[Texto extraído
de los capítulos 1 y 2 del libro “MUCHO,
POQUITO, NADA. Un pequeño paseo matemático” (Ed.
Norma, 2007)]
En una conferencia sobre los
cuentos de Las mil y una
noches, el escritor
argentino Jorge Luis Borges contó la historia
de un hombre que vive apaciblemente en El Cairo,
hasta que un día, en sueños, se
le aparece una voz que le dice:
Dirígete
a la ciudad de Isafán
y busca la mezquita; allí encontrarás
un tesoro.
El sueño se repite algunas
veces, hasta que el hombre decide emprender el
viaje. Claro que una travesía semejante
entraña
algunos riesgos: durante el trayecto, su caravana
es asaltada y se salva por un pelo de perder
la vida. Después de muchas penurias, llega
a Isafán agotado y sin un céntimo,
y resuelve pasar la noche en la mezquita, sin
saber que en realidad era una guarida de ladrones.
Finalmente es capturado por la policía,
que lo lleva ante el cadí (juez). El hombre
cuenta su historia y entonces el funcionario
se burla de él:
“Extranjero ingenuo, quiero
que sepas que ya he soñado tres veces
que debo ir a El Cairo y buscar una casa que
tiene un jardín, en el
jardín una fuente, un cuadrante solar
y una vieja higuera, y bajo la higuera un tesoro.
Jamás le di crédito, y tu relato
termina de confirmarme que no me equivoqué.
Toma este dinero, vuelve a tu casa y cuídate
en adelante de los sueños que te envía
el Maligno”.
El hombre le da las gracias
y regresa a su casa. Una vez allí, se
dirige al jardín,
cava bajo a la higuera, entre la fuente y el
cuadrante solar, y encuentra el tesoro.
Uno de
los atractivos de la historia reside en que cada
uno de los personajes entiende los hechos a su
manera, y se siente inmensamente feliz por la
decisión que ha tomado. El hombre que
llega de El Cairo comprende, a poco de escuchar
al cadí, que su sueño era cierto
y vuelve a su casa ansioso por tomar la pala
cuanto antes. Pero el cadí está en
peor situación; ante los ojos del lector,
su jactancia por no haber creído en su
sueño se parece a la actitud de aquel
fumador empedernido que, angustiado por las noticias
en los diarios sobre los riesgos del cigarrillo,
decide dejar… de leer el diario.
Pronto
comprendemos que el verdadero tesoro es la información.
Para el cairota nada es más fácil
que creer en lo que le dice el cadí: ¿era
posible que no lo hiciera, si lo que estaba describiendo
era su propia casa? Pero además, al margen
de la gratificante noticia de ver confirmado
su sueño, la respuesta del cadí le
permite ahorrarse el esfuerzo de andar con su
pala de aquí para allá hasta acertar
a cavar junto a la higuera.
Al cadí, en
cambio, no le es tan fácil
creer. No necesita en realidad grandes tesoros,
pues goza de una aceptable situación económica
en Isafán. Por eso quizás el sueño
no termina de convencerlo; al fin y al cabo debe
haber pensado: más vale pájaro
en mano que cien volando. Sin embargo, le cabe
cierto grado de responsabilidad, por no haber
sabido leer el mensaje; podría haber pensado: ¿no
es mucha coincidencia que un tipo que viene de
tan lejos haya soñado algo tan parecido
a lo que vengo soñando yo últimamente?
Algo similar le ocurrió al último
rey de Lidia, el noble Creso, famoso por sus
riquezas. Ante el avance de los persas, Creso
decidió consultar al oráculo de
Delfos en busca de asesoramiento. Los dioses
no suelen atender personalmente consultas de
esta clase, y menos a la hora del almuerzo, pero
por medio de una pitonisa le transmitieron el
siguiente mensaje:
Si conduces un ejército
hacia el Este y cruzas el río Halis,
destruirás un imperio.
Envalentonado
por esta respuesta, Creso se alió con
otros reyes para formar un poderoso ejército
y enfilar hacia el Este. Pero fue derrotado en
la llamada batalla del río Halis:
de esta forma el imperio lidio fue destruido,
y se cumplió la profecía del oráculo.
Claro, si la respuesta de los dioses hubiera
sido menos ambigua, Creso no habría metido
la pata de tal manera; de la misma forma, seguramente
el cadí habría sospechado algo
si el cairota hubiera comenzado su relato diciendo:
Vea
señor Cadí, hace unas semanas
salí de mi casa en El Cairo para venirme
hasta aquí… Dejé a mi mujer
al cuidado del jardín, para que me riegue
la higuera y cada tanto pase una esponjita a
los azulejos de la fuente cerca del cuadrante
solar. Ya sabe cómo se junta el sarro…
Volviendo
al cuento: ¿qué significa
tomar la decisión adecuada? Si la respuesta
es “sentirse contento por el resultado
obtenido”, entonces los dos, tanto el cadí como
el cairota, han elegido bien. A grandes rasgos,
eso es lo que plantea el matemático Ivar
Ekeland:
El cadí morirá en
Isafán
burlándose de los ingenuos que hacen un
viaje tan largo en busca de un tesoro que no
existe, y el cairota se regocijará toda
su vida por haber creído en su sueño.
Ambos, cada uno a su manera, obtuvieron una anticipación
perfecta.
Este comentario aparece en el
libro Al azar, de donde fue tomada la versión
del cuento tal como la presentamos aquí.
Aunque algunas ediciones de Las
mil y una noches la incluyen, de diferentes maneras, en la noche
351: La historia del hombre
que se volvió rico
a través
de un sueño. No es fácil determinar
cuál de todas las versiones es la original;
una búsqueda así resultaría
más complicada que la del propio tesoro.
Vamos
a dar todavía un nuevo giro a la
historia del cairota. En cierto sentido, podemos
decir que allí se resume la verdadera
esencia de la matemática. Porque, en el
fondo, ¿qué es la matemática?
Muchas cosas se dicen sobre ella, pero cuando
se trata de definirla, no resulta fácil.
En general, todo el mundo la entiende como una
ciencia, aunque hay quienes afirman que se trata
apenas de un lenguaje, o tal vez un arte.
A partir
de la historia, podemos ensayar una nueva definición,
cuyo sentido intentaremos hacer más manifiesto
a lo largo de este libro. Una definición
bastante simple; también algo audaz y,
por cierto, inexacta.
Quizás podríamos
catalogar a la búsqueda matemática
de “aventura” y
compararla con la de aquel hombre que recorrió medio
continente en procura de un tesoro. Un tesoro
que, por otra parte, finalmente halló en
su propia casa, lo que casi equivale a decir:
dentro de sí. A veces hace falta alejarse
un poco para ver lo que uno tiene ahí nomás,
bajo la higuera... Hasta puede llegar a plantearse
que el verdadero tesoro es el propio viaje: el
hombre vuelve a casa y descubre lo mucho que
ha aprendido. Ya no es el mismo; su travesía
a Isafán lo hizo crecer espiritualmente
y entender que cien pájaros volando valen
mucho más que uno en mano, pues la mayor
belleza de un pájaro se encuentra justamente
en su vuelo.
Esto recuerda aquella historia
en la que un pagano pide a un estudioso de los
textos sagrados que le muestre el paraíso.
En sueños,
el estudioso lo lleva a un lugar en donde se
encuentra un anciano, uno de los más grandes
sabios, leyendo. El pagano le pregunta: ¿cómo
es esto? Este hombre se ha pasado la vida estudiando
y, una vez que se encuentra en el paraíso, ¿tiene
que seguir haciéndolo? El estudioso le
responde: sí, pero ahora él comprende.
Esta hermosa leyenda se aplica
muy bien a lo que estamos diciendo, en especial
si se tiene en cuenta el trabajo que suele dar
adentrarse en algunos de los “misterios” matemáticos.
Pero en esa dificultad reside gran parte de su
poder, y una vez que uno “comprende” puede
sentirse realmente en el paraíso. Por
eso se ha comparado a la matemática con
la poesía, sobre la cual la lingüista
Julia Kristeva escribió:
La incapacidad para entender,
inicialmente, un fragmento de lenguaje poético,
es el primer indicio de su poder para abrir
nuevas formas de entendimiento.
Pero todas
estas ideas pueden resumirse aun más,
tanto que su esencia cabe en una sola frase.
Se trata de algo verdaderamente
simple; nada de buscar definiciones pomposas,
ni eruditas. En estas páginas vamos a
decir, sencillamente, que la matemática
es el resultado de dejarse llevar por un sueño.
Seguramente eso implicará soportar penurias;
un camello que cada tanto se empaca, arena que
entra en los ojos, el viento que se lleva nuestro
turbante…
El objeto de este libro consiste en mostrar que,
tal como ocurre en el cuento, la aventura vale
la pena.