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Original libro sobre geometría clásica:
Estética de la razón matemática |
| LEYENDO A EUCLIDES
de Beppo Levi
(Libros del zorzal, 2000)
223 páginas
A fines de los años 30, perseguido por
Mussolini, llegó a la Universidad del
Litoral un hombre diminuto, de aspecto frágil
y frente ancha. Era Beppo Levi, uno de los matemáticos
más importantes del siglo XX. Se lo había
contratado como investigador en uno de los primeros
institutos especializados que tuvo el país,
pero por una de las clásicas paradojas
argentinas, pronto sobrevino una intervención
arrasadora y Levi acabó dando clases
rutinarias para alumnos de primer año.
Fue también en Rosario donde se publicó
por primera vez Leyendo a Euclides. Casi 50
años después, un grupo de discípulos
reedita esta incursión casi detectivesca
en el pensamiento socrático.
Para entender la importancia de este libro suyo
hay que tener en cuenta que los axiomas de Euclides
para la geometría no sólo fueron
y son aún en gran medida el paradigma
del modo de operar de la razón matemática,
sino que cristalizaron también una estética
casi imperativa para esa razón, con implicaciones
múltiples en la filosofía que
llegan hasta hoy: la estética del balance
delicado entre simplicidad y alcance, entre
un mínimo de presupuestos y un máximo
de consecuencias derivables.
En
efecto, la atracción y seducción
del modelo euclideano reside en que a partir
de nociones elementales como punto, recta, círculo,
y sólo cinco axiomas que vinculan de
manera casi obvia estas nociones, puede desarrollarse
de teorema en teorema toda la geometría
clásica, es decir, la totalidad de la
geometría que conocía la humanidad
hasta no hace mucho tiempo y que Kant creyó
la única posible: la que se corresponde
con la forma en que vemos al mundo y sirve a
cartógrafos, arquitectos y agrimensores
para todos los usos diarios.
La larga influencia del procedimiento axiomático
en la filosofía puede rastrearse en la
Etica de Spinoza, cuyo subtítulo es "Demostrada
según el orden geométrico",
y también en la búsqueda de Descartes
de una verdad a partir de la cual construir,
por pasos puramente lógicos, un sistema
de pensamiento inexpungable. Pero quizá
la historia más conocida en torno a la
geometría euclideana es la que tiene
que ver con el quinto postulado: Dada una
recta y un punto fuera de ella, hay una única
recta paralela a la dada que pasa por ese punto.
De los cinco axiomas éste era, aun para
Euclides, el menos obvio, y en las demostraciones
trata de utilizarlo sólo cuando es estrictamente
necesario.
Durante dos mil años se pensó
que tal vez sería posible probar este
quinto axioma a partir de los cuatro anteriores,
como un teorema más, y encontrar esa
demostración elusiva se convirtió
en el principal problema abierto de los geómetras.
En 1826, un joven estudiante ruso, Nikolay Lobachevsky,
descubrió que era posible desarrollar
una nueva geometría en la que fueran
válidos los cuatro primeros axiomas,
pero no el quinto. Posteriormente Bolyai probó
algo todavía más curioso: que
la nueva geometría era tan legítima
y sólida como la euclideana, en tanto
que si llevaba a alguna contradicción
lógica, la "culpa" de esta
contradicción no podría atribuirse
a la negación del quinto postulado, sino
a los cuatro anteriores, compartidos con la
geometría clásica.
Gauss, que había llegado por su cuenta
a las mismas conclusiones, observó que
la existencia de una geometría no euclideana
ponía en crisis la idea kantiana de una
noción a priori del espacio. Este fue
uno de los golpes más duros a la filosofía
de Kant, al que se sumaron los experimentos
sobre la geometría de la percepción
visual, tampoco del todo euclideana, de Helmholtz.
El espíritu de Euclides revivió
con particular fuerza a principios de 1900 en
el programa de Hilbert para fundamentar la matemática.
Algunas paradojas lógicas señaladas
por Rusell en la teoría de conjuntos
habían hecho crujir el edificio orgulloso
de la matemática y mostraban la necesidad
de buscar principios de corroboración
que permitieran la revisión cuidadosa
de cada resultado. Hilbert sostenía que
debía dotarse a la matemática
de un conjunto de axiomas bien determinados,
como los postulados de Euclides, de modo que
todo resultado que los matemáticos proclamasen
como verdadero pudiera corroborarse y reobtenerse
a partir de estos axiomas en una sucesión
finita de pasos.
En una palabra, Hilbert procuraba identificar
la noción de verdadero con la de demostrable.
Pero ya en la vida real estamos acostumbrados
a que estas dos nociones no siempre son equivalentes.
Basta pensar en cualquier crimen con dos sospechosos.
Cualquiera de los dos involucrados sabe la verdad
sobre su culpabilidad o inocencia. Pero la Justicia
debe reunir evidencias para decidir sobre esta
cuestión y demasiadas veces los indicios
no son suficientes para alcanzar la verdad.
En 1930 Kurt Gödel mostró -en lo
que fue un golpe de efecto inesperado- que lo
mismo ocurre en la matemática. Su célebre
teorema de incompletitud dio por tierra con
el programa de Hilbert al revelar que aun en
el fragmento elemental de la aritmética
-los números naturales, con la suma y
la multiplicación- es imposible dar una
cantidad finita de postulados que permitan reobtener
como teoremas todos los enunciados verdaderos.
La aritmética, a diferencia de la geometría
clásica, es irreductible a un tratamiento
axiomático.
El teorema de Gödel, convertido demasiado
ligeramente en fetiche de la postmodernidad,
debe verse como un resultado sobre la limitación
de los métodos formales axiomáticos
y, en general, sobre la limitación del
lenguaje. Desde el punto de vista de la matemática,
dice que hay más complejidad en el mundo
de los objetos matemáticos que la que
pueden dar cuenta los métodos finitistas
de demostración. Dice también
que la inteligencia humana es irremplazable:
no puede modelarse una computadora que arroje
todos los enunciados verdaderos sobre los números
naturales. El factor humano insustituible es
la facultad de interpretar y asignar sentido.
A la vez, el resultado de Gödel pone por
primera vez en crisis la estética simplicidad-alcance
tan asimilada a partir de Euclides en el pensamiento
matemático: la aritmética y otros
fragmentos de la matemática no pueden
axiomatizarse sin perder en el camino parte
de su alcance.
En una investigación anterior, el matemático
francés Henri Poicaré había
vuelto sobre los axiomas de Euclides para evidenciar
los presupuestos ocultos detrás de los
cinco axiomas: por ejemplo, la admisión
tácita de que las figuras son indeformables
por rotaciones y traslaciones. En un mundo de
fluidos no tendría sentido la geometría
euclideana. Este modo de atender a lo no dicho,
y poner en evidencia lo que cada época
convierte en verdad inconsciente, anticipaba
en la matemática lo que fueron luego
las técnicas arqueológicas de
Foucault en las ciencias sociales.
Leyendo a Euclides se inscribe más bien
en esta segunda línea, y puede considerarse
una revisión bajo la lupa poderosa de
los siglos para entender el corpus de conocimientos
y el modo de razonar geométrico de la
época de Euclides. En el prólogo,
Levi dice que su esfuerzo al escribir este libro
estaría completamente perdido sin no
pudiera cautivar la atención de lectores
no matemáticos. Estos lectores tendrán
hoy la oportunidad única de reaprender
la geometría de la mano de un matemático
verdaderamente célebre (hay un teorema
ya clásico del análisis que lleva
su nombre).
¿Qué hay -podría preguntarse
uno al terminar- detrás de esta estética
que atravesó los siglos, de este afán
de apresar con unas pocas propiedades, todas
las consecuencias de un sistema? Los axiomas,
quizá, expresan la finitud humana. Desde
siempre el hombre se ha debatido con su finitud
y en la matemática logró a veces
con astucia derrotarla: nadie puede contar todos
los números, pero sabemos escribir cualquiera
de ellos y podemos hacerlo con sólo diez
símbolos. Nadie puede escribir los infinitos
teoremas de la geometría, pero Euclides
enseñó que con suficiente paciencia
podríamos derivar cada uno a partir de
sólo cinco axiomas. Otras veces, sin
embargo, ninguna astucia es suficiente. El ser
humano es una criatura limitada, pero echa a
andar hijos cuyos pasos no puede seguir, dioses
que lo suceden eternamente y objetos cuya complejidad
se le escapa.
(Publicado en Clarín)
TEXTO ORIGINAL
A fines de los años 30, perseguido por
Mussolini, llegó a la Universidad del
Litoral un hombre diminuto, de aspecto frágil
y frente ancha. Era Beppo Levi, uno de los matemáticos
más importantes de este siglo. Se lo
había contratado como investigador en
uno de los primeros institutos especializados
que tuvo el país pero por una de las
clásicas paradojas argentinas, pronto
sobrevino una intervención arrasadora,
y Levi acabó dando clases rutinarias
de análisis para los alumnos de primer
año. Fue también en Rosario donde
se publicó por primera vez Leyendo a
Euclides. Casi cincuenta años después,
un grupo de discípulos acaba de reeditar
esta incursión casi detectivesca en el
pensamiento socrático.
Para entender la importancia de este libro se
debe tener en cuenta que los axiomas de Euclides
para la geometría no sólo fueron
y son todavía en gran medida el paradigma
del modo de operar de la razón matemática
sino que cristalizaron también una estética
profunda y casi imperativa para esa razón,
con implicaciones múltiples en la filosofía
que llegan hasta la época contemporánea.
Esa estética es la del balance delicado
entre simplicidad y alcance, entre la mínima
cantidad de presupuestos y la máxima
cantidad de consecuencias derivables.
En efecto, la atracción y seducción
del modelo euclideano reside en que a partir
de nociones muy elementales como punto, recta,
círculo, y sólo cinco axiomas
que vinculan de manera casi obvia estas nociones
entre sí, puede desarrollarse de teorema
en teorema toda la geometría clásica,
es decir, la totalidad de la geometría
que conocía la humanidad hasta no hace
mucho tiempo atrás y que Kant creyó
la única posible: la geometría
que se corresponde con la forma en que vemos
el mundo y sirve a cartógrafos, arquitectos
y agrimensores para todos los usos diarios.
La larga influencia del procedimiento axiomático
en la filosofía puede rastrearse en la
Etica de Spinoza, que lleva como subtítulo
"Demostrada según el orden geométrico"
y también en la búsqueda de Descartes
de una verdad "a salvo de toda duda razonable"
que pudiera servir como primer principio y punto
de apoyo para construir, por pasos puramente
lógicos, un sistema de pensamiento inexpungable.
Pero quizá la historia más conocida
en torno a la geometría euclideana es
la que tiene que ver con el quinto postulado:
Dada una recta y un punto fuera de ella, hay
una única recta paralela a la dada que
pasa por ese punto.
De los cinco axiomas este último era,
incluso para el propio Euclides, el menos obvio,
y en las demostraciones trata de utilizarlo
sólo cuando es estrictamente necesario.
Durante dos mil años se pensó
que tal vez sería posible probar este
quinto axioma a partir de los cuatro anteriores,
como un teorema más, y encontrar esa
demostración elusiva se convirtió
en el principal problema abierto de los geómetras.
Finalmente un joven estudiante ruso, Nikolay
Lobachevsky, descubrió en 1826 que era
enteramente posible desarrollar una nueva geometría
en la que fueran válidos los cuatro primeros
axiomas pero no el quinto. Posteriormente Bolyai
probó algo todavía más
curioso: que la nueva geometría, por
extraña que pudiera parecer a la intuición,
era tan legítima y sólida como
la euclideana, en el sentido de que si llevaba
a alguna contradicción lógica,
la "culpa" de esta contradicción
no podría atribuírse a la negación
del quinto postulado, sino a los cuatro anteriores,
compartidos con la geometría clásica.
Gauss, que había llegado por su cuenta
a las mismas conclusiones, fue uno de los primeros
en observar que la existencia de una geometría
no euclideana ponía en crisis la idea
kantiana de una noción a priori del espacio.
Este fue uno de los golpes más duros
a la filosofía de Kant, al que se sumaron
luego los experimentos sobre la geometría
de la percepción visual, tampoco enteramente
euclideana, debidos a Helmholtz.
El programa de Hilbert y la incompletitud
El espíritu de Euclides revivió
con particular fuerza a principios de 1900 en
el programa de Hilbert para fundamentar la matemática.
Algunas paradojas lógicas señaladas
por Russell en la teoría de conjuntos
habían hecho crujir por primera vez el
edificio orgulloso de la matemática y
mostraban la necesidad de buscar principios
y métodos de corroboración que
permitieran la revisión cuidadosa de
cada resultado. La idea detrás del programa
de Hilbert era que debía dotarse a toda
la matemática de un conjunto de axiomas
bien determinados, como los cinco postulados
de Euclides, de manera que todo resultado que
los matemáticos proclamasen como verdadero
-utilizando cualquier método- pudiera
corrobarse y reobtenerse a partir de estos axiomas
por medio de un procedimiento puramente mecánico,
en una sucesión finita de pasos. En una
palabra, Hilbert procuraba identificar la noción
de verdadero con la noción de demostrable.
Pero ya en la vida real estamos acostumbrados
a que estas dos nociones no son necesariamente
equivalentes. Basta pensar en cualquier crimen
con dos únicos sospechosos. Cualquiera
de los dos involucrados sabe la verdad sobre
su culpabilidad o inocencia: yo fui o yo no
fui. Sin embargo la justicia debe reunir por
otros caminos evidencias -huellas, colillas,
verificación de horarios- para decidir
sobre esta cuestión y demasiadas veces
los indicios no son suficientes para alcanzar
esa verdad. Más aún, puede ocurrir
incluso que ni la culpabilidad de uno ni la
inocencia del otro sean demostrables.
En 1930 Kurt Gödel mostró -en lo
que fue un golpe de efecto dramático
e inesperado- que exactamente lo mismo ocurre
en la matemática. Su célebre teorema
de incompletitud dio por tierra con el programa
de Hilbert al revelar que aún en el fragmento
elemental de la aritmética -los números
naturales, con la suma y la multiplicación-
es imposible dar una cantidad finita de postulados,
a la manera de Euclides, que permitan reobtener
como teoremas todos los enunciados verdaderos.
Es decir, la aritmética, a diferencia
de la geometría clásica, es irreductible
a un tratamiento axiomático.
El teorema de Gödel, convertido demasiado
ligeramente en fetiche de la postmodernidad
y de los psicólogos lacanianos, debe
verse como un resultado sobre la limitación
de los métodos formales axiomáticos,
y en general, como un resultado sobre la limitación
del lenguaje. Desde el punto de vista de la
matemática dice que hay más complejidad
en el mundo de los objetos matemáticos
de la que pueden dar cuenta los métodos
finitistas de demostración. Dice también
que la inteligencia y el discernimiento humano
es irremplazable: no puede modelarse una computadora
que arroje todos los enunciados verdaderos sobre
los números naturales. El factor humano
insustituible es la facultad de interpretar
y asignar sentido.
A la vez, el resultado de Gödel pone por
primera vez en crisis la estética simplicidad-alcance
profundamente asimilada a partir de Euclides
en el pensamiento matemático: la aritmética,
y muchos otros fragmentos de la matemática,
no pueden axiomatizarse sin perder en el camino
una parte de su alcance.
El libro de Beppo Levi
En una investigación anterior y quizá
menos conocida, el matemático francés
Henri Poincaré había vuelto sobre
los axiomas de Euclides para poner en evidencia
los presupuestos ocultos detrás de los
cinco axiomas: por ejemplo, la admisión
tácita de que las figuras son indeformables
por rotaciones y traslaciones. En un mundo de
fluidos no tendría sentido la geometría
euclideana. Este modo de prestar atención
a lo no dicho, y de poner en evidencia lo que
cada época convierte en verdad inconciente,
anticipaba en el campo de la matemática
lo que fueron luego las técnicas arqueológicas
de Foucault en las ciencias sociales.
Leyendo a Euclides se inscribe más bien
en esta segunda línea, y puede considerarse
una revisión bajo la lupa poderosa de
los siglos para entender el corpus de conocimientos
y el modo de razonar geométrico de la
época de Euclides. En el prólogo
Levi dice que su esfuerzo al escribir este libro
estaría completamente perdido si no pudiera
cautivar la atención de lectores no matemáticos.
Estos lectores tendrán la oportunidad
única de reaprender la geometría
de la mano de un matemático verdaderamente
célebre (hay un teorema ya clásico
del análisis que lleva su nombre) y al
mismo tiempo -como dice Mario Bunge en las palabras
finales- de tener con los muertos una conversación
inteligente, sin recurrir a trucos espiritistas.
¿Qué hay en todo caso -podría
preguntarse uno al terminar- detrás de
esta estética que atravesó los
siglos, detrás de este afán de
apresar con unas pocas propiedades, todas las
consecuencias de un sistema? Los axiomas, quizá,
expresan la finitud humana. Desde siempre el
hombre se ha debatido con su finitud y en la
matemática ha logrado a veces con astucia
derrotarla: nadie puede contar todos los números,
pero sabemos escribir cualquiera de ellos y
podemos hacerlo con sólo diez símbolos.
Nadie puede escribir los infinitos teoremas
de la geometría, pero Euclides enseñó
que con suficiente paciencia podríamos
derivar uno cualquiera a partir de sólo
cinco axiomas. Otras veces, sin embargo, ninguna
astucia es suficiente. El ser humano es una
criatura limitada, pero echa a andar hijos cuyos
pasos no puede seguir, dioses que lo suceden
eternamente y objetos cuya complejidad se le
escapa.
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Guillermo Martínez |
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