
CHARLIE Y EL CHOCOLATE
(Este relato es uno de los contenidos
en el libro MATECUENTOS-CUENTAMATES 3 de J.
Collantes y A. Pérez Ed. NIVOLA 2006)
A Charlie no le gustaba el chocolate. Sin embargo
a su madre sí le gustaba el chocolate;
a su padre le gustaba mucho el chocolate; a
sus dos hermanos les gustaba muchísimo
el chocolate; todos sus amigos se volvían
locos por el chocolate y a él, que era
amigo del señor Bonca, el dueño
de la fabrica de chocolate, no le gustaba el
chocolate.
-Estás loco, Charlie. Estás como
una cabra. Cómo es posible que a ti no
te guste el chocolate. Si te gustara, el señor
Bonca te regalaría todo el chocolate
que quisieras. Y en cambio a nosotros, que nos
gusta muchísimo, nunca nos regala nada,
ni una miserable chocolatina, ni siquiera un
bombón –le decían su madre,
su padre, sus hermanos y sus amigos.
El señor Bonca tenía una fábrica
de chocolate a las afueras del pueblo de Villachoco.
Era la fábrica más grande y más
moderna del país y hasta del mundo. Producía
tal cantidad de chocolate que, decían,
si hubiera un escape de chocolate líquido
y se vaciaran de pronto sus grandes depósitos,
el chocolate cubriría todas las calles
del pueblo, todas las carreteras, todos los
campos y llegaría por lo menos hasta
Villalate, un pueblo que estaba a 60 kilómetros.
El señor Bonca era muy tacaño,
un auténtico avaro. Nunca regaló
ni una sola tableta de chocolate a nadie. Solamente
tenía un amigo y ese era Charlie. En
el pueblo decían que si el señor
Bonca había aceptado a Charlie como su
amigo era precisamente por eso: porque no le
gustaba el chocolate. Así no tendría
que regalarle ni tan siquiera un bombón.
Incluso muchas veces, adivinando cual sería
la repuesta, el señor Bonca con pérfida
sonrisa, le preguntaba:
-Charlie, ¿quieres un poco de chocolate?
Y Charlie contestaba lo que él esperaba:
-No, muchas gracias; ya sabe usted que a mí
no me gusta el chocolate.
Hasta que un día, harto de que siempre
le ofreciera chocolate, en vez de un donut,
o una coca-cola, o un bocadillo de jamón,
por ejemplo, Charlie contestó que sí,
que sí quería chocolate.
El señor Bonca se quedó paralizado
por la sorpresa: ahora no tendría más
remedio que regalarle una chocolatina a su amigo
Charlie, él, que nunca había regalado
nada a nadie. A sí que, se le ocurrió
una idea:
-Querido Charlie, tendrás que ganártelo.
Te daré todo el chocolate que quieras
si aciertas un acertijo y me resuelves tres
problemas que serán: el primero fácil,
el segundo un poco más difícil
y el tercero un poco más complicado.
Hoy te pondré el acertijo y durante tres
días seguidos cada uno de los problemas.
¿Estás de acuerdo?
Charlie se quedó muy cortado porque
se le daban muy bien los acertijos pero mal
las matemáticas, aunque aceptó
inmediatamente ya que se le ocurrió un
plan para sacarle todo el chocolate posible
al tacaño del señor Bonca. Así
que le dijo que estaba de acuerdo.
-Sí, pero si fallas en algún
problema, si no lo sabes hacer o lo resuelves
mal tendrás que devolver todo el chocolate
que te haya dado antes. Vamos allá. Si
aciertas este acertijo te daré una tableta
de chocolate.
-Ni hablar, tienen que ser 5 tabletas –propuso
Charlie.
-¡¡ 5 Tabletas!! ¡Tú
estás loco! –exclamó indignado
el señor Bonca.
-Si no son 5 tabletas, no juego.
El señor Bonca, por miedo a perder al
único amigo que tenía aceptó
a regañadientes.
-Está bien. Ahí va el acertijo:
“Tres niños tienen que repartirse
entre sí 21 vasos, de los cuales 7 están
totalmente llenos de chocolate, otros 7 están
llenos de chocolate hasta la mitad, y 7 están
vacíos. ¿Pueden repartirse los
vasos y el chocolate de tal modo que cada niño
se lleve la misma cantidad de chocolate y una
misma cantidad de vasos? (Todos los vasos son
iguales y está prohibido pasar chocolate
de un vaso a otro.)”
Charlie se concentró, echó sus
cuentas, sumó con los dedos... y en tres
minutos le dio la respuesta al señor
Bonca. La respuesta era correcta. A pesar de
lo furioso que estaba al ver que su amigo había
acertado el acertijo, le dio las 5 tabletas
de chocolate prometidas.
Aquella tarde lo celebró con sus amigos
que estaban maravillados: Charlie había
conseguido ganarle al tacaño del señor
Bonca nada menos que ¡¡ 5 tabletas
de chocolate !! 5 tabletas de delicioso chocolate
con leche y con almendras, el chocolate más
rico que se hacía en la fábrica,
el más delicioso. Pero mientras todos
lo celebraban y se comían el chocolate
Charlie y sus hermanos preparaban el plan que
se le había ocurrido y que no podía
fallar. El plan para darle su merecido al avaro
señor Bonca.
Al día siguiente, en su visita de todas
los días, el dueño de la fábrica
recibió sonriente a su amigo.
-Buenas días, amigo Charlie. ¿Estás
preparado? Ayer me cogiste por sorpresa con
un acertijo facilísimo, pero hoy te lo
voy a poner un poco más difícil.
Ya veo que vienes preparado con tu cuaderno
y tu bolígrafo, así que, vamos
allá con el primer problema, que es el
más fácil de los tres: “La
distancia de Villachoco a Villalate es de 60
km. Charlie y Olga caminan desde Villachoco
hasta Villalate a una velocidad constante de
5km/h. Cada 10 minutos sale un tren de Villachoco
a Villalate, que viaja a una velocidad constante
de 80km/h. ¿Cuántos trenes que
viajan de Villachoco a Villalate ven pasar Charlie
y Olga durante su caminata si salen de Villachoco
al mismo tiempo que sale un tren?”
-Muy bien –dijo Charlie- pero si resuelvo
bien el problema me tendrá que dar tantas
chocolatinas como la velocidad a la que viaja
el tren.
-¡¡ Ochenta chocolatinas !! ¡Tú
estás loco! ¡Ni hablar!
-Pues no hago el problema.
El señor Bonca, desesperado y furioso
daba vueltas por su despacho. No podía
aceptar ese chantaje... pero, por otro lado
estaba convencido de que Charlie no conseguiría
resolver el problema. Así que decidió
aceptar.
-Está bien. Pero el problema tiene que
estar bien resuelto, perfecto. Como haya el
mínimo error, te quedas sin chocolate.
-Muy bien –contestó Charlie, y
se puso a resolver el problema.
Lo que menos podía imaginar el señor
Bonca es que Charlie había instalado
un pequeño micrófono en su bolígrafo
que actuaba como emisor. De esta manera el enunciado
del problema fue escuchado por sus hermanos
y sus amigos que estaban en el parque. Ellos
fueron resolviendo el problema para ir dictándoselo
a Charlie, que lo escuchaba a través
de un receptor en miniatura, un mini altavoz
que llevaba instalado en la oreja y camuflado
entre el pelo largo. A Charlie se le había
ocurrido esta idea recordando que el padre de
su amigo Jesús tenía una tienda
en Villalate que se llamaba “La Tienda
del Espía”. En esa tienda vendían
todo lo necesario para espiar: prismáticos
de láser para ver en la oscuridad, mini
cámaras digitales de fotos, grabadoras
ocultas en un encendedor, micrófonos
tan pequeños como un botón...
y bolígrafos con mini micrófono
y receptores miniatura para esconder en el pabellón
de la oreja. Así que, allí estaba
Charlie, disimulando, haciendo como que resolvía
el problema cuando en realidad lo estaban haciendo
entre todos en el parque y dictándole
los resultados que él iba anotando en
el cuaderno.
-Ya está. Era un problema facilísimo
–dijo Charlie.
Al señor Bonca le dio un ataque de nervios
cuando vio que Charlie había resuelto
correctamente el problema. Se tiró al
suelo pataleando, mordió los bordes de
la alfombra, lloró desconsoladamente...
pero tuvo que darle a Charlie sus 80 chocolatinas.
Fiesta en el parque. Los hermanos y amigos
de Charlie le llevaron a hombros como si fuera
un torero triunfador, mientras se ponían
morados a comer chocolatinas.
Al día siguiente, de nuevo en la fábrica,
Charlie se preparó para atacar el segundo
problema. Con el bolígrafo-micrófono
en la mano y el mini-receptor bien ajustado
en la oreja derecha, dijo: Preparado.
Entonces el señor Bonca, que no había
podido dormir a causa del disgusto, dictó
el segundo problema: “Con tres dígitos
distintos se forman seis números de tres
cifras distintas. Si se suman estos seis números
el resultado es 4218. La suma de los tres números
más grandes menos la suma de los tres
más pequeños es igual a 792. Hallar
los tres dígitos.”
-Muy bien –dijo Charlie- pero a cambio
de hacerlo quiero, quiero, quiero... tantas
chocolatinas como suman los seis números
del problema.
-¡¡ 4218 !! ¡Imposible! ¡Me
niego! ¡Eres un chantajista!
-Muy bien, pues me voy –dijo Charlie
poniéndose en pie.
-No, no... espera. Negociemos. ¿Que
te parece si en vez de 4218 chocolatinas te
diera la otra cifra del problema, es decir 792
bombones.
-De acuerdo, pero que sean 792 chocolatinas
en lugar de bombones.
-¡Chantajista, ladrón, me vas
a arruinar! Pero... está bien. De acuerdo.
Empieza a hacer el problema, que estoy seguro
de que me voy a ahorrar las 692 chocolatinas.
Seguro que no sabrás resolverlo.
-¡ 792 ¡ -recalcó Charlie.
-Es verdad, que tonto, me había equivocado.
-Sí, qué casualidad, siempre
se equivoca usted a su favor.
Mientras tanto, en el parque, hacían
entre todos el problema. Y como les dio tiempo
a resolverlo mientras Charlie y el tacaño
señor Bonca discutían, se lo dictaron
tan rápido que en un momento el niño
ya lo tenía copiado sobre el papel. El
señor Bonca estudió detenidamente
las operaciones y el resultado del problema.
Sacó una lupa del cajón para verlo
mejor, lo volvió a repasar y al comprobar
que estaba bien y que acababa de perder 792
chocolatinas cayó desvanecido sobre la
alfombra. Pero Charlie se dio cuenta que estaba
fingiendo. Así que, dijo en voz alta:
-Pobre señor Bonca. En fin, que le vamos
a hacer. Llamaré a su secretaria para
que le ayude y mientras tanto yo me llevaré
las 892 chocolatinas que he ganado.
-¡¡¡ 792 !!! –exclamó
el falso desmayado, levantándose de un
salto.
-Es verdad, que tonto, me había equivocado
–dijo Charlie, imitando la voz del que
siempre se equivocaba a su favor.
Cuando Charlie llegó al parque en la
furgoneta en la que llevaba las 792 chocolatinas
estalló la fiesta. Todos aplaudían
entusiasmados mientras Charlie tiraba chocolatinas
por la ventanilla. Y aún sobraron para
que al día siguiente se pusieran morados
todos los alumnos de su colegio, que desde entonces
llamaron a su amigo Charlie el Chocolatero.
Al día siguiente volvió a la
fábrica dispuesto a resolver el tercer
y último problema. O mejor dicho, a fingir
que resolvía el tercer problema. Los
mejores alumnos del colegio en matemáticas
estaban preparados en el parque. Todo preparado.
En el despacho del dueño de la fabrica
también estaba todo preparado... todo
menos el receptor que estaba escondido en la
oreja de Charlie ya que, aunque él aún
no lo sabía, se había estropeado.
-Muy bien, amigo mío. ¿Qué
tal te sentó el chocolate que me ganaste
ayer? Pues prepárate que hoy no te va
a resultar tan sencillo. Vamos, toma nota que
te voy a dictar el tercer problema: “Si
se escribe hoy la edad de Alejandro y a continuación
la edad de Carlos, se obtiene un número
de cuatro cifras que es un cuadrado perfecto.
Si se hiciera lo mismo dentro de 11 años,
se tendría de nuevo un cuadrado perfecto
de cuatro cifras. Hallar las edades actuales
de Alejandro y Carlos.”
-Bueno, vamos a ver que quiero hoy a cambio.
Quiero, quiero... tantas tabletas de chocolate
de las grandes como años tiene Alejandro...
-Ah, eso está muy bien –dijo muy
contento el señor Bonca.
- ...multiplicado por los años que tiene
Carlos... –añadió Charlie.
-Oye, oye, no te pases.
- ... y multiplicado ese número por
cien. Y esa cantidad me la dará todos
los años en Navidad, para que yo la reparta
entre todos los niños del pueblo.
El señor Bonca ya ni protestó.
Se resignó con la esperanza de que su
amigo no supiera resolver el problema. Mientras
tanto, en el parque había problemas de
otro tipo: ya habían resuelto el problema
pero no podían decírselo a su
amigo ya que el receptor que Charlie llevaba
escondido en la oreja se había estropeado.
Charlie se dio cuenta de que algo no funcionaba.
Y acercándose el bolígrafo-emisor
a los labios preguntó: ¿Qué
pasa?
-¿Qué quieres decir con “qué
pasa”? –preguntó el señor
Bonca.
-No, nada –contestó el niño,
disimulando.
Charlie estaba perdido. El receptor no funcionaba.
No podría resolver el problema. No solo
no ganaría la última apuesta sino
que tendría que devolver todo el chocolate
que había ganado hasta ese momento ...¡¡
Y que ya se habían comido !! Palideció,
empezó a sudar, sintió que se
mareaba. El señor Bonca esperaba y el
receptor estaba mudo, nadie le decía
cómo tenía que hacer el problema.
El dueño de la fábrica de chocolate
se dio cuenta de que algo raro pasaba y preguntó:
¿Qué te pasa?
-No, nada, que estoy un poco mareado.
-Si quieres lo dejamos, ya que estás
malo... o te has puesto malo al ver que no sabes
hacer el problema –insinuó el señor
Bonca, sonriendo.
A Charlie le dio una rabia horrible el sarcasmo
del dueño de la fábrica. Y terror
al pensar en cómo se las arreglaría
para devolver todo el chocolate que debía.
Así que, decidió que intentaría
resolver el problema. Se concentró, volcó
toda su energía mental, atacó
el problema leyendo atentamente el enunciado,
empezó a hacer cálculos y operaciones,
tachó los números veinte veces,
rompió diez o doce hojas del cuaderno,
sufrió y sudó pero.... para su
sorpresa ¡resolvió el problema!
Sin estar seguro de si estaría bien,
así que se lo entregó temblando
al señor Bonca que lo cogió, lo
repasó, lo volvió a repasar, lo
repasó cien veces... y cayó desplomado
sobre la alfombra, pero está vez echando
espuma por la boca y pataleando.
Charlie, convencido de que el ataque de rabia
era la confirmación de que había
hecho bien el problema empezó a dar saltos
de alegría.
En el pueblo, al conocer la noticia, recibieron
a Charlie como un héroe cuando llegó
con el camión cargado de tabletas de
chocolate. Aplausos, vítores, fuegos
artificiales, las calles engalanadas, todo el
pueblo en la calle para aclamar a Charlie que,
subido el lo alto del camión, arrojaba
a la multitud tabletas y más tabletas
de chocolate.
El señor Bonca reconoció su derrota
y llegó a la conclusión de que
no le importaba nada regalar todas las navidades
esa cantidad de chocolate, que no era ni el
10% de la producción de su fábrica.
Así, podría seguir disfrutando
de la amistad de Charlie el Chocolatero. A partir
de entonces, el día de Navidad el pueblo
de Villachoco se iluminaba con luces de fiesta.
Y todos los niños salían bien
abrigados a la calle a esperar el gran camión
que traía las tabletas del chocolate
más delicioso del mundo.