Contra lo que suponen
quienes han padecido llevándose la materia siempre a marzo,
la matemática -como un instrumento bien
tocado- puede abrir las puertas a todas las
artes y a las mayores sensibilidades.
Más que la lógica,
es la estética el elemento dominante
en la creatividad matemática.
Henri
Poincaré
Existe un problema de carácter no matemático
que los matemáticos no aciertan a resolver.
Cualquiera que se dedique a esta actividad
aceptará sin esfuerzo la sugestiva afirmación
del epígrafe, en especial si se le dice
que proviene de una pluma tan ilustre, cuyas
ideas anticiparon, entre otras cosas, la famosa
teoría de la relatividad.
Sin embargo, una vez asumido el hecho de que la
matemática puede convertirse en una
experiencia estética, ¿cómo
hacer para transmitirla a quienes no han
vivido en carne propia los goces de tal experiencia? Para
ellos la cita de Poincaré carece de
sentido; se trata de la descabellada idea
de un matemático.
Incluso, para muchos, la matemática
no es más que un padecimiento que
se convierte, con el correr de los años,
en un amargo recuerdo adolescente.
Otros ni siquiera tienen tanta suerte, pues
los curiosos antojos del destino vuelven a
ponerlos frente a sus austeros enunciados en
el seno de las más variadas disciplinas,
en las que esta aparición podría
parecer inesperada: el arte, la filosofía,
la medicina o el psicoanálisis,
por citar algunas. Hasta en la religión la
matemática se hace presente, tanto en
las complejas reglas que rigen la interpretación
bíblica, como en los insondables misterios
de la Cábala y el misticismo.
El problema se profundiza ante el innegable
hecho de que, además de estética,
la matemática ha mostrado ser una herramienta
indispensable, no sólo por sus múltiples
aplicaciones, sino también porque constituye
la base de todo pensamiento abstracto.
Ningún programa educacional, por audaz
que sea, puede darse el lujo de excluirla por
completo.
Volvemos entonces a la desagradable escena
de un gran número de estudiantes sufriendo,
año tras año, la misma tortura.
Algunos comprenden que la matemática
es útil para entender otras cosas, que
son las que en verdad les interesan, y la estudian
como quien toma un medicamento; otros ni siquiera
eso.
Pero la matemática es, además
de útil, un fin en sí mismo,
y como tal debería ser aprendida. Puede
pensarse que su belleza está destinada
a unos pocos, y que quienes no son capaces
de admirarla deben limitarse a superar sus
escollos de la mejor manera posible.
Esto no es así; como la música,
la matemática puede ser apreciada
por cualquiera, siempre que se le
den los medios adecuados para acceder a sus
encantos.
De la misma forma en que resultaría
absurdo pretender que alguien aprenda la notación
musical o las reglas de la armonía sin
decirle que ésa es la forma indicada
de ejecutar o componer una pieza, la
belleza matemática debería funcionar
como una motivación casi necesaria para
adentrarse en sus laberintos.
Así se descubrirá que dichos
laberintos no lo son tanto. En el fondo, no
es más que un problema de lenguaje:
la matemática no es otra cosa que un
lenguaje bien hecho.
La tarea consiste, entonces, en buscar la
manera de ejercitarse en el empleo de este
lenguaje, inducido por los secretos paraísos
que promete.
Cuenta una leyenda que un pagano le pide a
un estudioso de la Biblia que le muestre el
Paraíso. El estudioso lo lleva, en sueños,
a un lugar en donde se encuentra un anciano,
uno de los más grandes sabios, leyendo
los textos sagrados. El pagano le pregunta: "¿Cómo
es esto? Este hombre se ha pasado la vida estudiando
y, una vez que se encuentra en el Paraíso, ¿debe
seguir haciéndolo?" El estudioso
le responde: "Sí, pero ahora él
comprende".
Un elemento central de la matemática
es la demostración, aunque antes de
ponernos a demostrar debemos hacer el sutil
esfuerzo de mostrar algunas de sus ideas, presentarlas
de un modo simple. De nada sirve hablar de
grandes maravillas a quien no está preparado
para verlas.
Como matemático, no puedo hablar más
que desde mi propia experiencia y narrar mi
pasión por este mundo cargado de axiomas,
fórmulas y teoremas. Pero hablar no
es sólo dar clase o publicar textos
de enseñanza, sino básicamente conversar:
conversar con todo el mundo; con científicos,
educadores e intelectuales, pero también
con pintores, músicos, cineastas o poetas,
interesarse en sus preguntas y brindar lo que
se pueda. A veces respuestas y otras,
la mayoría, nuevas preguntas.
No es aventurado afirmar que de esta clase
de diálogos entre disciplinas han surgido
algunas de las obras más conmovedoras
del pensamiento humano.
Para buscar un ejemplo cercano, basta recorrer
una vez más las páginas de Borges,
de cuyo deslumbramiento por la matemática
nos hablan sus juegos de espejos y paradojas
lógicas. Quizá todo se pueda
resumir en aquella minúscula esfera
que encierra todos los secretos, ese lugar "donde
están, sin confundirse, todos los lugares
del orbe, vistos desde todos los ángulos" y
para el que Borges eligió aquella denominación
que los matemáticos emplean para referirse
a sus conjuntos infinitos: el Aleph.
(Texto publicado por el diario Clarin el 13/12/2004)
Nota:
Amster acaba de publicar "La matemática
como una de las bellas artes" (Siglo XXI-Universidad
Nacional de Quilmes).