| |
|
| Historia de las
Matemáticas |
|
| Matemáticos
| Madame de Châtelet (3 de
4) |
|
|
|
| Versión
para imprimir |
|
1706
- 1749 |
|
Su
obra
Émilie había leído, estudiado
y anotado las obras de los científicos
de su época. Leía en latín,
inglés, francés... y pedía
a su librero las novedades de Inglaterra y Holanda.
El periodo entre 1737 y 1739 fue de acumulación
de conocimientos. Estudió las publicaciones
de los académicos para poderlas evaluar,
y se dio cuenta de que estaban llenas de prejuicios.
En 1737 la Academia de Ciencias anunció
un concurso para el mejor ensayo científico
sobre la naturaleza del fuego y su propagación.
Ambos, Émilie y Voltaire, comenzaron
a trabajar y a hacer múltiples experimentos,
ponían el hierro al rojo, lo enfriaban,
medían temperaturas y pesaban. Voltaire
estaba preparando un ensayo para presentarlo
al concurso. Pero a las conclusiones a las que
llegaban eran diferentes, así que, un
mes antes de que finalizara el plazo para el
concurso Émilie decidió participar
también de manera independiente, trabajando
en secreto, y sin poder hacer por ello apenas
experimentos. Sólo lo sabía el
marqués de Châtelet. El fallo del
jurado no fue para ninguno de los dos sino que
ganó Leonhard Euler. Como premio de consolación
consiguieron la posibilidad de publicar sus
trabajos.
Esta memoria sobre el fuego (Dissertation sur
la nature et propagation du feu, 1744) constaba
de ciento cuarenta páginas, donde mostraba
sus estudios sobre los físicos anteriores.
Utilizó en ella sus conocimientos sobre
Leibniz, especialmente la distinción
entre fenómenos y propiedades inseparables
de la sustancia. Examinó las propiedades
distintivas del fuego: tender hacia lo alto,
antagonismo de la pesadez, igualmente repartido
por todas partes, incapaz de un reposo absoluto...
decidió que era un ser especial, ni espíritu,
ni materia, pero no pudo explicar el origen
del fuego. En la segunda parte trató
las leyes de la propagación del fuego
para lo que tuvo en cuenta los principios leibnizianos
de las fuerzas vivas. En esta obra había
dos ideas profundas, obtenidas sólo por
la reflexión, sin experimentos: tenía
razón al atribuir a la luz y al calor
una causa común, y que los rayos de distintos
colores no proporcionan el mismo grado de calor.
Fue su primera publicación, el primer
paso al reconocimiento público de su
valía. Se afirma que su trabajo era adelantado
para su época.
Escribió Las instituciones de la física,
obra en tres volúmenes publicada en 1740
que contiene uno de los capítulos más
interesantes sobre cálculo infinitesimal,
y que fue escrita para que su hijo pudiese comprender
la física. No existía ningún
libro en francés de física que
pudiera servir para instruir a los jóvenes,
y consideraba que era una disciplina indispensable
para comprender el mundo. En el prólogo,
dirigiéndose a su hijo, comentaba las
razones que la habían llevado a escribir
el libro, y donde mostraba su pasión
por el conocimiento y el estudio, que intentaba
transmitir a su hijo, a la vez que criticaba
la ignorancia, tan común entre las gentes
de rango.
En general era un libro fiel a la física
newtoniana, pero la filosofía puramente
científica y materialista de Newton no
terminaba de convencerla y reescribió
los primeros capítulos acercándose
a la metafísica de Leibniz,
explicándola con profundidad y claridad,
ya que consideraba, con una visión impropia
de su época, que ésta podía
conjugarse con la física newtoniana.
La marquesa de Châtelet estudió
a Descartes, luego a Leibniz
y por fín a Newton. Convencida de
muchas de las ideas de Descartes, Leibniz y
Newton escribió su libro intentando explicarlo
todo mediante el razonamiento cartesiano. La
idea de que la Ciencia debía basarse
en la Metafísica, era de Descartes, pero
Mme. de Châtelet se mostraba en contra
de los remolinos y el éter de los cartesianos.
Admiraba las fuerzas vivas de Leibniz, y sin
embargo no comulgaba con las mónadas
de las teorías de éste. Defendía
la teoría de la atracción universal
de Newton, y sin embargo no creía como
él que Dios, como relojero, tuviera de
vez en cuando que necesitar actuar en el universo,
dando cuerda a los relojes. Así supo
aunar en lo principal las teorías de
los tres grandes sabios, y sin embargo estaba
en contra de todas las corrientes, porque siempre
encontraba algo en sus teorías con lo
que no estaba de acuerdo.
Mientras que sus contemporáneos varones
estaban cada uno a favor de sólo uno
de estos sabios y en contra de los otros dos,
ella fue la primera en ver lo positivo de cada
uno de ellos e intentar construir una teoría
unificada. Discutió, escribió,
polemizó, estuvo en el ojo del huracán
y, sin embargo, la Historia ha tenido tendencia
a olvidar sus aportaciones.
Escribió también un interesante
Discurso sobre la felicidad, en el que opinaba
que la felicidad se conseguía con buena
salud, los privilegios de riqueza y posición
y también con el estudio, marcándose
metas y luchando por ellas. Escribió
que el amor al estudio era más necesario
para la felicidad de las mujeres, ya que era
una pasión que hace que la felicidad
dependa únicamente de cada persona, “¡quien
dice sabio, dice feliz!”.
Hacia 1745 comenzó a traducir los Philosophiae
Naturalis Principia Mathematica de Newton del
latín al francés, con extensos
y válidos comentarios y suplementos que
facilitaban mucho la comprensión. Durante
1747 estuvo corrigiendo las pruebas de la traducción,
y redactando los Comentarios. Gracias a este
trabajo se pudo leer en Francia esa obra durante
dos siglos, lo que hizo avanzar la Ciencia.
Los Principia de Newton era una obra difícil,
llena de figuras y demostraciones geométricas,
por lo que, para traducirla, era preciso haber
estudiado geometría. Newton enunció
las famosas leyes de la gravitación universal
con lo que dotó de un nuevo paradigma
a la Ciencia.
Los Principia constan de tres libros. Están
escritos en latín, quizás para
que sólo estuvieran al alcance de personas
con buena formación. En el libro primero
se enuncian las tres leyes fundamentales de
la dinámica, siguiendo a Kepler y a Galileo,
y se define fuerza centrífuga y masa.
El libro segundo contiene un interesante trabajo
sobre cálculo diferencial y trata del
movimiento de los fluidos. En el libro tercero
se enuncia la ley de Gravitación Universal.
Cuando quedó embarazada, el trabajo la
distraía de sus preocupaciones. Llevaba
tres años traduciendo y comentando los
Principia de Newton. Este escrito era para ella
precioso y esencial. De él iba a depender
su fama futura. Quería tenerlo terminado
antes del parto, y quería hacerlo bien.
No tenía tiempo que perder. Cuando murió
en 1749 ya estaba terminado. Su traducción
sobre los Principia de Newton se publicó
finalmente en 1759, con un elogioso prefacio
de Voltaire. Dicho libro ha continuado reimprimiéndose
hasta la actualidad siendo la única traducción
al francés de los Principia.
Los trabajos de Newton y Leibniz resultaron
enormemente difíciles de entender para
sus contemporáneos, más de uno
los acusó de ser más misteriosos
que esclarecedores. Por eso, es necesario resaltar
la importancia de aquellas personas, que como
Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet,
se ocuparon de estudiarlos y de entenderlos,
para divulgarlos entre sus coetáneos.
Émilie estudió primeramente a
Leibniz, tradujo después los Principia
de Newton del latín al francés,
y en sus salones los intelectuales de la época
discutían sobre las obras de estos autores.
Ya en su obra Las Instituciones de la física
mostraba una voluntad de síntesis entre
los trabajos de ambos autores. Tengamos en cuenta
que muchas de las grandes aportaciones han sido,
en ocasiones, más conocidas a través
de recopilaciones y traducciones que por las
obras originales de los propios autores.
Comentemos el escándalo que supuso llevar
a Francia entre 1730 y 1740 las teorías
de Newton por Mme. de Châtelet y sus amigos.
La teoría de la gravitación se
oponía a la teoría del gran sabio
francés Descartes. Implicaba una visión
de la naturaleza y una concepción de
la ciencia radicalmente contrarias. Los cartesianos:
Cassini, Mairan, Réaumur rehusaban reconocer
que la Tierra era achatada por los polos a pesar
de las pruebas aportadas..
|
|
Autoras:
María Molero Aparicio, Profesora de Secundaria,
Liceo Español de París
Adela Salvador Alcaide, Profesora Titular de Universidad,
U. P. Madrid, E. T. S. I. Caminos |
|
|
|
|
|
|
|