El
dramaturgo y novelista inglés Michael
Frayn (1933- ) es el autor de esta obra
de teatro, estrenada en Londres
en 1998. Se trata de una obra en dos actos
y con tres personajes: el físico danés Niels
Bohr (1885-1962), el matemático
y físico alemán Werner
Heisenberg (1901-1976) y la esposa del
físico danés Margrethe Bohr (1890-1984).
La obra de Frayn intenta esclarecer lo que sucedió durante
un encuentro entre Bohr y Heisenberg en Copenhague
en septiembre de 1941: el físico alemán
viajó a Copenhague con su colega Carl
Friedrich von Weizsäcker (1912-2007)
para participar en un acto organizado por la
Embajada Alemana en la Dinamarca ocupada por
las tropas nazis. Heisenberg aprovechó esta
ocasión para hacer una visita a su maestro
Bohr, de cuyo motivo se ha especulado desde entonces.
Existen dos versiones discrepantes de lo que
ocurrió en aquella reunión entre
estos dos premios Nobel de Física (Bohr
en 1922 y Heisenberg en 1932):
- La versión
de Heisenberg es la que
publicó el periodista científico
judío Robert
Jungk (1913-1994) en su libro Brighter
than a Thousand Suns: A Personal History of
the Atomic Scientists (Harcourt
Brace, 1958). Basándose
en sus experimentos con uranio y agua pesada,
Heisenberg y su equipo habían
concluido que era posible construir un reactor
con estos materiales para crear energía.
Su visita a Copenhague pretendía garantizar
a Bohr que el equipo por él liderado
en Alemania haría lo posible por evitar
la construcción de una bomba atómica,
siempre que el grupo especialista en energía
nuclear aliado hiciera lo propio. Debido
a que espías
nazis vigilaban a Bohr, Heisenberg intentó enviar
este mensaje a su maestro de manera implícita,
cuestionando la conveniencia de que
los físicos se ocupasen del problema del
uranio en tiempo de guerra… y
parece que Bohr no lo interpretó de
este modo.
- Al leer el libro de Jungk en 1957 (en
su edición
danesa), Bohr rechazó la versión
de Heisenberg, al que escribió una
serie de cartas, nunca enviadas, que posteriormente
fueron difundidas por los descendientes del físico
danés (ver http://nba.nbi.dk/release.html).
En una de ellas, fechada el 26 de marzo de
1962, dice (traducción tomada
de [2]): “Hace ya tiempo que quería
escribirle acerca de un asunto sobre el que me
preguntan constantemente desde distintos ámbitos.
Se refiere a la visita que usted y Weizsäcker
hicieron a Copenhague en el otoño de
1941. Como usted bien sabe por nuestras conversaciones
de los primeros años posteriores a la
guerra, la opinión que aquí tenemos
de lo que ocurrió durante aquella visita
difiere bastante de la expresada por usted
en el libro de Jungk. […] Aunque advertíamos
que el trasfondo de su visita era el deseo
de ver cómo nos iba en Copenhague
en las peligrosas circunstancias de la ocupación,
y el interés
por ayudarnos, tenía usted que haber
entendido que para nosotros —que
sólo vivíamos con la esperanza
de derrotar al nazismo alemán— era
complicado reunirnos y hablar con alguien que
expresaba, con tanta firmeza como usted y Weizsäcker,
su convicción en la victoria alemana
y su confianza en lo que supondría […]
Tuvo que causarme una fuerte impresión
que desde el principio usted afirmase su certeza
de que, si la guerra se prolongaba lo suficiente,
se decidiría mediante el uso
de armas atómicas. En ese momento, yo
no tenía ningún
conocimiento de los preparativos en curso en
Inglaterra y América. Usted
añadió, al verme titubear, que
tenía que entender que
en los últimos años usted se
había dedicado casi exclusivamente
a este tema, y no le cabía duda de que
se podía hacer. Por tanto,
me resulta bastante incomprensible que pretenda
haberme insinuado que los físicos
alemanes harían todo lo que estuviera
en sus manos para evitar semejante aplicación
de la investigación atómica.
Durante la conversación,
que fue muy breve, desde luego que yo fui muy
cauto, pero pensé mucho
acerca de su contenido, y mi alarma no disminuyó al
oír decir
a los otros que Weizsäcker había
dicho lo bueno que sería
para la posición de la Ciencia en Alemania
tras la victoria que usted pudiera contribuir
tan significativamente a alcanzar ese fin...
Cuando tuve que escapar a Suecia en el otoño
de 1943 para evitar mi inminente arresto, y
desde allí pasar a Inglaterra, supe
por primera vez lo avanzado que se encontraba
el proyecto atómico anglo-americano.
La cuestión
de hasta dónde había llegado
Alemania ocupaba no sólo
a los físicos, sino a los gobiernos
y servicios de inteligencia, y me vi involucrado
en el debate al respecto. […]”.
La versión mayoritariamente aceptada
es que Heisenberg colaboraba con el régimen
nazi y su visita a Copenhague se interpretó como
un intento de sonsacar a Bohr sobre los avances
en la fabricación de la bomba atómica
entre las filas aliadas o como una invitación
a participar en el programa nuclear alemán. ¿Es
quizás la explicación que interesaba
dar a los “vencedores” en la segunda
guerra mundial?
Frayn opta por una versión más
cercana a lo declarado por Heisenberg que, con
su conducta durante la guerra, pretendía
hacer fracasar el programa nuclear alemán,
intentando retrasar lo más posible la
fabricación de una bomba atómica
por parte de los nazis. En su obra, los tres
personajes, ya fallecidos, conversan sobre este
episodio de su vida con absoluta franqueza, poniéndose
en evidencia los malentendidos y dudas que en
esa reunión surgieron.
El matrimonio Bohr acepta la visita de Heisenberg,
a pesar de los temores de Margrethe (“Sería
terrible para ellos si tan solo pensaran que
estás colaborando”), no mayores
que los de Heisenberg (“¿Qué siento?
Miedo, seguro; el miedo que a uno siempre le
produce, un maestro, el jefe, un padre. Mucho
más miedo por lo que tengo que decir.
Y más miedo aún por lo que puede
pasar si fracaso”).
La conversación entre los tres versa
a veces sobre física, en algunos momentos
sobre política, en otros sobre el pasado
añorado, en alguna ocasión sobre
el duro presente de la guerra… los conflictos
y las pasiones afloran tanto a nivel profesional
como a nivel humano. En este trío, Margrethe
simboliza la imparcialidad, es franca e implacable
frente a dos hombres atormentados por las consecuencias
de sus actos (Bohr contribuyó en alguna
medida a fabricar la bomba que cayó sobre
Hiroshima), altamente competitivos y que, a pesar
de todo, siempre se han querido y admirado (“¿Quién
fue Bohr? Fue el primero, el padre de todos nosotros.
Todo lo que hicimos se fundó sobre su
gran intuición”).
Heisenberg, de profunda formación matemática
y con deseos de trabajar en Física Teórica
va a formarse a Dinamarca en los años
veinte, porque según palabras de Bohr “[…]
los alemanes sistemáticamente se opusieron
a la física teórica. ¿Por
qué? Porque la mayoría de los que
trabajaban en ese campo eran judíos. ¿Y
por qué tantos eran judíos? Porque
la física teórica, la física
que le interesaba a Einstein, a Schrödinger,
a Pauli y a nosotros dos, siempre fue considerada
en Alemania inferior a la física experimental,
y las cátedras teóricas eran las únicas
a las que podían acceder los judíos”.
Los dos personajes recuerdan como se conocieron
en Gotinga, en 1922, en un congreso en honor
a Bohr: “Era un hermoso día
de verano. Hileras de físicos y matemáticos
eminentes, todos dando su aprobación a
mi sabiduría. De repente salta un cachorro
atrevido y me dice que mis cálculos matemáticos
están equivocados”.
Conversan sobre la fisión nuclear, sobre
la imposibilidad de generar una reacción
en cadena explosiva con uranio natural y la dificultad
de hacerlo con uranio 235 puro, al requerir enormes
dosis de uranio y excesiva cantidad de tiempo
para conseguirlo.
Heisenberg comenta en cierto momento: “No
tiene misterio. Nunca hubo misterio. Lo recuerdo
perfectamente porque mi vida estaba en juego,
y elegí mis palabras con mucho cuidado.
Simplemente te pregunté si, como físico,
uno tenía el derecho moral de trabajar
en la explotación de la energía
atómica. ¿Sí?”.
Sin embargo, Bohr deduce horrorizado de las
palabras de Heisenberg de 1941, que su
ex-alumno está trabajando para proveer
de armas nucleares a Hitler.
En la obra, un Heisenberg desesperado intenta
explicar a su maestro que su intención
era que ninguna de las partes llegara a fabricar
una bomba atómica, y que su participación
en el programa nuclear alemán pretendía
evitar que los nazis encargaran a militares entusiastas
la elaboración de la destructiva bomba.
De hecho, hablando de los gobiernos y su interés
por fabricar bombas, Heisenberg dice: “Tendrán
que venir a usted y a mí. Nosotros somos
los que tendremos que aconsejarles si vale la
pena seguir adelante o no. Al final de cuentas
la decisión estará en nuestras
manos, nos guste o no”.
Sale a relucir la parte humana, con la terrible
competitividad entre Bohr y Heisenberg a lo largo
de los años en cualquiera de sus actividades
compartidas (incluso las de ocio), el modo de
trabajo extenuante que el maestro imponía
a sus pupilos, etc. Los dos físicos conversan
sobre su época de trabajo en común,
cuando chocaban en su forma de trabajar, discutían
sin llegar a ningún punto, y de cómo
finalmente sus dos grandes teorías (el principio
de incertidumbre de Heisenberg y el principio
de la complementariedad
de Bohr) fraguaron estando alejados… Heisenberg
afirma: “Pero recuerdo la noche cuando
las matemáticas empezaron por primera
vez a armonizar con el principio de incertidumbre.
[…] Sí. Fue terriblemente agotador.
Pero a eso de las tres de la mañana logro
resolverlo. Parece como si mirara a través
de la superficie del fenómeno atómico
y veo un extraño y bello mundo interior.
Un mundo de estructuras puramente matemáticas.
Y sí —estaba feliz—“. Magrethe
insiste: “¡Y resolviste la complementariedad,
en Noruega, por tu cuenta! Ustedes dos funcionan
mucho mejor por separado […] ¡Por
que todo es personal! ¡Acabas de darnos
una conferencia al respecto! […] ¡Pero
yo estaba ahí! ¡Y cuando recuerdo
cómo era todo y miro a mi alrededor, lo
que veo no es un cuento! Es confusión
y rabia y celos y lágrimas y que nadie
sabe lo que significan las cosas ni qué camino
van a seguir”.
Ante la argumentación de Heisenberg,
en la que sigue afirmando que retrasó el
programa nuclear alemán porque ocultó información
a los nazis, Magrethe argumenta: “¿No,
y por qué? También te lo voy a
decir. Es la razón más sencilla
de todas. Por que no pudiste. No entendías
nada de física”. Y Bohr aduce: “Pero
Heisenberg, ¡tus matemáticas, tus
matemáticas! ¿Cómo podían
estar tan alejadas?”. Ante la sorpresa
de su maestro, Heisenberg responde que la realidad
es que nunca hizo los cálculos necesarios
para avanzar: “No lo estaban. En cuanto
calculé la difusión obtuve el resultado
correcto”.
Termina la obra con estas palabras de esperanza
pronunciadas por el espectro de Heisenberg: “Pero
mientras tanto, en éste muy preciado mientras
tanto ahí está. Los árboles
del parque. Los lugares amados. Nuestros hijos
y los hijos de nuestros hijos. Preservados, posiblemente,
por aquel momento tan breve en Copenhague. Por
algún acontecimiento que nunca va a ser
localizado o definido del todo. Por ese último
núcleo de incertidumbre que subyace en
el corazón de todo lo que existe”.
Referencias:
[1] Libreto
de la obra, traducido a castellano por
Mary Sue Bruce, Teatro General San Martín,
Buenos Aires, 2002.
[2] Karl von Meyenn, Heisenberg,
el nacionalsocialismo y el mito de la bomba atómica
alemana,Revista de libros 71, pág.
3-10, 2002.
[3] Sobre
la creación de Copenhague, traducción
del artículo aparecido en la revista The
Dramatist en el número de noviembre/diciembre
2000 (debate entre Michael Frayn y el director Michael
Blakemore sobre la obra).
[4] Michael’s
Frayn Copenhagen in debate: Historical essays
and documents, http://ohst.berkeley.edu/publications/copenhagen/