, generador al trazar
las diagonales de la estrella pentagonal, llamada Pentagrama
místico,
que era el símbolo
de identificación de los miembros de
la secta pitagórica (González
Urbaneja, 2000, 2001).
Los
poliedros regulares en una repisa situada
sobre el techo de una
cueva localizada en la cima del monte Kerkis,
en Samos, que según
una tradición local habría habitado
Pitágoras.
El interés de Pitágoras por los poliedros provendría
de su observación infantil de las formas regulares geométricas
de los minerales, ya que su padre era grabador de piedras preciosas. Además,
los cristales de pirita en forma de dodecaedro son abundantes en el sur de Italia,
donde vivió Pitágoras tras abandonar
Samos. 
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